Patrimonio de la Humanidad, Premio Príncipe de Asturias a la Concordia, Gran Itinerario Cultural o Primer Itinerario Europeo son algunos de los galardones que ostenta el Camino de Santiago. De las múltiples rutas jacobeas, la principal y mejor conservada de todas es el llamado Camino Francés que millones de peregrinos llegados de cada rincón de Europa llevan recorriendo desde que, en el siglo IX, se asegurara haber descubierto la tumba del Apóstol Santiago en la capital gallega. La Compostela será el último premio de quienes acrediten haber realizado como mínimo 100 kilómetros a pie o a caballo hasta Santiago, o 200 si se opta por hacerlo en bici. Sin embargo los casi 800 kilómetros de este viaje por el norte de España van tejiendo un espectacular hilván de paisajes y conjuntos monumentales perfecto también para trabajárselo en coche. Durmiendo bien y comiendo mejor, amén de visitando los lugares donde ofician bodegueros, queseros, panaderos y demás productores artesanos de cada zona, en este Camino para hedonistas llegaremos hasta Santiago en ocho etapas al volante. El vehículo elegido es el nuevo monovolumen familiar Opel Meriva, con unos asientos ergonómicos que hacen más cómodos los recorridos largos y el sistema de portabicicletas integrado FlexFix, con el que salpimentar sobre nuestras bicicletas Specialized algunos de sus mejores tramos.

Alto de Ibañeta

Un arranque al Camino por la puerta grande. Junto a la frontera con Francia, enmarcado por una despampanante panorámica de cumbres, praderas y bosques, este histórico paso del Pirineo Occidental vio desfilar desde las legiones romanas hasta las tropas del conde Roldán. Un sencillo monolito posado sobre un montículo recuerda la muerte del épico caballero, acaecida aquí en una escaramuza contra los vascones y no ante 400.000 sarracenos, como tergiversa el famoso poéma del Cantar de Roldán. Este collado a 1.057 metros de altitud ha sido también testigo del paso de millones de peregrinos desde la Edad Media, y lo sigue siendo hoy. Por sus pendientes, mochila al hombro, sudan la gota gorda quienes, como mandan los cánones, emprenden a pie desde aquí la ruta a Santiago. También son muchos los que se atreven en bici hasta la ciudad del Apóstol y algunos, bastantes menos ya, incluso a caballo o a bordo de extraños carricoches diseñados en algún taller centroeuropeo para que sus ocupantes culminen en ellos una experiencia de una vez en la vida a través de los casi 800 kilómetros del Camino Francés.

Quesería de la Real Colegiata de Roncesvalles

Al pie de Ibañeta, entre bosques de hayas, abetos y robles, este encantador pueblito navarro lleva siglos cobijando a los caminantes que acaban de cruzar los Pirineos. En su corazón se alza el antaño albergue y hospital para peregrinos de la Colegiata de Santa María, un precioso ejemplo de la arquitectura medieval cuya iglesia fue construida en el siglo XIII a imagen y semejanza de la catedral parisina de Nôtre Dame. Dentro mismo de la Colegiata abre sus puertas una tienda en la que probar –y llevarse para casa– algún ejemplar del queso de Idiazábal que, con leche de oveja, elaboran algunas de las queserías que pueden visitarse por la zona.

Selva de Irati

Una de las ventajas de ir en coche es poderse desviar a tesoros próximos al Camino como este bosque de bosques, el segundo hayedo-abetal más extenso y mejor conservado de Europa, que alberga en su interior un par de reservas naturales y cerca de una veintena de senderos para caminar o pedalear por su misterioso mundo aparte. Pasado Burguete, una pequeña carretera enfila hacia esta llamada selva que se tiñe de los colores más despampanantes sobre todo en primavera y otoño. En otros tiempos hubo osos y lobos. Hoy la habitan aves como reyezuelos, pinzones o petirrojos, así como zorros, jabalís y los ciervos que, desde mediados de septiembre, lanzan sus cantos de amor a las hembras durante las tres semanas de la berrea.

Embalse de Eugi

Bajo las aguas de este pantano inaugurado en los setenta para abastecer a toda la comarca de Pamplona quedaron desde el molino hasta el horno y la casa forestal. El bucólico pueblo que se alza sus orillas, con la montaña guardándole las espaldas, se diría una postal suiza. Eugi, que da acceso al macizo de Quinto Real, se encuentra a cinco kilómetros escasos del Camino que bien merecen el desvío para disfrutar de su intacto caserío, de una caminata por los senderos de sus alrededores o de un recorrido en coche bordeando el embalse, especialmente recomendable bajo las luces de la hora bruja del atardecer.

