Cultura

Alemania presume de arquitectura ecológica

Lo mejor de la arquitectura contemporánea alemana parece llevar en su ADN un gen de compromiso con el medio ambiente. Abundan en suelo germano edificios y espacios concebidos en el respeto del bienestar humano y medioambiental. Desde el BIQ de Hamburgo, el primer edificio que satisface sus necesidades energéticas a base de algas, hasta el Reichstag, que funciona en Berlín casi exclusivamente a base de energías renovables, Alemania cobija numerosos ejemplos de las innovadoras posibilidades que ofrece la arquitectura ecológica.

Lo más sonado estos días en este tipo de construcciones es el Bio Intelligent Quotient o BIQ, presentado recientemente en el marco de la Exposición Internacional de Arquitectura de Hamburgo. Esta cita, cuya primera edición data de 1901, constituye una suerte de Meca para la presentación de nuevos conceptos arquitecturales y urbanísticos. Y el BIQ, edificio de cinco alturas con espacio para 15 apartamentos situado en el céntrico barrio de Wilhelmsburg, hace justicia al evento. Dos de sus fachadas están cubiertas con paneles que albergan en su interior una solución acuosa en la que se desarrollan microalgas procedentes del río Elba. La idea es que, en verano, cuando prolifera esta vegetación, el edificio goce de una sombra natural que sirva de refrigeración. Este enfriamiento tendrá lugar incluso cuando se coseche la biomasa generada por las algas. De esa biomasa cosechada se obtendrá, en el mismo edificio, gas para la calefacción necesaria durante el invierno. Además, el calor de la actividad metabólica de las algas también se acaba transformando en energía útil para los habitantes de esta flamante construcción, que ha costado 5 millones de euros.

Toda esta tecnología “llevará a nuevos caminos de producción energética”, promete Martin Kerner, de Strategic Science Consultants, empresa responsable de la ‘piel orgánica’ instalada en el BIQ. Sea o no cierto, el proyecto constituye un notable aporte de ecologismo arquitectural en Hamburgo, una ciudad que continúa sus modernísimas obras en Hafen City, barrio que acoge el mayor proyecto de remodelación urbanística de Europa.

Las empresas se apuntan a la tendencia

Precisamente allí también se alían el bien medioambiental y la innovación arquitectural en la sede alemana de la multinacional anglo-holandesa Unilever. A orillas del Elba, la angulosa Unilever-Haus es otro ejemplo de arquitectura ecológica firmado por Behnisch Architekten. Este edificio de 38.000 metros cuadrados y 170.000 metros cúbicos dispone de un sistema de recuperación de calor en el techo y utiliza tecnología naval para su ventilación. Cuenta con una película externa que lo protege de las inclemencias meteorológicas y optimiza la difusión de la luz solar. Desde que se terminó en 2009, alberga las consideradas como “mejores oficinas de la ciudad”.

Igual de emblemático que es este edificio para Hamburgo, en Múnich, también hay un ineludible símbolo de arquitectura ultramoderna y ecológica. Se trata del BMW-Welt, un monumental centro de exposiciones que abrió sus puertas en 2007. Diseñado por la cooperativa Coop Himmelb(l)au, se encuentra a proximidad de la sede del constructor de automóviles BMW y su techo es una pequeña granja solar. Porque en sus 16.500 metros cuadrados hay más de 3.500 paneles solares que calientan las instalaciones, donde también se recoge energía solar a través de una fachada cuya silueta facilita la ventilación natural del edificio, al igual que la vegetación presente en los alrededores del lugar.

El presente poderío económico alemán no sólo se identifica con marcas como BMW. Algunos bancos alemanes han utilizado su fortaleza para construir, como ocurre con el Kreditanstalt für Wiederaufbau - Instituto de Crédito para la Reconstrucción, cuyas siglas son KfW -, uno de los edificios más eficientes en materia energética. Pese a las turbulencias atravesadas en la gran crisis global de 2008, en 2010 se terminó la construcción de su nueva sede en Frankfurt. Con sus 56 metros a la vertical, es uno de los primeros edificios altos que emplea menos de 100 kilovatios-hora por metro cuadrado.

Ventilación natural

La sede del KfW, obra de los arquitectos Matthias Sauerbruch y Louisa Hutton, bien puede entenderse como una reivindicación de la medicina para el Síndrome del Edificio Enfermo, porque procura a quienes lo habitan ventilación natural. El secreto está en una doble fachada de ventanas dispuestas en forma de sierra y un conjunto de monitores ambientales dentro y fuera del edificio que permiten controlar el flujo de aire del exterior que se necesita en el interior. A este sistema, que también resulta de gran eficacia para aislar al edificio y para proteger de la luz solar, se añade una calefacción geotérmica y un suelo con losetas que irradian el calor que ayudan a reducir consumo energético.

Berlín tampoco se queda atrás en construcciones que unen lo moderno con la preocupación medioambiental. De hecho, las instituciones federales dan ejemplo y el Reichstag, edificio de la Cámara Baja alemana y una de las atracciones turísticas destacadas de la capital con su paseo circular dentro de una imponente cúpula de cristal, funciona al 80% con energías renovables. Un cóctel de energía solar, geotérmica y combustibles orgánicos explica ese porcentaje. La reconstrucción del nuevo Reichstag, terminada en 1999, fue llevada a cabo por el arquitecto británico Norman Foster, también responsable de otra obra ecológica en la capital federal menos conocida para el gran público: la biblioteca de Filología de la Universidad Libre de Berlín. Ésta constituye otro alarde del británico que compagina capacidad de ahorro energético con el siempre espectacular resultado de sus producciones. Construida en 2005 y apodada el “Cerebro de Berlín”, por sus parecido con el órgano de la materia gris, tiene sus cuatro alturas ventiladas de forma natural.

Paradójicamente, la que se considera como una de las construcciones más “verdes” de Alemania, e incluso de Europa, no es un edificio, sino el jardín situado sobre el techo de la Galería Federal de Arte en Bonn, la ciudad que fuera capital alemana hasta 1999. Allí, ocho kilómetros cuadrados esperan al visitante para disfrutar de las esculturas expuestas y respirar un aire fresco regulado y purificado por la abundante vegetación presente. Al final, resulta imposible encontrar algo más ecológico que la proximidad con la naturaleza.


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