Cultura

Abdicaciones: la corona no es vitalicia

Está de moda hablar de abdicaciones reales. Como si la cosa fuera algo sencillo, fácil, casi cotidiano. Y buena prueba de que no es tal, la encontramos en la regulación legal de la figura… o en su no regulación, porque el famoso artículo 57 de la Constitución es, como tantos otros, un salir del paso en el momento constituyente.

Pero la moda, como la traición, es una cuestión de fechas (que me perdone Richelieu si he banalizado su frase), y vuelve. Así, si echamos la vista atrás veremos que la corona de España no siempre ha acompañado a su ilustre portador hasta su lecho de muerte.

No nos vamos a remontar a los inefables reyes godos, suplicio de los estudiantes de aquel fenecido y nunca bien ponderado Bachillerato del latín, pues los pobres, entre osos, cortes de pelo y asesinatos regios, van bien servidos. Vamos a partir de cuando ya, según nos cuentan algunos historiadores, al menos los de mi quinta, España era ya España y además un imperio.

La primera gran abdicación nos la ofrece nuestro gran Carlos, I de España y V de Alemania, a favor de su prudentísimo hijo Felipe, segundo de tal nombre. Y fue, además, la primera abdicación consecuencia de la libre decisión del rey (sólo hubo una mas, la de Felipe V).

Si el primero de los grandes Austrias (o Austrias Mayores) abdicó, también lo hizo el primero de la dinastía borbónica.

Cuando el gran Carlos abdica, en su hermano Fernando el Sacro Imperio Romano Germánico, y en su hijo Felipe España y Las Indias, tiene entre 55 y 56 años, pero es un anciano enfermo. Sin entrar en disquisiciones sobre si reinó en vida de su madre, La Loca de Tordesillas o no, comenzó su reinado en España a los 16 años y el del Sacro Imperio a los 19. Su vida fue un continuo viaje entre España, Alemania, Países Bajos e Italia ¡con los medios de la época! Batalló contra los castellanos, los aragoneses, los navarros, los franceses de Francisco I, los turcos, los protestantes… ¡hasta contra el Papa!, al que obligó, a fuerza de cañonazos, a refugiarse en Sant’Angelo. No es pues de extrañar que fuera un anciano enfermo y agotado el que cediera, en lo que a nosotros respecta, la corona y el cetro a su hijo Felipe, encomendándose a los monjes jerónimos para que le ayudaran a bien morir.

Si el primero de los grandes Austrias (o Austrias Mayores) abdicó, también lo hizo el primero de la dinastía borbónica, el citado Felipe, abdicación que, si bien fue igualmente voluntaria (la última de tal carácter), no tuvo motivación tan clara y natural como la anterior.

El rey que lo quería ser de Francia

Es sabido que la salud mental de este monarca no fue todo lo buena que es deseable en una persona de tan altos designios. Sus accesos de melancolía, sus desvaríos, son de sobra conocidos. Pero distendiendo el tono, quién sabe si no deberíamos citar el chiste aquél que termina diciendo “loco sí, pero no tonto”. Porque la abdicación de Felipe V en su hijo Luis, primero de tal nombre, parece que tuvo, como oculta intención, el deseo de Felipe V de suceder en el trono francés a Luis XV, algo jurídicamente imposible si continuaba siendo rey de España pues el Tratado de Utrecht prohibía aunar ambas coronas en una sola testa.

Isabel de Farnesio logró que Felipe V retomase la corona aun después de haber abdicado.

Fuere por lo que fuere, el hecho es que Felipe V abdicó a favor de su hijo Luis. El problema surgió, y con no poca virulencia, cuando el rey Luis I muere a los siete meses aquejado de viruelas (algunos malpensados opinan que fue envenenado). ¿Problema por qué? Pues al parecer porque una vez hecha la abdicación no se puede volver a retomar la corona, por lo que ésta debía ser entregada a su otro hijo, Fernando, que luego fuera el rey sexto de tal nombre. La cosa llegó a junta de teólogos, pues el confesor real opinaba que el retorno a Felipe de la corona era pecado mortal. La junta de teólogos no llegó a tanto pero se opuso al retorno. Sólo la eficaz actuación de la reina, Isabel de Farnesio, señora, madre y reina de armas tomar, que obligó a intervenir al Consejo de Castilla, logró que Felipe retomase la corona, aún a regañadientes, conservándola durante ¡46 años!

Tres vergonzosas abdicaciones

Pues bien, el nieto y el bisnieto de aquel primer Borbón, protagonizaron ¡nada menos que tres vergonzosas abdicaciones! Primero Carlos IV abdica a favor de su hijo Fernando, el que será conocido como rey felón, tras la algarada del Motín de Aranjuez. Pero cuando se le quitó el miedo fue corriendo a Napoleón, que ya estaba llamando a la puerta, para que le devolviera el trono. Pero si el padre corría el hijo no se quedaba atrás y ambos coinciden en Bayona donde escribieron, al dictado del Petit Caporal una de las páginas mas vergonzosas de nuestra historia. Napoleón obliga a Fernando a abdicar y devolver la corona a su padre quien, cuatro días después, abdica entregando la corona a Napoleón quien se la da a su hermano, José I, Pepe Botella para nosotros en general, y Pepe el Plazuelas para los de la Villa y Corte (y es que los madrileños de hoy le deben mucho más de lo que imaginan a este impuesto monarca).

Cánovas del Castillo logró que Isabel II abdicara en su hijo Alfonso como única forma de restaurar la monarquía.

Sesenta años después, los generales Prim y Serrano encabezan la revolución que fue llamada “Gloriosa”, que obliga a Isabel II, de vacaciones en esos momentos, a exiliarse a París. Allí, don Antonio Cánovas del Castillo (¡qué político, señores!), logra tras mucho insistir que la reina abdique en su hijo Alfonso como única forma de restaurar la monarquía en España.

La última abdicación, ya en el exilio, la protagoniza don Alfonso XIII, un mes antes de morir, en la persona de su hijo don Juan de Borbón y Battenberg, previa renuncia del Príncipe de Asturias, Alfonso, hemofílico de nacimiento, que adoptó el título de conde de Covadonga, y de Jaime, sordo (por enfermedad que no por nacimiento), que escogió llevar el título de duque de Segovia.

Hemos dicho que ambos príncipes renunciaron a sus derechos. Y ello nos lleva, para finalizar, a un hecho que tuvo lugar antes del reinado de Alfonso XII: la renuncia para sí y para sus descendientes (tal dice literalmente el texto escrito a las Cortes por el monarca) de don Amadeo de Saboya, I de España. ¿Renuncia o abdicación? Juristas hay para discutirlo en el foro pertinente que no es, ni con mucho, el de este humilde chascarrillo histórico.


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