Cultura

Chesterton, el príncipe de las paradojas

Siempre que llega el verano tengo la inveterada costumbre de revisar la biblioteca para volver a encontrarme con viejos amigos con los que poder pasar los días de estío más agradablemente.

Chesterton, el príncipe de las paradojas
Chesterton, el príncipe de las paradojas

Y en éstas estaba cuando me topé con los libros de un autor que, me atrevería a decir, es inconmensurable. No tanto por su corpulencia, casi abrumadora, ni por la prolijidad de su obra (para eso está Balzac), como por la profundidad de los pensamientos en ellas expresados. No teman; no se trata de un plúmbeo filósofo (si recuerdan, se trata de pasar agradablemente los calurosos días de verano), sino de un hombre que en casi toda su obra destila un fino sentido del humor, aunque trate de temas muy serios. He ahí la primera de sus paradojas que subyace en toda su obra.

Me estoy refiriendo a Gilbert Keith Chesterton. Universitario inconcluso, comenzó sus andanzas literarias por los caminos del periodismo publicando un sinfín de artículos, algunos recogidos en una antología bajo el risueño título de Correr tras el propio sombrero (Editorial Acantilado), para terminar siendo el autor de 80 libros, varios cientos de poemas y alrededor de 200 cuentos.

En su aguda inteligencia, Chesterton adelantó a Aldous Huxley y George Orwell.

Su obra es una clara exposición de su evolución espiritual, que le llevaría a recorrer el largo camino que va, desde el agnosticismo hasta el catolicismo, pasando por la estación anglicana (llegando al punto de que el Papa Pío XI le llamó “defensor de la fe”, título que ningún inglés ha conseguido desde los tiempos lejanos del Cisma), como podemos ver en sus Herejes; Ortodoxia, y; La Esfera y la Cruz (mi edición es de la Colección Austral de Espasa Calpe), y en hasta los simpáticos relatos del detective sacerdote Padre Brown, pasando por una regocijante Breve Historia de Inglaterra (Editorial Acantilado), y una divertidísima Autobiografía que vio la luz con posterioridad a su muerte.

Chesterton, en su aguda inteligencia, fue incluso un auténtico visionario, pues en su Napoleón de Nothing-Hill (Ed. Pre-Textos) se adelanta a Aldous Huxley y George Orwell con su relato de una sociedad dominada por un súper estado, siendo incluso uno de los libros inspiradores de Michael Collins (fundador del IRA). G.K.C. siguió siendo profético con su parábola El Regreso de Don Quijote, escrita contra o para los reformadores sociales de principios del pasado siglo, antes de comenzar la Gran Guerra, describiendo ya movimientos como los fascismos.

Los relatos del padre Brown

Pero permítanme centrarme en los relatos del detective sacerdote. Del impagable padre Brown. De su hijo literario Chesterton escribió: “Un hombre inteligentísimo y humilde. Tan sencillo que un tonto lo puede tomar por tonto”. La colección de relatos cortos del Padre Brown, de amenísima lectura, y agrupados en los títulos El Candor del Padre Brown, La Sabiduría del Padre Brown, El Secreto del Padre Brown, La incredulidad del Padre Brown y, El Escándalo del Padre Brown (mis ejemplares son de Editorial G.P., muy viejos los pobres, pero creo que se pueden encontrar en Plaza & Janés), no son relatos policiales al uso precisamente por la condición sacerdotal de su protagonista.

Todos ellos rezuman misterio e intriga y un ingenio desbordante que tiende a mostrar que los sucesos extraordinarios no lo son por sí mismos, sino por la mirada que tienen los humanos sobre su apariencia. El Padre Brown es el heredero del mítico Sherlock Holmes, si bien la lógica aplastante del detective de la pipa curva de espuma de mar es, siquiera levemente, escarnecida por la paradoja, el humor y la cordialidad del sacerdote chestertoniano. Porque a su través, Chesterton, maestro de la paradoja, no busca engañar sino revelar; nos hace ver lo que no vemos; construye la apariencia para revelarnos la verdad.

El padre Brown es un gran compañero de viaje en este caluroso verano.

Tengo para mí que otro escritor de culto en estas lides detectivescas pero muy posterior en el tiempo, mi admirado Simenon, leyó los relatos del padre Brown. Su descripción del Comisario Xavier Guichard, primer jefe de un Maigret aún joven y advenedizo a París (y que realmente existió y ocupó el cargo de Jefe de la Policía) se parece mucho a la del gran Aristide Valentin, personaje policial de los relatos del Padre Brown. Incluso la técnica de Maigret es la de la observación de su oponente, de su entorno, de sus circunstancias, se convierte en una especie de “esponja” tal y como él mismo confiesa. Pues bien, el Padre Brown confiesa que “mi secreto consiste en que trato siempre de meterme en la personalidad del asesino, pensando como él, forcejeando con sus pasiones… hasta que me encuentro en  su misma postura de odio agazapado y dispuesto a atacar, hasta que veo el mundo a través de sus ojos extraviados… En resumidas cuentas, hasta que soy un asesino”.

Créanme, el padre Brown es un gran compañero de viaje en este caluroso verano, y Chesterton de cualquier tiempo. No puedo por menos que discrepar del propio autor cuando afirmaba “nunca he tomado en serio mis libros, pero tomo muy en serio mis opiniones”. Sus libros hay que tomarlos muy en serio. No por serios, sino por ser muy profundamente amenos. 


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