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Los 7 pueblos de montaña más originales de España

Dicen que la vida se ve mejor desde arriba. Sólo hace falta abrigarse algo más de la cuenta y prepararse para disfrutar de la montaña. La buena noticia es que podemos hacerlo sin irnos muy lejos: no hemos encontrado ni una sola provincia donde no haya un pueblo de altura que se merezca una reverencia. Y decimos lo de pueblo de altura en todos los sentidos que queráis darle a la expresión. Pero como recorrerse España de cabo a rabo tiene su dificultad, de entre todos ellos hemos seleccionado los siete pueblos de montaña más originales. De nuevo, no están todos los que son pero son todos los que están. ¡Buen ascenso!

Candelario (Salamanca)

Quien ande flojo de piernas, se acordará de lo bonito que es este pueblo de montaña pero también de las agujetas del día siguiente. Enganchado a la ladera de la Sierra de Candelario, las calles de esta localidad son un alucinante laberinto lleno de pequeños tesoros. Levantado por los antiguos pastores astures, conserva unas construcciones muy características, con muros anchos de piedra, grandes balcones de madera y sus originales batipuertas, una especie de segundas puertas de protección para las viviendas.

Entre las visitas obligadas, la iglesia parroquial, que mezcla mudéjar, barroco, románico y gótico; la ermita Santísimo Cristo del Refugio y las fuentes romanas. Después del paseo, como algo habrá que comer, ahí va una advertencia: es un pecado irse de allí sin probar su embutido. Con una tradición chacinera de varios siglos, cuentan que el rey Carlos IV probó después de una cacería el embutido de un chacinero popular de Candelario e inmediatamente pidió que se distribuyera en la Corte. Manjar de reyes. Literalmente.

Torla-Ordesa (Huesca)

Hasta el año pasado la conocíamos únicamente como Torla, pero decidieron cambiar su nombre porque figura como la puerta de entrada al valle de Ordesa, y eso no es cualquier cosa: picos de más de 3.000 metros de altura y valles y desfiladeros de postal son un reclamo de los buenos para cualquier amante de la naturaleza.

Pero el municipio de Torla-Ordesa merece una visita sin prisa por sí solo: situado a más de 1.000 metros de altura, es uno de los pueblos pirenaicos por excelencia, con un casco histórico de raíces medievales que se levanta sobre el acantilado, desafiando todas las reglas. En sus empinadas calles podréis encontrar casas de piedra con balcones corridos y las características chimeneas de las viviendas del Pirineo; palacios como el Casón de los Viu, del siglo XIV; una iglesia gótica con portada románica... Para perderse sin mirar el reloj.

Zahara de la Sierra (Cádiz)

En la falda de la Sierra del Jaral, y en pleno Parque Natural de la Sierra de Grazalema, Zahara de la Sierra es uno de los pueblos blancos conocidos por los amantes de la espeleología, el senderismo o la escalada. Pero si no sois de los aficionados a esos deportes, este pueblo de algo menos de 1.500 habitantes también os gustará porque tiene un largo listado de encantos. Entre ellos, el poblado nazarí, la Iglesia Mayor, la Iglesia de Santa María de la Mesa, la capilla de San Juan de Letrán, el antiguo lavadero municipal... Para los interesados en los cementerios, dicen que el de Zahara es de los más originales de la zona: se levanta sobre una roca donde aún se conservan los lienzos de las murallas del castillo.

Potes (Cantabria)

Uno de los imprescindibles para quienes quieran disfrutar de naturaleza por los cuatro costados: Potes se encuentra en la confluencia de cuatro valles, en la comarca de Liébana, de la que es capital, y en este pueblo se unen los ríos Quiviesa y Deva. ¿Lo mejor, aparte de sus espectaculares paisajes? Que a pesar de que lo hayamos incluido entre los pueblos de montaña por estar rodeado de valles y porque quien domina la localidad es precisamente una montaña, la de Arabedes, a la que se puede ascender desde el municipio, en realidad Potes sólo se encuentra a 300 metros de altura sobre el nivel del mar y disfruta de buen clima la mayor parte del año.

Por eso no hay excusa para no darse una vuelta tranquila por sus calles viendo los espectaculares caserones de la villa, los puentes que le dieron nombre, las torres del Infantado y de Orejón de la Lama, ambas del siglo XV... Además, aparte de comer estupendamente podréis rematar almuerzos y cenas con uno de los orujos artesanales con mejor fama. Tanto que tiene hasta su propio festival: cada segundo fin de semana de noviembre se celebra aquí la Fiesta del Orujo.

Piornedo (Lugo)

Si se busca un lugar con personalidad, diferente a casi todo y que se levante en lo alto de un valle rodeado únicamente de naturaleza, Piornedo es el regalo perfecto. Se trata de una pequeña aldea en la sierra de los Ancares, a 1.100 metros de altitud y con menos de medio centenar de vecinos, en la que aún se conservan decena y media de pallozas, las casas de origen celta con planta circular, muros de piedra sin ventanas y techos de paja. Algunas, como la Casa do Sesto, habitada hasta los 70, se han restaurado para que sirvan hoy como museo etnográfico. Un lugar que no os arrepentiréis de conocer.

Caudiel (Castellón)

Situado en la comarca del Alto Palancia, y rodeado de picos como el del Buitre, las Palomas o el Tejavana -los tres de más de 1.000 metros-, Caudiel es uno de esos pueblos que merecen más y mejor fama. Su casco urbano, situado sobre dos cerros que separa el barranco de Juesar, cuenta la historia de este municipio por el que pasaron íberos y romanos, árabes y cristianos. Entre los imprescindibles, la Torre del Molino, de la época romana aunque usada después por los árabes; la iglesia parroquial, que se levantó apenas comenzado el siglo XVII; el Convento de las Carmelitas Descalzas, de estilo barroco; la ermita del Socós, del siglo XV... Un lujo para los apasionados de la Historia y el Arte.

Campillo de Ranas (Guadalajara)

A unos 1.100 metros de altura, en plena Sierra de Ayllón, rodeado de valles, bosques de robles y barrancos esculpidos por ríos, y muy cerquita del famoso pico de Ocejón, se encuentra este atractivo pueblo de casas de pizarra que es uno de los máximos exponentes de la arquitectura negra de la zona. Tan espectacular resulta que muchos vienen hasta aquí únicamente a casarse, asegurándose un entorno de película. De hecho hay quien lo conoce como el pueblo de las bodas. Quizá porque aunque el número de habitantes de Campillo de Ranas no llega a 200, este municipio celebra centenares de bodas. Tanto entre heterosexuales como entre gays: ostenta el récord de bodas gays de la provincia y dicen que la cifra no hace más que subir.


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