Cultura

Kiyoshi Yamashita: el Van Gogh japonés

La belleza en el arte es algo tan personal que da lugar a toda clase de interpresaciones. La energía de unos pinceles va más allá de las expectativas del aficionado.

Dicen los que de esto entienden que el arte primitivista en pintura y escultura es aquel cuyas obras están realizadas por artistas que no han recibido formación ni entrenamiento en esas materias. Por ello es un arte de concepción individual que empezó a ser aceptado como tal en los finales del siglo XIX en una reacción ante el refinamiento de la época. También es llamado naïf (del latín “nativus”, es decir, innato). Y los que de esto saben colocan dentro de esta categoría de artistas a Kiyoshi Yamashita.

El pasado día 10 de marzo fue el aniversario del nacimiento de Yamashita y el próximo día 12 de julio, el de su fallecimiento. Kiyoshi Yamasahita, apodado el Van Gogh japonés, fue un milagro. Tuvo una infancia desestructurada, fue abandonado en un orfanato, padeció una enfermedad degenerativa que algunos han intentado definir como autismo (le comparan con el protagonista de la película Rain Man, papel que bordó el polifacético Dustin Hoffman), su cociente intelectual llegaba tan sólo al 68. Pues a pesar de todo ello fue capaz de crear una obra pictórica excepcional y ser uno de los artistas japoneses más respetados.

Como al parecer su estado mental no era obstáculo para ser reclutado, decidió convertirse en vagabundo y así pasó años, recorriendo los campos, los valles, las ciudades de Japón. Tenía, sin embargo, una memoria prodigiosa y ello le permitió plasmar en sus cuadros lo que veía en su vagabundear incansable utilizando la técnica de chigiri-e, que se basa en el uso de pequeños trocitos de papel pintado. Aquí lo llamaríamos collage.

El 'general desnudo'

En 1954 dejó su vagabundeo y se le dio la oportunidad de dar clases de arte a personas con discapacidad mental (señores, ¡qué país!). Pues bien, Yamashita decía a sus alumnos que él nunca se sentía inferior y les exhortaba a creer en sí mismos. Si así lo hacían, decía, podían ser como un general del ejército.

Esa frase, unida al hecho de que Yamashita solía ir medio desnudo, sin camisa, le valió el apodo de “el general desnudo”. Pues bien, créanselo o no, dicho apodo ha servido a los productores de una televisión nipona para emitir una serie sobre su vida, que sigue en antena y con gran aceptación.

El Museo de Arte Matsu Zakaya organizó desde día 16 de marzo hasta el 9 de abril del pasado año una exposición en conmemoración del nonagésimo aniversario de su nacimiento (1922). Allí habrán estado expuestos unos cuadros que reflejan una sensibilidad poco común en el uso de los colores y en la forma de realizar el dibujo y que, en efecto, recuerdan al genio de Arlés. Sus colecciones de fuegos artificiales (sobre Nagaoka, en Tondabayashi), sus cuadros de flores (Caléndula,Dalia) sus volcanes, unos apagados los otros con fumarolas, rodeados de idílicos paisajes rezumando paz, etc. .

Dicen, algunos de los que de esto saben, que naïf significa también inocente. Me fío de ellos, porque para mí, la obra de Kiyoshi Yamashita, el Van Gogh japonés rezuma inocencia. Y en el mundo en que vivimos, eso es un lujo.


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