Y la primera de ellas destacable, por riguroso orden cronológico, es sor María Jesús de Agreda, conocida en el mundo como María Coronel y Arana, abadesa del convento de Concepcionistas de su ciudad natal soriana, Ágreda. Y dos son los elementos de su fama: su poder de bilocación y el haber sido asesora del rey Felipe IV llegando, incluso, a tenerla por algunos como valido del rey.

La bilocación, como saben, es el poder de estar en dos sitios al mismo tiempo. Y en el caso de nuestra monja eran, de un lado su convento castellano y, de otro, evangelizando indios en el inexplorado territorio de Nuevo México. La leyenda de este “milagro” ha sido novelada por Javier Sierra en su La dama de azul. Lo cierto es que el Tribunal de la Inquisición lo investigó y sus conclusiones fueron favorables a la religiosa. Lo que ya es decir.

En cuanto a su “valimiento” cerca del Cuarto Filipo, es rigurosamente cierto. Nuestro rijoso monarca era, como casi todos en aquella época, plebeyos y reyes, de una religiosidad cuasisupersticiosa, y así consultaba a la abadesa pues consideraba que sus consejos venían directamente de Dios. Mantuvieron una copiosa correspondencia ininterrumpida hasta su muerte, que les llegó a ambos en el mismo año. Lo malo es que los consejos de la monja o llegaban tarde, porque el rey ya había dado el paso antes de que le llegase la respuesta sobre lo acertado del mismo, o se estrellaban ante la indolencia real. Y así, carta tras carta, de confesiones y absoluciones, de consultas y consejos que, a pesar de su origen divino, de bien poco valieron.

Lo que también perduró de la religiosa fue su arrebatada obra intitulada Mística Ciudad de Dios, por ella escrita pero, al parecer y según dicen los creyentes, al dictado de alguien que de estos temas sabe mucho: la virgen.

Sor Juana Inés de la Cruz

Solapada en el tiempo con la anterior aparece sor Juana Inés de la Cruz, nacida y fallecida en México, que también era España en aquel siglo XVII. Su nombre mundano era el resonante Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana y con él se la conoció en la corte del virrey de España. Su ansia de conocimiento y su vocación la decidieron, no obstante, a abrazar la vida monástica. Aunque opiniones hay que afirman que más que vocación –que aparecería tiempo después–, lo que realmente movió al convento a Juana Inés fue su ansia de saber. Incluso tal afirmación parece respaldada por sus propias palabras: “Vivir sola… no tener ocupación alguna obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros”.

Ese afán de estudio la llevó a convertirse  en una de las figuras de la literatura hispana (o novohispana, por aquello de ser del Nuevo Mundo), dentro del barroco y cercana al culteranismo de Góngora (de hecho en su celda, que se convirtió en una especie de salón literario, Carlos de Sigüenza y Góngora, pariente del clérigo cordobés, fue uno de los asiduos); y aunque escribiera tres autos sacramentales por encargo de la Corona, su obra, tanto en prosa como en verso, tiene un carácter más mundano que religioso, lo que le valió la admonición de su confesor, el jesuita Núñez de Miranda. Su comedia más célebre fue Los empeños de una casa, cuyo estilo recuerda al fénix de los ingenios, Lope de Vega.

Fue también una adelantada a su tiempo en lo tocante a la defensa de lo femenino. Su poema Hombres necios es una defensa encendida a la mujer en contra de los requerimientos y contradicciones masculinas. Lo que sorprende es cómo una monja parece saber tanto de amores mundanos.

Tras una contienda teológica con el obispo de Puebla, contenida en la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (seudónimo del prelado), en la que se defendía de la exhortación que aquél le hacía para que frenara su desarrollo intelectual dejando las cuestiones teológicas para los hombres, vendió sus libros y muebles y –ahora sí– se dedicó a la vida religiosa, hasta que en 1695, contando 43 años y habiendo surgido una epidemia que diezmó las filas de su convento, falleció atendiendo y cuidando a sus monjas enfermas.

Sor Patrocinio de las Llagas

Para terminar este periplo monjil, resaltemos la figura de sor Patrocinio de las Llagas, o para el mundo, Lolita Quiroga, nombre con el que fue presentada en sociedad y con el que la conoció un, por entonces, joven abogado que llegaría a los más altos designios patrios: Salustiano Olózaga, que quedó perdidamente enamorado de la jovencita. Pero ésta eligió un marido con el que no se puede competir, y a los quince años entra como novicia en el convento de las Comendadoras de Santiago para, tres años después, profesar como monja en el convento de la Orden Concepcionista de la castiza calle de Caballero de Gracia bajo el nombre de sor María Rafaela de los Dolores y Patrocinio, aunque su nombre se fue acortando hasta llegar al que ha pasado la historia: Sor Patrocinio.

Comienza aquí una vida novelesca, plagada de juicios y destierros, provocados tanto por sus estigmas como por su actividad política. Aquejada de llagas que, pretendidamente, eran de origen místico o sobrenatural, es sometida a juicio por la Iglesia, y se descubre el fraude del cual, quizás, y como su abogado defensor sostuvo, ella misma fue víctima a la par que protagonista activa. Condenada por impostura, a la par que acusada como proclive a las ideas carlistas, es sacada de su convento y llevada a la Casa de Arrepentidas de Santa María Magdalena, y una vez firme su sentencia, por la que se la desterraba de la Corte, llevada a un convento de Talavera, donde permaneció dos años en los que su salud se resintió por lo que fue trasladada a Torrelaguna, donde permaneció otros cinco años.

Vuelve a Madrid, y entra en el círculo de la reina Isabel II y de su esposo. Es consultada sobre asuntos clave, como el nombramiento del confesor del príncipe, si bien no fue atendido su consejo (se oponía al poderoso padre Claret). Su relación con la reina es mal vista por los distintos gobiernos y vuelve a ser desterrada, si bien es pronto perdonada. Curiosa es la petición que hace a Isabel II de que consiga del gobierno la exención del servicio militar para los novicios y seminaristas, porque al salir del convento muchos pierden la vocación y España está necesitada de sacerdotes.

Se dice también que tuvo una intervención directa en la petición que la reina hizo al Papa para la declaración del dogma de la Inmaculada. Superó dos atentados de bala, fundó conventos y escuelas de párvulos, fue desterrada a Francia, donde encontró ayuda de su antiguo enamorado, Olózaga. Con la Restauración vuelve a España, donde en 1891 muere.

Hoy, la monja de llagas fraudulentas, la monja política, la monja fundadora de conventos y de escuelas, se encuentra en proceso de beatificación.


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