Son 700 islas, aparentemente perdidas en la inmensidad del Atlántico, que conforman un país conocido como Bahamas. Sólo su nombre, ya simboliza el ocio y la vida sin hace nada. Parece que una mano mágica dispuso estas islas como antesala de las otras islas del Caribe o del gran estado de la Florida.

Queda claro que Bahamas es un abanico de colores, que abarcan toda la gama. En los días despejados, que son la mayoría, un sol, tan radiante como abrasador, hace brillar intensamente, los colores de las casas de Nassau, la capital. En la parte alta de la ciudad las viejas maderas hablan de su pasado inglés, de sus comerciantes holandeses y sus marineros hispanos. Cada uno aportó la fuerza de su cultura y su arquitectura es el mejor reflejo de esas vivencias.

Estas islas caribeñas a las que llegó Cristóbal Colón hace más de cinco siglos, han sido colonia británica hasta los años setenta. El toque ‘british’ se hace evidente. El recuerdo de su pasado colonial se prolonga en sus calesas, en su conducción por la izquierda, en su pasión por la navegación y en su orgulloso pasado pirata. Los bucaneros, al servicio de la Corona Británica, llegaron a crear en estas islas la República de los Corsarios.

Aquellos galeones piratas han sido sustituidos, por lujosísimos yates o aviones privados, y los corsarios, por miles de turistas dispuestos a gastarse sus dineros en lugares como el mercado Straw, lleno de souvenirs y artesanía, o las joyerías de John Bull. Sólo su nombre, ya refleja otra forma de entender la vida. Tom Cruise, Oprah, o Johnny Depp tienen casa en el archipiélago… Por algo será.

Por supuesto, hay quien se anima a hacer un poco de turismo y se acerca a la curiosa Casa Gubernamental, de color rosa, o al fuerte Fincastle con su gran torre, desde la que se contemplan las famosas aguas azules del puerto y los arrecifes de coral. La vida parece necesitar de estos colores alegres y exóticos, que van desde los tonos intensos verdosos de sus jardines tropicales a las telas rojizas usadas como cortinas, que están inspiradas en los corales que cubren sus fondos marinos. 

En general, son colores sin concesiones… Intensos como las vallas que marcan el límite de cada casa delimitan las casas en Hope Island o Great Guana Cay. Los perfiles de casas compiten en disparidad: naranjas “cobrizo” frente azules añil; rosas flamingo frente a verde “sandía”. Cada casa siente la obligación el diferenciarse del vecino. Cualquier momento es bueno para otra generosa mano de pintura, para reparar una ventana o perfilar los límites de un jardín. Los blancos toman sutiles tonos marfil para diferenciarse de los amarillos limón de muchas casas en la playa. Unas palmeras, dos bicicletas o un partido de vóley-playa aportan un cierto dinamismo al paisaje que parece la postal perfecta. Así se entiende mejor la vida cotidiana en Treasure Cay o los salvajes atardeceres en Dunmore Town, en Harbour Island, donde Elle Macpherson comparte noche de farra con Andy García… Porque aquí un famoso siempre es bien recibido.

El colorido de la población local

Con los fibrosos cuerpos de la gente local, se entiende como sus habitantes también participan de ese colorido. Predominan los tonos oscuros de su población de origen africano, traída como esclavos en la época colonial. En la calle, sus rasgos se mezclan con los pálidos tonos de los anglosajones residentes y los casi infinitos tonos intermedios de mulatos. Los turistas “tostados al sol” son otra cosa. La negritud de sus tonos y rasgos hacen que el “blanco” parezca aún más inmaculado. Muchos de los jóvenes nativos forman parte de la ‘police’ de las islas, vestidos con un uniforme blanco luminoso, el mismo utilizado por el antiguo ejército británico colonial en Nairobi o en Nueva Delhi, usando todavía una especie de “salacot” y adornado con una banda de seda roja.

En el agua las cosas cambian. Los corales de todos los colores cubren viejas embarcaciones que naufragaron hace tiempo. En los fondos marinos aparece otro mundo. El paraíso submarino, tan irreal en una primera inmersión, se carga de reflejos metálicos, o de formaciones infinitas de peces que se acercan hasta nuestra bombona de oxígeno. 

Esa borrachera de color sigue en tierra, cuando cae el sol, por ejemplo en sus más de veinte reservas y parques nacionales, como el de Inauga, con casi 230 especies diferentes, entre ellas los coloridos flamencos. ¿Más color? El de las luces de los casinos de Nassau, el de los lujosos hoteles de Eleuthera, con sus arenas rosadas. O las mansiones en la entrada de Hope Town. Algunos nuevos residentes piensan que ese faro forma parte del escenario de este mundo feliz. Lo mismo sucede con esos fantásticos yates y catamaranes que están casi siempre amarrados, como si se hubiesen olvidado navegar.

En los años sesenta, sus dueños eran los descubridores de unas islas desconocidas. Bahamas era el sueño de la evasión… Hoy, son poderosos magnates que guardan en sus mansiones su pequeño catálogo de sueños. Por eso buscan en las islas del sur la fuerza de la sencillez, a pesar de sus escasos servicios turísticos. Son esos colores luminosos y auténticos de Cat Island, tan mística, como escondida. Como queriendo competir con la salvaje Andros. Sólo son 700 islas…


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