Cultura

Burt Reynolds y las películas de carretera de los 70

Algunos podrían acusarnos de tener cierta obsesión por los mostachos -es cierto-. Pero también lo es que Burt Reynolds, la mayor estrella del cine de acción de los 70/80, abordó junto a su amigo el especialista Hal Needham todo un ciclo de películas de carretera de enorme éxito que nos ayudan a recordar tiempos pasados, aquellos en el que cruzar EEUU con unos cuantos depósitos de gasolina y un casete de country se nos antojaba una tarea apetecible. Porque puede que el hippismo de los 60/70 desapareciera igual de rápido que el olor de la marihuana, pero el olor a goma quemada se quedó en el ambiente.

Los caraduras (1977) fue sin duda la mejor de todas sus comedias de acción. Cateta y tonta como la que más, toda la película huele a asfalto y hamburguesa con queso. Pero he aquí que ese intangible que es la química entre sus personajes, representada por la relación romántica entre Burt Reynolds y Sally ‘Rana’ Field, consigue enganchar al personal. Así como su rebeldía juguetona contra la autoridad competente (el cuerpo de policía de varios estados es retratado como un cúmulo de idiotas), realmente funciona y eleva el conjunto por encima de sus persecuciones. Esa magia, y el molón Pontiac Trans-am negro, convirtieron Smokey and the Bandit en la segunda película más taquillera de 1977 en EEUU, sólo por detrás de Star Wars. Dio lugar a dos secuelas, ambas muchísimo peores que la primera. 

Los locos de Cannonball (1981) también logró un buen puñado de secuelas y hasta unas cuantas imitaciones. En esta ocasión cambiamos de marcha y estamos ante una comedia coral en la que una carrera por todo el país reúne a varios personajes pintorescos. Un ejército de estrellas y cómicos de renombre -desde Roger Moore a Jackie Chan- participan en el evento. Hooper o As de Plumas también pueden considerarse parte destacada del ciclo de carretera de Burt Reynolds. 

En Punto Límite Cero (1971) damos un volantazo y nos sumergimos de lleno en la paranoia, cinismo y desencanto de los 70. Escrita por Guillermo Cabrera Infante (con el pseudónimo de Guillermo Cain), estamos ante todo un objeto de culto, un filme de acción en clave alegórica sobre un conductor, Kowalski, que debe llevar un Dodge 1970 hasta San Francisco en 48 horas. No hay motivos, no hay objetivos, sólo una elegía épica y pesadillesca con un muscle car cruzando el desierto entre flashbacks de un amor muerto. Y muchas, muchas drogas. Cuidadito con el remake con Viggo Mortensen.

El celuloide de estos años no se entiende sin el desaparecido Sam Peckinpah, que -es una forma de verlo- hizo su propia versión de los dramas de sindicalistas de Meryl Streep o Sally Field. Pero con camioneros y explosiones, que en manos de su director gozaban de su propio romanticismo crepuscular. En Convoy (1978) un grupo de conductores liderados por Kris Kristofferson protestan contra la detención de uno de sus compañeros organizando un gigantesco convoy ilegal. Ernest Borgnine aprieta el gesto y sale en su búsqueda.

El diablo sobre ruedas (1971) fue el debut de Steven Spielberg, un telefilme tan bueno que en muchos países, como España, se estrenó en cines con algo de metraje adicional. Se trata del perfecto primer plato antes de Tiburón, la película que lo iba a cambiar todo cuatro años después -y sobre todo una precoz demostración del talento de su director-. El duelo entre coche y camión, o el de un anónimo vendedor contra un psicópata oculto en la cabina de un dieciséis ruedas, es el del hombre contra el monstruo, un cara a cara con el horror en mayúsculas y sin más explicaciones. 

De moteros contestatarios, que vagan por ahí con desdén, pasamos a la perfecta e idiota clase media americana, capaz de cruzar un país para ir a un parque de atracciones en Vacaciones de una chiflada familia americana (1983). En efecto, pese a que apenas pasaron unos pocos años desde las anteriores, hemos cambiado de época para sumergirnos en otra mucho mucho más plácida, pero igual de grotesca y también más divertida.

La película fue un éxito y ayudó a cimentar en el cine la fama de la revista National Lampoon’s, así como la carrera de sus principales responsables, una cantera de talentos que definió el cine posterior: John Hughes escribió el guion, el fallecido Harold Ramis la dirigió, y Chevy Chase y Beverly D’Angelo dieron vida al perfecto matrimonio de insulsos en una de esas pocas comedias gamberras que pueden considerarse importantes. El coche esta vez era un Wagon Queen Truckster, la ranchera con madera en las puertas.


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