Destinos

Montes sin ley

Cuando algunas palabras nombran dos cosas al mismo tiempo, o provocan confusión o alegría. Esto último por la coherencia o la crucial coincidencia. Una de ellas y de las más hermosas es monte. Todos reconocemos que su acepción más conocida es la que denomina a una elevación o paisaje en fuga, como uno prefiere decir y escribir. Podemos elegir también montaña, femenino que casi siempre usamos para las arrugas más pequeñas del territorio. Menos conocido resulta el término monte para designar a los bosques y formaciones arbustivas de nuestro país. La mayoría están en nuestras sierras pero no pocas en lo totalmente llano. Acaso donde mejor se visualiza esta segunda acepción es cuando nos acordamos de los ingenieros de montes, por completo equivalente a forestales.

Montes (flickr | Tony Hisgett - imagen con licencia CC BY-SA 2.0).
Montes (flickr | Tony Hisgett - imagen con licencia CC BY-SA 2.0).

Todavía tenemos en nuestro país mucho monte, tanto en cuesta como acostado en la planicie. El monte mediterráneo, es decir las comunidades vegetales de los árboles más austeros y hermosos como encinas, alcornoques, quejigos y madroños, acompañados de una docena larga de matorrales pueden y deben ser considerados como los paisajes más característicos de esta península.

Son nuestros principales aliados en la lucha contra la desertificación. En ellos además se mantiene a flote la mayor multiplicidad vital de la Unión Europea. Plantas y animales del monte se enfrentan -es una simplificación- a un clima que se caracteriza por el frío y la humedad durante otoño e invierno y por el calor y la sequía en primavera y verano. Sus únicos problemas serios son los incendiarios y los especuladores.

El que una zona haya sido incendiada ya no va a ser motivo de imposible recalificación de los usos del suelo.

De ahí que nos parezcan incomprensibles varios de los perfiles de la nueva ley de los montes españoles que puede ser aprobada próximamente. De hecho resulta del todo retrógrado el que ya no vaya a ser motivo de imposible recalificación de los usos del suelo el que una zona haya padecido un incendio. En la anterior normativa así se contemplaba como método para que no volviera a ser pirómana el ansia especulativa en lo urbanístico. Ese otro incendio que tantas desgracias económicas nos ha acarreado.

De la nueva ley desgarra también el retorno a la incomprensión de las funciones y servicios básicos de nuestras arboledas. Tanto más necesarias para todos cuanto menos sean de alguien en particular. Cuanto menos rendimientos económicos directos proporcionen a alguien concreto. Se les quiere olvidar, una vez más, que los bosques son creadores de futuro, transparencia y vivacidad, las mejores medicinas que precisa todo país y la humanidad en estos momentos. Descorazona, por tanto, que en la tacaña ley vayan a quedar relajadas las exigencias de planes de gestión para los propietarios forestales.

Con otra incomprensible pirueta con esta ley se pretende modificar algunas de las reglas que gobernaban la actividad cinegética en nuestro país. Todo ello para ponerle más fáciles las cosas a los cazadores que desde luego han visto como en esta última legislatura les han complacido más que nunca. Todo ello cuando se constata un hundimiento de las poblaciones de varias de las especies más perseguidas.Se mima a los cazadores y se desprecia la labor de los agentes forestales y medioambientales que verán muy disminuido su trabajo en todo lo relacionado con la investigación de los atentados contra la natura. Cada día, por cierto, más impunes como sucede con el uso del veneno y otras prácticas ilegales.

Que tampoco se contemple un decidido apoyo al medio rural, su desarrollo y potenciación cultural deja a nuestros montes casi sin ley.


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