Son eso, documentos. Sólo eso. Y sin embargo, incluso después de años,  estos cuadernillos de foto amarillenta y letra funcionarial despiertan el interés y la codicia de muchos: biógrafos, investigadores, coleccionistas y curiosos. Detrás de ellos, impresos en sus páginas, se esconden los episodios más amargos, los viajes fallidos, los exilios y destierros, pero también imágenes de un mundo que ya es otro; al menos en el caso de los pasaportes que hemos escogido.

James Joyce, el autor del Ulises, se aferró con fuerza al suyo. En 1930, cuando tuvo que renovar su pasaporte en París, donde vivía, acudió a la embajada británica y un funcionario le dijo que debía ir a la legación de Irlanda, entonces ya independiente de los británicos. Joyce insistió. Quería renovar el británico, y lo consiguió, tanto que lo conservó hasta sus últimos días. Se sentía “asfixiado” en Irlanda, cuenta su biógrafo Gordon Bowker,  hasta tal punto, que no quería de ella siquiera el membrete. Profusamente sellado y timbrado, el pasaporte llegó a subastarse en 73.000 euros, un precio alto pero no tanto como el de Marilyn Monroe, vendido este año por encima de los 87.000 euros. El de Albert Einstein llegó a los 68.000 euros.

En los archivos se conservan todavía pasaportes como el de John Fitzgerald Kennedy, una figura política que no pierde vigencia, más aun este 2013, cuando se cumplen 50 años de su asesinato en Dallas el 22 de noviembre de 1963, mientras realizaba una visita política por el estado de Texas. Junto al suyo se conserva el de Jacqueline Kennedy, su esposa, quien al momento de la expedición tenía 23 años.

Si por la maleta se saca al pasajero, el pasaporte retrata a su portador. Sólo basta ver el del boxeador  Muhammad Ali, retratado con gesto altivo y desafiante. La fecha de emisión es de junio de 1974, el mismo año de la que muchos llaman todavía la pelea del siglo: la que sostuvo Ali contra George Foreman, en Kinshasa, Zaire, el único sitio en el que el promotor Don King consiguió los cinco millones de dólares que se ofrecía como  premio. El dictador Mobutu Sese Seko, quien no dudó en sacar tajada política del combate, los pagó con tal de que la pelea se realizara en suelo africano.

Hay pasaportes más antiguos, como el de la dramaturga estadounidense Lillian Hellman; la tarjeta de inmigración de un joven Nabokov en sus años neoyorquinos; el de la escritora británica Virgina Woolf, cuyo rostro melancólico resalta sobre su firma; el de los escritores Norman Mailer y Truman Capote, o la cédula del departamento de estado emitida a Ernest Hemingway. La lista de los documentos que pueden conseguirse en la red es larga: Audrey Hepburn ; del autor Steve McQueen; Whitney Houston, en su primer pasaporte a los 16 años; Walt Disney, con su sonrisa ya criogénica, así como el de Alfred Hitchcock, que apunta de su puño y letra su ocupación: director de cine.


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