Cultura

Cuanto más insomnes, ¿son mejores los escritores?

Balzac no podía dormir. Hemingway, en cambio, ansiaba el sueño como nadie... ¿Hay relación entre el sueño y la escritura?

Hemingway añoraba el sueño como una cura; Susan Sontag se despertaba, todos los días, a las ocho, como Stephen King. Plath apenas y conseguía pegar ojo.
Hemingway añoraba el sueño como una cura; Susan Sontag se despertaba, todos los días, a las ocho, como Stephen King. Plath apenas y conseguía pegar ojo.

Hemingway adoraba dormir; su mundo –decía él –, tendía a derrumbarse, así que con los ojos cerrados al menos conseguía no darse cuenta de cómo se acumulaban los escombros. Murakami apenas y cierra las pestañas: se levanta todos los días, a las cuatro de la mañana, para salir a correr… (¿detrás del Nobel?). A la misma hora, Sylvia Plath abría los ojos, presa de aquella angustia que sólo consiguió apaciguar con el olor dulzón del gas del horno. Balzac, también, era un insomne impenitente… En el epígrafe del sueño de los escritores, hay de dónde escoger.

Obsesionada por la relación entre sueño y creatividad, Maria Popova, editora del blog Brain pickings, se dedicó a rastrear, uno por uno, las costumbres de sueño de los escritores de los últimos dos siglos. Consiguió verdaderas y curiosas costumbres. Acaso porque el alcohol es mejor que la leche caliente –mucho, pero mucho más-, habría que decir que Scott Fiztgerald se levantaba a las once de la mañana, mientras que Joyce se levantaba una hora antes: a las diez.

En su obsesión por hallar una relación causa efecto entre productividad literaria y sueño, Popova desvela detalles que, de no se ser porque parecen ciertos -ella se basa en los diarios y memorias de cada uno-, serían graciosos. Entre insomnes y osos invernales se alza un amplio y largo barranco literario que nos lleva a preguntarnos, por ejemplo: ¿madrugan los suicidas? Pues no del todo; la pena puede, también, dormir su siesta venenosa y cocerse en el suave vapor de sábanas. Virginia Woolf solía despertarse a las nueve de la mañana, una hora apacible.

Entre las seis y las ocho se concentra, según el género literario, la franja horaria de los maestros: Charles Dickens o Goethe acostumbraban a ponerse en pie a las nueve; un poco antes, a las seis, Nabokov ya estaba fuera de la cama. Las ocho tampoco tienen nada que envidiar: Susan Sontag, Charles Darwin y Gay Talese comenzaban a escribir a esa hora; también Kafka, aunque media hora más tarde: a las 8.30 am.

Lo dijo Juan Tallón hace unos días: el insomnio es una forma de desahucio … acaso del propio cuerpo, de la razón. Y sin embargo, parece que hubo algunos a quienes les compensó dejar de dormir en vida para volcar, en ese tiempo, sus mejores páginas.


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