Cultura

Traumas sexuales de los 80

Si formas parte de ese (des)afortunado club que ahora mismo ronda o supera la treintena, aparte de tus cada vez más habituales crisis de ansiedad (tu pelo retrocede, sí) y tus cosas raras de generación perdida, sin duda que todavía recuerdas a un buen puñado de mitos sexuales de aquella era idílica de cuento de hadas reaganiano, los ochenta. Un tiempo en el que, mucho antes del fatal auge del selfie en el baño como principal figura erótica, todavía existían imágenes capaces de imprimirse en nuestra memoria y abrirnos los ojos a esa cosa tan simple, pero obsesiva, que resultó ser el erotismo.

Tirando de tópico. Para comenzar, lo mejor es abrazar lo manido sin tapujos y referirnos a las dos voluptuosas mujeres en las que, sin duda, casi todos estáis pensando. Sabrina Salerno y Samantha Fox, dos máquinas de ocupar las portadas de Teleindiscreta e Interviú, amenizaron con sus brincos y bailes las jornadas televisivas de nuestra más lozana infancia. ¿Qué es eso que bota tanto, abuela?, preguntó el niño con la rebanada de nocilla. Y en el salón se hizo el silencio.

Para los más refinados. Antes del desembarco púbico de Sharon Stone en los noventa, dos actrices tan capaces como Kim Basinger y Kathleen Turner ocuparon las fantasías de aquellos niños con el paladar más maduro y delicado. O al menos, lo suficientemente altos como para alcanzar las estanterías de arriba del videoclub, donde se encontraban 9 semanas y media (1986) y la magistral Fuego en el cuerpo (1981). Entre los revolcones videocliperos de la primera y los muy sudorosos de la segunda (¡qué calor en Nueva Orleans!), las inocentes mentes de EGB nos alejamos de la religión y nos iniciamos en el mal camino, el de las femmes fatales.

Risas ochenteras. A los fans de la comedia adolescente los nombres de Kelly LeBrock y Phoebe Cates les producirán un agónico jadeo de nostalgia. ¿A qué se debe tan compleja sensación? LeBrock dejó su carrera de modelo para dedicarse al cine y, gracias al éxito de La mujer de rojo (1984) y La mujer explosiva (1985), la monumental norteamericana logró hacerse muy pronto un lugar en las taquillas y nuestros corazones. Lástima que en su camino se cruzase Steven Seagal, quien en su corta etapa de estrella de cine se ocupó de anular a su pareja aunque fuera a golpes. La película que rodaron juntos, Difícil de matar (1990), fue el último éxito de taquilla de ella, y no era de risa sino de hostias.

El caso de Phoebe Cates es bien distinto. Con un rostro que parece todo un crisol de razas y culturas, la actriz neoyorquina se nos descubrió de la manera más espectacular posible, saliendo de la piscina a cámara lenta y como sólo puede ocurrir en una comedia de instituto. La película era una de indecisiones adolescentes, Aquel excitante curso (1982), a la que seguiría uno de los mayores hits de la era Spielberg, Gremlins (1984), y su suicida secuela. Material de culto, oigan.

Cuento de hadas. Si te van los cuentos, sin duda recuerdas dos viajes hacia la vida adulta -uno físico y otro simbólico- como fueron los de El lago azul (1980) y Dentro del laberinto (1986). En la primera, gracias a la carnal virginidad de Brooke Shields, todos pensamos en perdernos en una isla desierta con su única compañía como iniciación al sexo. Y qué decir del trayecto imaginario de la candorosa pero decidida Jennifer Connelly, que más bella que nunca, en Dentro del laberinto recorría todo un mundo de fantasía hasta verse capaz de asumir su responsabilidad. 

Si eres friqui, fijo que te has obsesionado con Carrie Fisher y la lagartona de Diana. De la primera ya sabemos que no se quita la ropa hasta la tercera cita: tuvimos que esperar al principio de El retorno del Jedi (1983) para que la princesa Leia se despojase de su túnica, mostrando todo aquello que hasta ese momento imaginábamos.

Y qué decir de la líder de los invasores de la célebre serie de televisión V. Olvídense de las villanías de Cersei Lannister: Jane Badler ha sido y será la villana más sexy del ámbito catódico... y sin duda la compañía ideal para salir a cenar cualquier noche. ¿El plato? A ella le vale cualquier alimaña.


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