Su nombre es un sonoro recordatorio de aquellas vacaciones en las que el tiempo se medía por meses. Su arquitectura y su ritmo relajado nos hablan de una Francia imperial, que acepta a las nuevas tribus urbanas. La señora que viste de Hermes toma un café al lado del joven surfero que parece un anuncio publicitario de Rip Curl.

Aquí la vida fluye con naturalidad. Los perros pasean por la playa y son bien recibidos en un restaurante porque su educación está asegurada. Gente guapa con clase que parece sentirse cómoda con una cierta dosis de decadencia. Su arquitectura es el valor añadido. Iglesias rusas, palacetes decó o caseros vascos son piezas de un damero arquitectónico donde también encontramos el obligado desastre de los años setenta. Biarritz es el sitio perfecto para recuperar la delicada costumbre de escribir postales. 


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