Cultura

Cortesanas: las ‘otras reinas’ de España (II)

Mucho se ha escrito sobre los ardorosos impulsos priápicos de nuestros Borbones. Mucho, y en las más de las ocasiones, exagerando el tema y haciendo pagar a justos por pecadores. La generalización siempre es mala.

El reinado de los Borbones en España comienza, como todos saben, con el de Felipe de Borbón, Duque de Anjou. Su temperamento ardiente se manifestó desde que la pubertad llamó a su puerta. Antes de su matrimonio los calmó con nobles y plebeyas pero tras su matrimonio hizo buena la frase de san Pablo: “El matrimonio es el lenitivo de las pasiones”. Y a sus dos esposas las dio mucho trabajo en este campo. Incluso, la de Farnesio, que vio el percal, lo conservó a su lado por medio del recurso al frecuente débito conyugal.

Sin embargo, durante su reinado brilló con luz propia una cortesana de armas tomar… en la política. Ninguna anécdota picante se puede contar de la relación del monarca Borbón con doña Marie Anne de la Trémouille, noble francesa que en España se llamó princesa de los Ursinos al castellanizar el apellido de su segundo marido, el príncipe italiano Flavio degli Orsini.

Confidente y espía del todopoderoso Luis XIV, Rey Sol, la envía a España acompañando al joven Felipe cuando asumió su corona, siendo nombrada camarera mayor de la reina María Luisa Gabriela de Saboya, primera esposa real.

La princesa de los Ursinos se convirtió en una auténtica reina en la sombra en tiempos de Felipe V.

Junto con las camarillas francesas que pululaban por la corte y el ministro Orry, se convirtió en una auténtica reina en la sombra, aconsejando a Felipe en la Guerra de Sucesión, e interviniendo en la organización de las ayudas militares francesas en la misma; intervino en las negociaciones del Tratado de Utrecht y en cuantas insidias y conspiraciones de corte que se le pusieran a tiro. Hasta que se equivocó. Y de lleno, pues negoció, por su cuenta, el segundo matrimonio del rey con la, en apariencia, insignificante italiana Isabel de Farnesio. Se equivocó en todo: en no consultar a su factótum, Luis XIV de Francia (y su amante-favorita-esposa, Madame de Maintenon, que otrora fuera su gran amiga y valedora), y en considerar insignificante a la italiana.

El 23 de diciembre de 1714 fue a recibir a la nueva reina a Jadraque (Guadalajara) y allí mismo recibió la orden de expulsión de España siendo escoltada hasta la frontera por un aguerrido grupo de guardias de corps. ¡Menuda Navidad!

La pasión de Luis I

Luis I, hijo del anterior, tiene el dudoso honor de haber sido el rey más efímero de nuestra historia moderna (con excepción, quizás, de Felipe El Hermoso, al que no sé por qué siempre me he resistido a considerarle rey, no ya de España, concepto que aún no existía como tal, sino tan siquiera de Castilla). Casado desde que tenía 15 años con una esposa de 12, se vio obligado a esperar para la consumación matrimonial, entreteniendo la espera, ora haciendo gamberradas con amigos de su edad (dicen que destrozaban melonares enteros haciendo catas de tan refrescantes frutos), ora yéndose a visitar burdeles. Lo cierto es que una vez autorizado a culminar sus derechos y deberes conyugales, lo hizo con denodada pasión. Que no fue mucha en tiempo, pues su matrimonio duró tan solo dos años. Todo en él fue breve: su matrimonio, su reinado, su vida en fin, que la viruela o la tuberculosis (que ambas causas he leído), púsole fin a la edad de 17 años. No hubo tiempo para más, tampoco para cortesanas.

Fernando VI y Bárbara de Braganza vivieron un matrimonio modélico, casi burgués.

Tras su muerte y la de su padre, sube al trono el hermano de Luis, Fernando, Sexto de tal nombre quien, siendo aún príncipe de Asturias, casa en 1729 con Bárbara de Braganza, infanta portuguesa, de la que nunca se separó, viviendo un matrimonio modélico, casi burgués (con todo respeto y en el mejor de los sentidos), y ejemplarizante. La muerte de su esposa reavivó genes dormidos y Fernando se sumió en la melancolía, de la que nunca salió hasta su muerte poco tiempo después que la de su esposa.

A pesar de tan tierno matrimonio no hubo descendencia (ni cortesanas de las que viborear), por lo que por los juegos sucesorios llega al trono Carlos, hermanastro de Luis y Fernando y primer hijo de Felipe V con Isabel de Farnesio. De naturaleza serena, casó con María Amalia de Sajonia, con la que tuvo nada menos que trece hijos, todos nacidos fuera de España y de los que solo siete llegaron a la edad adulta. El segundo varón de entre ellos, Carlos, le sucedería en el trono como cuarto de tal nombre. Otro sin cortesanas (¡que buenos chicos le salieron al Felipe!)

María Luisa de Parma, reina cortesana

Y es en este reinado, el de Carlos IV, en el que nos encontramos a la cortesana por excelencia, que no es otra que… ¡la reina! Y con ella, posiblemente, la leyenda ardiente de los Borbones (sin que ella lo fuera). Pues hablamos de María Luisa de Parma.

Se dice que un día, en una reunión familiar en la que se comentaba el adulterio de una dama conocida, el futuro Carlos IV se dirigió a su padre diciendo: “Señor, en este aspecto nosotros, los de sangre real, tenemos una gran ventaja y estamos a salvo de que nos engañen nuestras mujeres”. El rey, asombrado, solo pudo preguntar: “¿Pues?” La respuesta no tiene desperdicio: “Señor, porque es realmente difícil, por no decir imposible, que encuentren a alguien por encima de nosotros con quien traicionarnos”. El rey, mirando larga y apesadumbradamente a su vástago musitó “Qué tonto eres, hijo mío”.

Carlos IV pudo presumir de ‘adornos frontales no producidos por la corona’.

Razón tenía el rey ilustrado sobre la consideración, benévola por otra parte, del que fuera luego rey Carlos IV, que pudo presumir de adornos frontales, y no producidos por la corona a la que, como es sabido, tuvo poco apego. Pero eso lo veremos en otro momento.


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