Cultura

¿Qué es el mito?

Siguiendo a Van der Leeuw, el mito no es otra cosa que la palabra misma. Pero es una palabra que posee un valor decisivo si se la repite. Es la Palabra con mayúscula. Y tiene la facultad de regir la vida y la conducta del pueblo creyente. Conocer los mitos es poseer la llave que revela el contenido de la habitación del mundo, el secreto original de las cosas. El mito narra un acontecimiento que tuvo lugar en el tiempo primordial, en el Tiempo con T mayús­cula.

Y cuenta cómo, «a través de los hechos de se­res sobrenaturales, una realidad ha venido a la exis­tencia, sea esta la realidad total, el universo, o sólo un fragmento —una isla, una especie de planta, un tipo particular de conducta humana, una institución» (son palabras insustituibles del rumano Mircea Eliade, el gran teórico de la cuestión). El mito, pues, relata siempre una «creación», cómo algo ha cobrado existencia, ha saltado del no-ser al ser.

Para Van Gennep el mito es una «leyenda loca­lizada en regiones y tiempos, que está fuera del al­cance humano y tiene personajes divinos». El lenguaje mítico nos traslada al Tiempo de los «comienzos», no hay otro tiempo en él. Lo que es común y acos­tumbrado en la naturaleza se atribuye en el mito a un acontecimiento que sucedió una vez y para siem­pre. Pero no basta conocer el mito: hay que recitar­lo. En el ritual de recitación es donde se recupera realmente el Tiempo mítico de los orígenes, donde se adquiere la plena contemporaneidad en relación con los acontecimientos y figuras del mito narra­do. Al no existir el tiempo que blanquea las sienes y siembra de arrugas el rostro, esas figuras míticas son eternas e inalterables. También lo son, a su manera, aquellos personajes literarios que, en vir­tud de la potencia y genio de su carácter, acceden a la categoría de mitos: Gilgamesh, Ulises, Don Quijote, Hamlet, Segismundo. Esa es otra acepción de «mito»: ejemplo a imitar, modelo, arquetipo. La que aquí no nos interesa. Como no nos interesa tampoco la acepción vulgar del término «mito» como «ficción» opuesta a «verdad», pues si existe un discurso «verdadero» ese es el del mito.

Una última advertencia: el mito no debe ser en­tendido (como ya vio Platón) como «razón irracional» con la que empiezan el pensamiento antiguo y el primitivo (es el mentís a la supuesta diacronía que conduce del mythos al logos, esto es, del mito a la razón). Porque el mito no muere. No puede morir porque «sus raíces están hundidas en la naturaleza del hombre» (en palabras de Marcelino Peñuelas), porque tiene algo de verdad última —penúltima, cuando menos—, de ultima ratio cuando la razón falla.

El mito, pues, resumiendo con Eliade:

1.º Centra su naturaleza en el relato de las hazañas de dioses y de héroes sobrenaturales.

2.º Dicho relato se considera verdadero y sagrado.

3.º Se refiere siempre a una «creación».

4.° Su conocimiento (incluyendo recitación y ri­tual) implica el conocimiento del «origen» de las cosas.

5.º De un modo u otro, es «vivido», esto es, su­pone una experiencia «religiosa» por parte de quien habla y de quien escucha, del emisor y del receptor, y de toda la comunidad en general.


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