Cultura

Las mejores novelas sobre hoteles

Entre sus paredes han ocurrido acaso los romances más tórridos, las componendas más atroces, las conspiraciones e intentos de asesinato más sonados, pero también las mejores páginas y frases han nacido entre ellas...

Hotel Chelsea, en el  222 West 23rd Street New York.
Hotel Chelsea, en el 222 West 23rd Street New York.

Las frases más hermosas que sobre un hotel se han escrito no pertenecen siquiera a una novela. "I don't mean to suggest/ That I loved you the best", escribe Leonard Cohen a una Janis Joplin a la que han encontrado hace poco muerta de una sobredosis. Recuerda Cohen, acaso, sus escarceos con la cantante en el número el 222 Oeste de la calle 23, en el Chelsea Hotel Nº2, ese lugar por el que pasaron desde Mark Twain hasta Sid Vicious. Lo dicho, no hay ficción en estas frases, pero hay belleza. Con eso nos basta para comenzar.

En las habitaciones y lobbys de los hoteles todo el mundo está de paso. La música parece inofensiva. Se gasta anónima sobre paredes con serigrafías que a nadie hablan y pasillos por los que brotan bandejas abandonadas, llenas de restos de pan mordisqueado y noches que acabaron demasiado pronto –o tarde en la mañana-. Pero no hay en ellos solo amor estropeado o casual, en los hoteles también ocurre la muerte y la soledad, la locura y la vejez, la mierda y la vida. Son, sin duda, los mejores escenarios literarios y de ellos han echado mano los buenos y los malos escritores, aunque a efectos de esta no-lista, trataremos de elegir los mejores.

Sus editores han dicho de ella que es la mejor  novela de iniciación escrita por un anciano; y curiosamente fue la última que hizo. Se trata de Confesiones del estafador Félix Krull, en cuyas páginas Thomas Mann regala a los lectores a uno de los cretinos más entrañables que la literatura haya visto junto con el Julián Sorel  de Sthendal –los afectos literarios son arbitrarios: el joven y pícaro Félix Krull, quien, loco por escalar en Paris, consigue trabajo en el hotel Saint-James and Albany como ascensorista.

Volviendo sobre el apartado bribones –por esto de Krull- y hoteles, hay que citar Pequeño teatro.

Recreándose en el fino arte de operar las palancas y los botones que regulan el ir y venir de los huéspedes, y del movimiento social, Mann pinta un retrato en cuyas páginas Krull se vuelve una fuerza vital que arranca carcajadas. Vale destacar, acaso como rasgo, que Mann escenifica sus mejores libros en hoteles y balnearios, por ejemplo: el Grand dHôtel des Bains del Lido donde transcurre Muerte en Venecia o el Sanatorio Wald de Davos –es un hospital, sí, pero parece en las descripciones de Man un magnífico hotel- de la Montaña mágica.

Volviendo sobre el apartado bribones –por esto de Krull- y hoteles, hay que citar Pequeño teatro, novela con la que Ana María Matute ganó el premio Planeta en 1954.Por las habitaciones y salones del Gran Hotel Devar se pasean su próspero dueño Kepa Devar, su hosca y árida hija Zazú; el pequeño y torpe Ilé Eroriak y, por supuesto, el acicalado y apuesto Marco, un forastero impostor que se convertirá en  intrigante y curioso personaje para los habitantes de Oiquixia.

En las habitaciones de hotel sobreviven -embutidas en su tapizado, apolilladas en sus edrenos- verdaderas sagas familiares como ésta.  Escrita por John Irving  en 1981, Hotel New Hampshire narra la historia de una familia a través de tres hoteles. El libro comienza cuando los hermanos de una familia  -Frank, un adolescente homosexual; la bella y decidida Franny ; John; la reservada  Lilly y Egg, un cadete- recuerdan  cómo sus padres, Winslow Berry y Mary Bates, se conocieron, durante  la Segunda Guerra Mundial en el célebre Hotel New Hampshire. De aquí en adelante se pone en marcha una estructura de memoria y pérdida, un ejercicio de tránsito –no son acaso los hoteles eso: lugares de paso- donde la vida termina  por hacerse definitiva.

En las habitaciones de hotel sobreviven  verdaderas sagas familiares como Hotel New Hammpshire.

La literatura de suspense ha encontrado también en los hoteles –y los barcos y trenes, claro- su escenario ideal. ¿Ejemplos? Muchísimos, y en el caso de este reportaje insuficientes… Todo el mundo conoce la versión cinematográfica que hizo el hiperbólico Hitchcock, quien rubricó para siempre como suya la fobia a las cortinillas que generaciones de espectadores atesoraron tras verla. Escrita por Robert Bloch y publicada por primera vez en 1959, Psicosis cuenta la historia de Norman Bates, un hombre de mediana edad dominado por una madre posesiva y puritana. Regentan juntos un  pequeño motel  -casi quebrado-  en la ciudad de Fairvale; allí llegará una noche, por equivocación, María Crane, una chica que acaba de robar 40.000 dólares y que intentará salir viva del hotel de los Bates…

Muchos autores se revelaron como verdaderos maestros en el uso del hotel como escenario para la maldad, el enloquecimiento y el crimen. Agatha Christie fue una.  Un buen número de se inspiraron y fueron escritas en los muchísimos hoteles que visitó: Cita con la muerte, Asesinato en el Orient Express o Muerte en el Nilo son algunas de ellas. Stephen King no se queda atrás, uno de sus libros más conocidos –el tercero que publicó-, El resplandor, se desarrolla por completo en un hotel. 

En sus páginas, King cuenta la historia del escritor Jack Torrance –imposible no pensar en Jack Nicholson en la adaptación que hizo Kubrick para el cine, quien  acepta un empleo en el hotel Overlook. Es la oportunidad perfecta para demostrar que está curado de su alcoholismo. Sin embargo, y acaso poseído por una extraña fuerza que mana del hotel,  se vuelve inestable y peligroso.

Magníficos pasajes de adulterio han ocurrido hoteles: desde Dmitri Gúrov y Anna Serguéyevna hasta Emma Bovary.

Magníficos pasajes de adulterio han ocurrido en habitaciones de hotel:  la que sostienen Dmitri Gúrov y Anna Serguéyevna en un habitación con vistas al paseo marítimo de Yalta en La dama del perrito de Chejov o los devaneos de Emma Bovary en la posada de Rouen, en cuya cursi habitación –entre tapetes y zapatillas- Emma consume las tardes en compañía del joven pasante León en lugar de acudir a las lecciones de piano con las que ha despistado a su buen y tonto Charles.  Y qué decir de la Valerie y el Michel de Plataforma de Houellebecq, quienes diseñan su imperio de turismo sexual en aparentemente inofensivos resorts.

Los mejores personajes de John Fante coinciden, por cierto, en un hotel. Ocurre en Pregúntale al polvo , la segunda novela de la saga Bandini, y por donde se dejan ver la puritana Señora Hargraves, viuda propietaria de esta especie de pensión  en la que Bandini busca su suerte y se topa con la demoledora Vera Rivken, con todas sus cicatrices y su olor a whisky de centeno, o con el buen Hellfrick, al que no para de pedirle dinero.


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