Cultura

Imparable auge de los libros de intriga: Novela negra como manual de autoayuda

Acabamos de asistir a un misterioso relevo en el Vaticano al dimitir un Papa que no soportaba los escándalos e intrigas en la Iglesia. Las estafas, los desahucios inundan los periódicos. Los telediarios nos muestran un crimen machista cada día tras desgranar un rosario de trampas, escuchas, y puñaladas partidistas para guardar o ganar el poder.

Vivimos impregnados en la angustia y el desánimo como personajes secundarios de una voluminosa e intensa novela negra. Uno no sabe en estos tiempos si la pasión por los libros de intriga y suspense se debe a que el público busca en ellos manuales de autoayuda ante la cruda realidad o persigue la evasión pensando que todo puede ser ficticio.

Las estanterías dedicadas a la novela de intriga y crimen ocupan cada vez mayor espacio en las librerías. Sociólogos, psicólogos y chamanes diversos compiten con detectives y policías en el empeño de resolver conflictos y crímenes. Los lectores parece que prefieren dejarse llevar por los sucesores de Hércules Poirot y Pepe Carvalho que por expertos en coaching y renta variable, durante un tiempo envidiados y admirados cuando creíamos que poseían dotes inabarcables de sagacidad, altruismo y sentido común.

El huracán desatado por el sueco Stieg Larsson (1954-2004) con su peculiar heroína Lisbeth Salander sigue activo. Su trilogía Millenium marcó un antes y un después no sólo por los millones de libros vendidos en todo el mundo sino porque autores prestigiosos como Mario Vargas Llosa se entregaron con pasión a devorar los tres tomos en los que la pequeña Salander, verdadero alter ego del autor, nos sorprendía página tras página. Si un Nobel y destacado crítico como Vargas Llosa leyó con apasionamiento juvenil a Larsson no es de extrañar el entusiasmo que generó entre el público. Muchos lectores españoles descubrieron entonces –Destino editó en 2008 Los hombres que no amaban a las mujeres, primera parte de la trilogía- una literatura distinta a la que siguen enganchados.

Las editoriales han visto que ese noviazgo con el crimen y la intriga perdura con lazos sólidos y en los primeros meses de este año están alimentando el fuego con múltiples iniciativas. RBA abrió 2013 reeditando toda la producción de Maj Sjöwall y Per Wahlöö, los patriarcas de la novela negra escandinava. Diez novelas con el inspector Martin Beck como protagonista que influyeron notablemente en la armada de autores nórdicos. La misma editorial acaba de distribuir un denso e intenso volumen con todos los cuentos de Raymond Chandler y un nuevo libro de Ian Rankin. Planeta ha sacado Peores maneras de morir, del veterano Francisco González Ledesma, en la que el sabueso Méndez investiga la muerte de dos jóvenes en Barcelona. Tusquets también apuesta sobre seguro con otro título de Ramiro Pinilla El cementerio vacío y la edición de Malvados del irlandés John Connolly. Días antes de la Feria del Libro de Madrid Maeva pondrá a la venta Los vigilantes del faro, obra de Camilla Läckberg. En este contexto de efervescencia por el suspense y lo criminal hay que reseñar la creación de colecciones especiales por parte dos editoriales de prestigio: Alianza y Alfaguara, que se suman a iniciativas similares que tomaron anteriormente otras firmas del sector como Roca, Mondadori, RBA, Siruela, Maeva y Akal.

El triunfo de la novela negra es para muchos especialistas una consecuencia de la conexión que han establecido buena parte de sus creadores con las experiencias que sobrecogen y rodean a la sociedad. Algo que en su época desarrolló Shakespeare con la maestría que, según el pope Harold Bloom, le convirtió en eje de la literatura occidental. En los dramas y obras históricas de Shakespeare se suceden las conspiraciones, las intrigas, los crímenes, los envenenamientos. Todo un abanico de acciones violentas se ofrece ante nosotros; como si asistiéramos a una magnífica representación de novelas negras repletas de tensión y crueldad. Las tribulaciones, las dudas de Hamlet siguen palpitando en chabolas y palacios. No es difícil imaginar estos días a un Rajoy desgranando por la Moncloa angustiosos soliloquios: ¿Qué puedo hacer con Bárcenas? ¿Por qué debo seguir a Merkel?


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