Cultura

Aún tenemos imperio: así son las islas españolas del Pacífico

Muchos de ustedes recordarán como, no hace tanto tiempo aún, un ministro de Defensa patrio salía por televisión diciendo “al alba, con fuerza nueve de levante…”, refiriéndose a una expedición militar española que iba a recuperar la posesión de nuestra preciada isla de Perejil, asaltada por tropas marroquíes (algunos maledicentes afirman que por una anciana y su cabra).

Pues bien. Menos mal que se trataba de Perejil y no de una de nuestras posesiones en el Pacífico, porque si no la cosa se hubiese complicado, especialmente en cuanto al coste de la operación se refiere. Porque, créanselo o no, España sigue teniendo restos de su imperio diseminados por la geografía mundial. Y así, en la Micronesia (o Melanesia), seguimos teniendo la soberanía sobre tres atolones compuestos por distintas islas paradisíacas. Pero allí. A trasmano.

Vendimos a Alemania, por veinticinco millones de pesetas de aquellos tiempos, Las Carolinas, Palaos y Las Marianas.

Resulta que Hernando de Grijalva, que navegara con Hernán Cortés por otras latitudes, decidió probar suerte por el Pacífico, y a bordo de la nao ‘Santiago’ descubrió en 1537 una serie de islas (por cierto, que fue su postrer descubrimiento, pues ese mismo año murió a manos de su amotinada tripulación). Y allí seguían hasta que los Estados Unidos nos declara la guerra por el asunto de Cuba. Y la perdemos. Y tenemos que firmar un tratado con la todopoderosa Norteamérica por la que les cedemos todo lo que nos pide, y entre ello, nuestras posesiones del Pacífico.

El Tratado se firma en París en el 10 de diciembre de 1898, y en él les cedemos Filipinas y la Isla de Guam (chinchetas rojas en el mapa inferior). Pero norteamericanos y españoles se dejaron seducir por el París de finales de siglo y se olvidaron de dos: Sibutú y Cagayan (chinchetas azules en el mapa inferior). Cuando se les pasó la resaca, los Estados Unidos, muy serios, nos obligaron a firmar, ya en 1900, un nuevo tratado por el que les cedíamos lo olvidado. En el ínterin, y como nos habíamos quedado sin barcos y seguíamos teniendo posesiones por aquellas lejanas latitudes, vendimos a Alemania, por veinticinco millones de pesetas (¡de aquellos tiempos!), Las Carolinas, Palaos y Las Marianas (chinchetas amarillas en el mapa inferior). La cosa se firmó en Madrid en 30 de junio de 1899.

El caso es que en 1949, don Emilio Santos y Pastor, abogado del Estado e investigador del CSIC, buceando en los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores, descubre que a pesar de todos los tratados firmados a todas las partes firmantes se les habían olvidado unas islas (o atolones compuestos de diversas islas). En concreto se refería a Kapingaramangi, Nukuoro y Mapia (chinchetas en verde en el mapa inferior). ¡Ah! Y a un arrecife coralino, ya hundido, que recibía el pomposo nombre de Matador. Como buen funcionario, don Emilio lo trasladó a la superioridad y así llegó a la mesa del Consejo de Ministros del 12 de enero de 1949 presidido por Franco. La declaración posterior al Consejo venía a decir que el asunto se aparcaba hasta en tanto mejorase la economía española (en plena posguerra, propia y mundial) y mejorasen la relaciones con la ONU (prácticamente inexistentes) y máxime teniendo en cuenta nuestro contencioso histórico con Gibraltar.

España, soberana legal de las islas

Para más complicación, resulta que Kapingaramangi (la mayor de todas y con una población actual de unas 750 personas) y Nukuoro (con unos 400 habitantes) están cerca de Papúa Nueva GuineaMapia, prácticamente deshabitada, está a muchos kilómetros, cerca de Indonesia.

Mientras que legalmente la soberanía de estos atolones es española (teóricamente al menos, aunque sobre esta cuestión habría mucho que decir, habida cuenta de que nunca la ejercimos), en la práctica la soberanía política pertenece, en el caso de las dos primeras a la Confederación de Estados de la Micronesia y, en el caso de la tercera, a Indonesia. Las islas en sí tienen escaso valor económico e, incluso, estratégico. De hecho, ni siquiera la Segunda Gran Guerra pasó por ellas, aunque sí cerca (y España se abstuvo de presentar ninguna queja formal a los bandos contendientes, por supuesto). 

 Idílicas y de unos paisajes bellísimos, son muy aptas para el buceo en sus transparentes aguas, pero nada más.

Son, como toda isla del Pacífico, idílicas y de unos paisajes bellísimos, muy aptas para el buceo en sus aguas transparentes, pero nada más. De ahí que ni los gobiernos sucesivos franquistas ni los democráticos se hayan (afortunadamente) preocupado de reclamar nada de ellas. Bastantes conflictos tenemos casi a las puertas de casa (llevamos años peleándonos con Portugal por unos islotes llamados islas Salvajes, visitados por los marinos de la Corona de Castilla a la hora de la conquista de Canarias y de las que hoy, incluso, un avispado se ha autoproclamado Presidente de la República Insular de las Islas Salvajes, declaradas reserva natural), y como bien sabemos, incluso dentro de ella (Gibraltar), como para ocuparnos de otros tan pero tan lejanos asuntos.

Quizás algún valiente propietario de cadena hotelera quiera luchar por los derechos soberanos españoles a cambio de que se le conceda la explotación de maravillosos resorts exóticos. Si financia la reclamación a fondo perdido, sea cual sea el resultado, yo se la concedería. ¡Y al Pacífico, que todavía es nuestro!

Ver El Pacífico español en un mapa más grande


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