Cultura

¿Qué llevan los escritores en sus maletas?

Haruki Murakami no puede viajar sin sus zapatillas: corre 10 kilómetros diarios. Bruce Chatwin, en cambio, llevaba consigo sus libretas a todas partes. Wolfe empaca siempre sus trajes blancos y Don De Lillo no viaja sin su máquina de escribir.

“En la maleta de un escritor hay muchos escritores”, confesó una vez el novelista Antonio  Tabucchi. No le faltaba razón al italiano, quien decía que para viajar llevaba consigo, siempre, algún libro de Henry James. Otros, en cambio, necesitan mucho más, pero qué exactamente... ¿qué guardan los escritores  en sus maletas cuando viajan?

Las referencias son muchas, aunque mayoritariamente apócrifas. Sin embargo, vale la pena hacer un repaso. Por ejemplo, en 1972, cuando recibió las galeradas de Libro de Manuel, Julio Cortázar decidió buscar paz y sosiego en la Provenza italiana. Tal y como cuenta en su cuaderno de viajes, armado con latas de conserva, cigarrillos y vino tinto, se refugió en una camioneta Volkswagen –a la que llamó Fafner, como el dragón de Wagner-.

En su libro El tao del viajero, Theroux  enumera lo que no debe faltar en el equipaje: un mapa, un cuaderno para llevar un diario de la travesía y una novela sin relación con el lugar elegido.

Escritores viajeros como Paul Theroux o Bruce Chatwin tenían en cambio otros métodos. En su libro El tao del viajero, Theroux  reconoce algunas cosas importantes que no deben faltar en el equipaje: un mapa, un cuaderno para llevar un diario de la travesía y una novela sin relación con el lugar elegido. Chatwin en cambio era algo más neurótico. Tenía fijación con los cuadernos donde anotaba sus impresiones durante sus viajes y debía llevar consigo una buena provisión, adonde quiera que fuese. El detalle es que no le valía cualquiera, sólo podía usar unos modelos  fabricados por una pequeña empresa familiar de Tours. Las compraba de a decenas y en ellas apuntaba su nombre y dirección.

En el equipaje de Ernest Hemingway no podía faltar –dicen- una castaña de Indias , especie de amuleto que utilizaba para escribir y Carmen Martín Gaite, que escribía a mano, no dejaba nunca la pluma estilográfica que heredó de su padre, así lo aseguró en el discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 1988. Los hay menos sedentarios, como Haruki Murakami, que nunca deja sus zapatillas para trotar ya que suele correr 10 kilómetros diarios.

El Premio Nobel Mario Vargas Llosa, a quien muchos describen como un portento del orden, la disciplina y el método, confesó en una conversación que cuando toma sus notas, necesita hacerlo sobre unos cuadernos de pastas de cartón rojo y hojas rayadas con una línea horizontal a los que se acostumbró durante su estancia en Londres. No faltan en su equipaje, que debe de ser abundante, ya que el peruano pasa buena parte de su tiempo entre Nueva York, Madrid y Londres.

Tom Wolfe no viaja sin sus trajes claros, a los que una vez llamó "esa forma maravillosa e inofensiva de agresión"

Tom Wolfe no viaja sin sus trajes claros, a los que una vez llamó "esa forma maravillosa e inofensiva de agresión". Comenzó a usarlos en la década de los sesenta, dic él, para poner nerviosos a los demás y desde entonces no renuncia jamás a llevar uno en su guardarropa. Y si de costumbres se trata, bien vale la pena citar la de Gabriel García Márquez, aunque no tenga que ver directamente con su equipaje. Siempre que puede –o podía, porque su edad y su estado de salud no se lo permiten-  el autor de Cien años de soledad evitaba, a cualquier precio, viajar en avión. Los detesta. En ellos el alma llega después que el cuerpo, dice.

Una maleta que debe pesar, sin duda es la de Don DeLillo. Cuando está lejos de su casa, el escritor se lleva su máquina de escribir, pero admite que necesita varios días para acostumbrarse al nuevo ambiente. “Es un trastorno muy grande no tener tu propia mesa, tus propias paredes, ciertas imágenes, las fotografías, los objetos, los libros. Es como estar perdido en el espacio, y necesitas una eternidad para acomodarte.”, ha dicho el autor de Cosmópolis, quien nunca pudo familiarizarse con los ordenadores.


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