Cultura

Maya y Heidi necesitan plan de pensiones

Nuestra querida y pizpireta Maya, con ese diseño natural abejil que siempre me ha recordado a los taxis de Barcelona, parece que ha cumplido 35 años de nada. Es ya toda una mujer llegando a su mejor momento vamos, aunque haya cumplido realmente… 101 años. ¡Centenaria nada menos! Con esas aventuras cantarinas junto a ese pagafantas de Willi (no me digan que no), y ese Pepito Grillo de la NBA que era el tal Flip, tiene su recuerdo musical, que siempre dicen que son los mejores, con aquellas canciones dobladas sobre el país multicolor del compositor checo Karel Sbovoda.

Heidi y Pedro por los prados alpinos.
Heidi y Pedro por los prados alpinos.

Heidi, una amiga casi coetánea, tiene ya 39 años. Pelín más viejuna (verdaderamente tiene 133 años, ambas centenarias pues, ¡y ésta con mucho!). Tenía también ella su pagafantas claro, el tal Pedro (luego nos quejamos del bueno y simpático de Walt por un “mátame una cierva” de nada, o por sus alucinaciones lisérgicas elefantes rosas incluidos, pero estos dibus tienen su aquel oculto), y vivía con un señor mayor que era lo más parecido a Papá Noel de vacaciones en Suiza, y con una música que durante muchos episodios la oímos (y mucho freak se aprendió) en el japonés original de su compositor Takeo Watanabe.

¿Y por qué les estoy hablando de una abeja cantarina y de una niña vivaracha? Pues porque es sorprendente cómo está aumentando el fenómeno de la “publicidad generacional” de una manera que, francamente, me parece que llegar llega. No sé si al final el target dirigido (como se dice en el argot) acabará haciéndose un plan de pensiones, en este caso con una entidad bancaria que se ha lanzado con cuñas e imágenes a ello buscando reforzar su imagen, pero lo que sí está claro es que ha conseguido sacar una inevitable sonrisa cuando has caído en esa trampa generacional.

Recordamos cuando un país casi se paraliza por un simple episodio de dibujos animados ¡anunciado previamente en el telediario!

Y es que claro, ¡quién no se ha sentido “entusiasma-do” como lo estaba el bueno de Gorm viendo cómo un algo pedantillo (para qué vamos a negarlo) vikingo en miniatura salía con bien de sus aventuras con su padre Halvar! Con esas peleas entre Tjure y Snorre, con el tragaldabas del vigía Faxe en ese drakar en el que, ora luchaban con la archinémesis del poblado, contra el malvado Sven, ora recorrían fiordos y mares procelosos en mil y una aventuras de donde se salía más con el ingenio que con la fuerza… lo que seguramente nos animaba a los que en aquellos momentos tampoco es que fuéramos unos artistas del plinto y las espalderas en el gimnasio del cole.

Por no hablar de la búsqueda de la emoción más desbordante, casi de la lágrima fácil, recordando cuando un país casi se paraliza por un simple episodio de dibujos animados, episodio (lo recuerdo perfectamente) ¡anunciado previamente en el telediario! Sí, ya sé que los telediarios y noticieros de las respectivas cadenas son ya hoy en día unos totum-revolutum en los que lo mismo se mete el tema de Siria, la sesión de control parlamentario de turno, noticias sacadas parecen que de aquel bien olvidado periódico llamado El Caso, y todo ello trufado de algún remedo de Belén Esteban. Pero hace unas décadas, leñes, ¡el telediario era el telediario!

Desde luego las posibilidades de este tipo de publicidad, que escarba en nuestros recuerdos más entrañables, son ciertamente prometedoras.

¿A qué episodio me estoy refiriendo? ¿Qué pudo ser tan noticiable en aquel momento? ¿Tal vez que Oliver (o Benji, nunca supe distinguirlos bien para ser franco) tras correr calculo que el equivalente a cinco maratones, por fin llegaron a la portería? ¿Que Mazinger Z se casara con Afrodita A tras acabar por fin con todos los Brutos Mecánicos? ¡Quiá! Mucho más espectacular y emotivo que todo eso. Nada menos que… ¡Marco encontraba a su madre! Tras irse desde los Apeninos a los Andes, con aquella canción desgarradora donde no sé para qué gritaba “No te vayas mamá, no te alejes de mí” cuando era el meollo de un culebrón infantil que no ha habido otro igual ni creo que lo haya, finalmente y tras decenas y decenas de episodios, encontraba a su descastada madre para edípica exaltación de la concurrencia.

Desde luego las posibilidades de este tipo de publicidad, que escarba en nuestros recuerdos más entrañables, son ciertamente prometedoras. Porque por ejemplo, una buena campaña de una agencia de viajes, mayorista o minorista, o qué se yo, de TripAdvisor, teniendo como mascota oficial (por así decir), nada menos que a Willy Fog con su elegante y leonina melena, su valet Rigodón, y hasta al cachondo del ratón andaluz del Tico, de uno a otro confín de la tierra, y todo ello con los acordes de las canciones cantadas nada menos que por Mocedades, vamos, ¡me hago más millas que el célebre baúl piquerino!

Y no tengo muy claro qué podrían venderme si vinieran juntos los tres que siempre son cuatro, llamados Pontos, Dogos, Amis y, por supuesto, el pequeño D’Artacán, que siempre va con ellos, porque los Mosqueperros me ofrecen una garantía de nobleza, que sea lo que sea, lo compro tarareando la sintonía de los geniales Guido y Mauriziode Angelis más alegre que perro moviendo la cola como látigo.

Los creativos publicitarios han dado en el clavo. Y es que, como decía Rainer María Rilke, "la verdadera patria del hombre es la infancia".

Eso sí, a David el gnomo me lo dejen donde está convertido en árbol o en mueble de Ikea a estas alturas, que siempre me resultó muy pesado el pseudo ecologeta nórdico enanito. Que no todos los recuerdos de la niñez pueden ser gratos, aunque desde luego, reconozcámoslo, a mi me ha parecido esta campaña todo un acierto. Los creativos publicitarios han dado en el clavo. Y es que, como decía Rainer María Rilke, "la verdadera patria del hombre es la infancia".

¿Quién es capaz de no hacer caso a su niño interior?


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