Destinos

¿Se acaba la dulcedumbre más natural?

Como nos sucede con tantos otros de los prodigios que voluntariamente ignoramos, la miel nunca ha sido colocada en la posición que merece. Si acaso solo los pueblos primitivos o de la antigüedad fueron capaces de conceder a su dulzura el máximo respeto. Todavía no se había encontrado otra fuente para edulcorar algo la vida. En cualquier caso poco supera a la miel en componentes básicos para una alimentación excelente.

Las abejas no solo despliegan uno de los más asombrosos repertorios de conducta y capacidades, sino que también merecen figurar a la cabeza de los animales mejor alimentados. Su sustento pues se convierte en nuestro alimento. Algo que resulta singular en nuestra acaparadora búsqueda de nutrientes. Nos comemos a los demás -animales- y muy poco de lo que estos comen. De hecho la fauna silvestre no comería nuestra vegetación domesticada de no ocupar ésta una porción enorme de los paisajes.

Una compleja elaboración

En cualquier caso ninguno de nuestros alimentos conlleva un proceso de elaboración tan complejo como el que desemboca en la miel. Con el superior añadido de que -en no poca medida- son ellas mismas, con las enzimas de su propio organismo, las que contribuyen decididamente a la elaboración de su sustento. La colmena, pues, fue la primera superficie -por supuesto no comercial- con alimento procesado y empaquetado.

Las abejas, en cualquier caso, resultan de indiscutible relevancia para la cultura y para esa fracción de la misma que es la ciencia. No menos para la economía rural y por tanto -ya que, aunque se nos quiera olvidar, comemos por el esfuerzo de los campesinos- para la de todos. No se ha insistido suficiente, al respecto, sobre el hecho de que algo más del 70% de los alimentos que ingerimos depende de la polinización llevada a cabo por las abejas. Aunque ninguna contabilidad reflejará correctamente la trama vital que vuela en cada abeja pecoreadora, se afirma que son unos 265.000 los millones de dólares los que aportan, directa e indirectamente estos himenópteros a la economía mundial.

Las colmenas están desapareciendo

Queda bien sabido que este panorama se está desmoronando. Miles de colmenas mueren. Millones van perdiendo parte de su población, que puede alcanzar incluso los 100.000 insectos por colonia. Las mermas se están dando en la totalidad del planeta y han desatado la alarma generalizada. Nada puede sustituir al gratuito trabajo de las abejas. Podría incluso desencadenarse una crisis más, ahora alimentaria.

Las causas no están del todo dilucidadas pero sabemos que a ciertos virus se suma la contaminación masiva con biocidas que ha generalizado la agricultura dominante. Recuperar la dulcedumbre más sana y más natural, asegurar la polinización de buena parte de nuestros cultivos pasa insoslayablemente por la práctica de una agricultura ecológica. Algo así como imitar a las abejas. Porque les salvaría a ellas y tal vez a nosotros.


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