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Barcelona, ciudad literaria

Barcelona se encuentra cómoda entre libros, se siente querida cuando pasan todas las páginas que le han escrito. Así como hay otras ciudades del mundo identificadas con un solo escritor, Barcelona ha hecho hueco en sus calles a escritores medievales, autores costumbristas, posmodernos y fabricantes de bestsellers.

Desde el Cervantes que plantó a su Don Quijote en Barcelona para desfacer entuertos y encontrar imprenta hasta el Ruiz Zafón de segundas partes nunca fueron buenas, han sido legión los literatos que han encontrado en la ciudad el fondo perfecto para sus historias. Don Quijote se refirió así a la Condal: “Archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidosy correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única; y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, solo por haberla visto”.

Los libros nos han mostrado La Rambla como un río, pero la mayoría de ellos prefirieron adentrarse en sus afluentes. También nos llevaron a la parte alta y su más alta sociedad, pero como siempre he sentido más simpatía por la notoriedad del perdedor que por la precariedad de los ganadores, nos quedamos en los antiguos arrabales. La Ciudad Condal, como otras ciudades portuarias, tuvo sus historias de cabarets, asuntos de estraperlo y vendedoras de amor sin amor en barrios como el Raval, reducto de ambiente portuario resultado del darwinismo social, de vidas encalladas en sórdidas circunstancias. Los bares eran lugares sin apenas pasado y con escaso futuro que frecuentaban los inspectores Méndez y Carvalho buscando alguna pista bajo unas luces con bastantes más insectos que vatios. Faquines, estibadores y demás ganapanes deambulaban por calles de fachadas ajadas por la lluvia y el sol. Calles que disimulaban sus carencias con nostalgia y dosis controladas de melancolía.

El eclecticismo actual lleva al barrio del Raval a una convivencia sui generis. El Gato de Botero aparece rodeado por el local social del Atlanta F.C., los bocadillos del bar Madame Jazmine, un puesto de kebab y un gran letrero que nos dice que otro mundo es posible. A unos pasos, el Museo de Arte Contemporáneo (MACBA).

Los libros de Vázquez Montalbán y González Ledesma también entraron en el barrio de La Ribera hoy convertido, junto a su vecino El Born, en uno de esos espacios experimentales para todo tipo de tendencias dispuestas a ponerle un traje de colores a lo negro del género. Ya no queda arrabal que se precie sin pinta de factoría de ideas, lleno de laboratorios de un diseño tan efímero como atrevido.

La que ha sufrido pocos cambios ha sido la Plaza Real, una plaza que quiso ser Mayor, importante y novelada. Ahora pide a gritos una oportunidad. La merece. Por la Barceloneta, El Born y la Ciutadella lleva Eduardo Mendoza al Onofre Bouvila de La ciudad de los prodigios y en La Ribera encontramos la iglesia de Santa María del Mar que sirvió de inspiración a una de esas tantas novelas de catedrales. Aunque le hayan cambiado a Carvalho el Sanlúcar por un restaurante de comida rápida, muchos de los lugares vividos, soñados y narrados por la pléyade de verbo ágil siguen en Barcelona, aunque la evolución de la ciudad durante los últimos años haya llevado a Don Quijote a probar suerte con la cocina molecular y al bueno de Sancho a jugar al mus en la playa de la Barceloneta. 


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