Cultura

La importancia de llamarse Oscar Wilde

El 16 de octubre de 1854 nacía en Dublín un niño al que bautizaron con el nombre de Oscar Fingal O´Flahertie Wills Wilde. Nada menos.

Tal desaguisado de nombre se debe a un paranoico afán nacionalista de un inglés que se convirtió en irlandés por gusto y que se casó, además, con una protestante que defendió ardorosamente la independencia de la Irlanda católica. Me explicaré: Oscar es un nombre que se encuentra ya en el antiguo folklore céltico; Fingal es el padre de Ossian, rey y bardo, símbolo de la lucha contra los romanos en el siglo III; O´Flahertie es el primer historiador de Irlanda, y Wills es un antiguo nombre familiar escocés. Calculen.

Wilde murió a los 46 años y su vida y posteridad han sido sañudamente examinados a la luz de hechos acaecidos en los últimos diez.

Oscar era el segundo hijo varón del matrimonio y ese hecho le costó, probablemente, andando el tiempo, la vida. Su madre, que estaba obsesionada con tener una hija (cosa que consiguió más tarde, si bien la niña, de nombre Isola, murió a los 8 años), vistió al pobre Oscar de niña hasta aproximadamente los diez años (edad en la que ingresó en el colegio), y así se complacía en retratarlo y mostrarlo en sociedad. Este hecho, con casi toda seguridad, marcaría sus tendencias futuras de las que, a la postre, fue víctima el gran escritor.

Wilde murió a los 46 años y su vida y posteridad han sido sañudamente examinados a la luz de hechos acaecidos en los últimos diez: su relación con Lord Alfred Douglas y su enfrentamiento, letal, con el progenitor de éste, el marqués de Queensbury (el de las famosas reglas de boxeo).

Triunfo e hipocresía

Pero Wilde es mucho más. Wilde es el triunfo académico, el triunfo social y económico (con algunos altibajos que solucionó, como un personaje machadiano, casándose) y la víctima de la hipocresía social de aquella época… y de cualquiera.

De la mano de Ruskin y Walter Pater, Wilde se ‘enamoró’ del esteticismo en el Trinity College de Oxford.

No se puede entender a Wilde sin su paso por el Trinity College de Oxford. Allí, de la mano de Ruskin y, especialmente, de Walter Pater, se ‘enamora’ del esteticismo, pasión que nuca abandonaría y que presidiría su vida y su hacer. De ahí su obsesión por la forma, por la belleza. Wilde se convierte en el azote del arte oficial y académico victoriano que, en palabras de Alfonso Sastre era “un signo elocuente de mal gusto”.

La belleza sobre todas las cosas

Sus ideas estetas presiden desde su forma de vestir y de llevar el cabello, hasta sus ácidos pero clarividentes comentarios que ya realizaba desde tiempos estudiantiles. Y esta idea de la belleza sobre todas las cosas le mueve, incluso, a separarse de su mujer, que la había perdido tras sus dos embarazos y subsiguientes partos. Y preciso es señalar que se casó enamorado y que nunca, a pesar de todo, se divorciaron.

Pero Wilde también es capaz de tener pensamientos serios. Dejando a un lado sus frases célebres sobre las mujeres o el arte, Wilde era un clarividente. Fíjense si no en lo acertado de su pensamiento, de furibunda actualidad: “Aconsejar economía a los pobres es a la vez grotesco e insultante. Es como aconsejar que coma menos al que se está muriendo de hambre”. Y a mí que esto me recuerda a toda esa cantinela de la austeridad y los recortes…

“El valor de una idea no tiene nada que ver con la sinceridad del hombre que la expresa”.

Los electores de hoy, todos los mayores de edad gracias al sufragio universal que en tiempos de Wilde no existía, deberían meditar sobre el dicho wildeano: “El valor de una idea no tiene nada que ver con la sinceridad del hombre que la expresa”. Lo podríamos aplicar todos los días.

Teatro, cuentos… y una novela

Wilde periodista, conferenciante en América y en Inglaterra, crítico literario y de arte, viajero impenitente, poeta, autor de obras teatrales en la que se respira su elegancia: El abanico de Lady Windermere, La importancia de llamarse Ernesto, Un marido ideal, Una mujer sin importancia, Vera o los nihilistas, y su Salomé, censurada en su época, escrita para la gran Sara Bernhardt y que hoy podemos disfrutar musicada por el inefable Strauss.

Wilde autor de cuentos como El príncipe feliz, El joven rey, El gigante egoísta, La esfinge sin secreto, El crimen de Lord Arthur Savile, El cumpleaños de la Infanta, y el famosísimo El fantasma de Canterville,  tantas veces llevado al cine e interpretado, entre otros, por el impagable Charles Laughton.

Wilde, vencido por el sistema y por la hipocresía y miserias del alma humana, encarcelado y humillado.

Wilde autor de una única novela que se convirtió en mito: El retrato de Dorian Gray. Wilde, en suma, vencido por el sistema y por la hipocresía y miserias del alma humana, encarcelado y humillado, tras dejar lo más profundo de sus sentimientos en su De Profundis y su última obra, La Balada de la cárcel de Reading, muere en la miseria, abandonado de los Hugo, Goncourt, Bernhardt y de todos aquellos amigos, como dijo un poeta sudamericano “rojos de vino a los que destiñó el olvido cuando el vino anduvo escaso”.

Pero el público es el verdadero juez. Hoy, la tumba del genial escritor en el Père Lachaise de París ha tenido que ser protegida por mamparas de cristal para salvaguardar la piedra de los miles de besos que la gente imprimía en ella y que hoy lo hace en los dichos cristales. Al final Wilde, tenía razón: “La única obligación que tenemos para con la historia es reescribirla”. La suya lo merece. 


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