El Molino de Urdániz

A este caserón de piedra a pie de carretera el Camino le pasa casi por delante, justo del otro lado del río. Al frente de esta antigua casa de molino, tras curtirse en los fogones de Mugaritz o El Celler de Can Roca, oficia desde hace cerca de una década el sin embargo joven chef David Yárnoz, heredero del restaurante familiar de sus padres y hoy dueño y señor de una estrella Michelín. Su menú degustación, al precio más que razonable de 70 €, trata de mostrar la evolución de su cocina. Así, por lo largo y ancho de sus 14 platos van paseándose especialidades como el caramelo de pimentón relleno de mousse de chistorra, que aguanta en carta desde 2003, hasta creaciones de este año como el carpaccio de manos de cerdo con naranja y jengibre. Un chef de prestigio internacional que, salido de estos valles verdísimos, está a punto de abrir sucursal nada menos que en Shangai.

Embutidos Arrieta

“No hay Camino sin sellar en bar”. Al menos así dicen en el bar Valentín del pueblito de Zubiri. En él, anque quizá no lo sepan todos los peregrinos que recalan por sus mesas a desayunar o hacer el aquí obligado alto para el bocadillo, podrán degustar si no la mejor, al menos de las mejores chistorras de Navarra. ¡Y eso son palabras mayores por estos pagos! Por si alguien lo pone en duda, Miguel Arrieta, su propietario, muestra en la fachada los títulos enmarcados que acreditan que ha quedado dos veces subcampeón en el muy reñido Consurso Navarro de Txistorra. Al lado del bar tiene una tienda de alimentación en la que hacer acopio de los otros manjares que, artesanalmente y sin conservantes ni aditivos al acecho, produce justo enfrente Embutidos Arrieta, como morcillas, chorizos o el menos conocido relleno, una exquisitez que elaboran muy pocos y que se prepara con arroz cocido con un poco de azafrán, tocino en daditos finos, huevos, cebolla, sal, perejil y otras especias que se abstiene de confesar.

Restaurante Rodero

Hay imprescindibles en Pamplona como caminarse el casco viejo y la muralla, dejarse ver por el elegante Café Iruña y el Gran Hotel La Perla en el que se alojaba Hemingway, disfrutar los jueves del juevintxo –vino/zurito y pincho por 2 € en cada vez más bares– o, en temporada, vivir el ambiente de los Sanfermines. Pero para los amantes del buen yantar, la visita se quedaría irremediablemente coja de no conseguirse una mesa en el restaurante de Koldo Rodero. Con una estrella Michelín y tres Soles de la guía Repsol, este inquieto e imaginativo heredero de una sólida tradición gastronómica familiar, puede considerarse el gran renovador de la cocina navarra. Su manejo de las verduras es digno de un artista. Comer en su casa, hoy envuelta de una decoración minimalista, parte de unos 60 €.

Catedral de Pamplona

No es ni la de Burgos ni la de León, auténticos pesos pesados que saldrán al paso en las próximas etapas del Camino, sin embargo la catedral de la capital navarra ha tenido tal peso a lo largo de la historia que bien merece un alto mientras se recorre el casco viejo. En ella se coronaron reyes, se reunieron las Cortes y durante tres siglos tuvo su sede la Diputación del Reino. Tras su fachada neoclásica, obra de Ventura Rodríguez, aflora un interior gótico adornado por joyas como el Mausoleo de Carlos III el Noble y Leonor de Trastámara pero, sobre todo, por esa obra maestra que es su exquisito claustro.

Fundación-Museo Jorge Oteiza

Cuando Jorge Oteiza y su mujer buscaban un lugar en el que aislarse del mundo dieron con un caserón abandonado en Alzuza, una pequeña localidad a 9 kilómetros de Pamplona, en el que se instalaron en 1975. Es en este entorno rural donde puede –¡y debe imperativamente!– visitarse la casa-taller que habitó durante dos décadas uno de los escultores más relevantes del siglo XX, así como el museo que, dentro de un gran cubo de hormigón ideado por su amigo y colaborador Francisco Javier Sáenz de Oiza, alberga su legado artístico. En Alzazua, tan a tiro de piedra del Camino, aguardan 1.650 de sus esculturas, además de su biblioteca personal, dibujos, collages y cerca de 2.000 piezas del laboratorio experimental de este vasco universal.

Los puentes del Camino

Cuando en el siglo IX corrió la voz del hallazgo de los restos del Apóstol Santiago, peregrinos de toda condición comenzaron a acudir desde la última esquina de la Cristiandad a presentarse sus respetos. Lo hacían entonces por precarias y peligrosas sendas que a menudo seguían las calzadas romanas. En los siglos posteriores, convertido ya el Camino en un vaivén imparable de gentes, mercaderías y saberes, fueron construyéndose puentes que les facilitaran el paso o restaurándose los levantados antaño por las legiones. Desde Roncesvalles afloran algunos tan emblemáticos como el de Zubiri o Puente de la Rabia, por cuyo pilar central los campesinos medievales hacían pasar tres veces a sus animales convencidos de que así no se contagiarían de esta enfermedad, o, también sobre el río Arga, el de Puente de la Reina, en el que culmina esta primera etapa.


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