Cultura

Generales golpistas, tradición muy española

Andaba yo el otro día con un amigo viajero y polemista impenitente por las calles de Madrid y la conversación derivó, no me digan cómo, a la iconoclastia imperante en las castas políticas y el ejemplo (tesis de mi amigo) que nos dan los ingleses erigiendo frente al edificio de su Parlamento el monumento al regicida Oliverio Cromwell, quien se intituló dictador.

Picado en el orgullo patrio le respondí que eso no era nada en comparación con lo que tenemos por estos pagos. Ante su sorpresa le invité a dar un paseo y le empecé a contar:

“Por ejemplo”, le dije, “esta calle por la que vamos caminando lleva el nombre de un general golpista, Serrano, y en el número 14 hay una placa conmemorativa que da fe de que en esa casa vivió y murió el insigne general”. Serrano fue amante de la reina Isabel II, que le llamaba “el General Bonito” (por más que he mirado su retrato no alcanzo a ver el porqué del calificativo). Pues bien, don Francisco Serrano, gaditano, fue regente del Reino, presidente del Consejo de Ministros, y último presidente de la Primera República española, currículum que no tiene nada que envidiar al del inglés.

Espartero fue capitán general en Cuba, donde se hizo rico con el tráfico de esclavos.

Arma en ristre, colabora primero con el regente otro general: Espartero, para pasarse luego al bando de otro congénere militar, Narváez, que derroca al primero. Participa en La Vicalvarada (sublevación militar al mando de O´Donnell que pone fin a la etapa llamada Década Moderada, e inicia otra llamada Bienio Progresista), en apoyo de nuevo del general Espartero. Fue capitán general de Cuba, donde se hizo rico con el tráfico de esclavos. De vuelta a España encabezó, junto con el general Prim y el almirante Topete, la revolución llamada La Gloriosa, paso previo a la proclamación de la Primera República española. No es mala su trayectoria golpista.

“He matado a todos mis enemigos”

Ya que lo hemos mentado, vamos, subiendo por la calle de Goya, a confluir con la de Narváez que, como ya hemos visto, luchó contra el Regente del Reino (Espartero) y fue llamado el Espadón de Loja, lo que da idea de cómo se las gastaba. Cuentan que en el lecho de muerte su confesor le instó a perdonar a sus enemigos y ante la sorpresa del teatino y con un cierto gracejo andaluz, le espetó: “No puedo, los he matado a todos”. Si con esa afirmación no se hace merecedor de una calle…

O’Donnell dirigió un golpe de estado desde la embajada británica en Madrid.

Continuando por esta calle de Narváez hacia el retiro nos cruzamos con la de O´Donnell, dedicada al general y político de tal apellido, duque de Tetuán (por su victoria sobre tropas alauitas en dicha ciudad) y, en su consecuencia, grande de España. Pues con grandeza y todo dirigió, desde la embajada británica en Madrid en julio de 1856, el golpe de estado que inició, como ya hemos dicho, el Bienio Progresista, colocando a Espartero como presidente del Consejo de Ministros.

A él se debe el barrio de Tetuán de las Victorias en Madrid, pues tras la campaña de África ordenó montar un campamento provisional al norte de Madrid, a la espera de la entrada triunfal en la capital. Paseo triunfal que no llegó a producirse y lo provisional, como muchas otras cosas en este país, se convirtió en permanente y alrededor del campamento, como siempre en la historia, se fueron instalando comerciantes y abriendo negocios de todo tipo, dando origen al citado barrio madrileño.

Espartero, monárquico isabelino hasta el final

Como lo hemos nombrado tanto, justo es que, descendiendo por esta calle hacia la Castellana, observemos a un señor muy serio, vestido de uniforme de gala y a lomos de un caballo, cuyos atributos son objeto de chascarrillos del pueblo madrileño (y del de Logroño, pues allí también hay otro monumento ecuestre del mismo jaez… aunque fuera yegua lo que el riojano montara en vida). No es otro que el citadísimo general Espartero, regente del Reino, presidente del Consejo de Ministros y monárquico isabelino hasta el final que, aunque nunca fue muy explícito en dejar constancia de su ideario político (salvo su fidelidad a la monarquía), a la hora de soltar frases militarotas no se cortaba. Suya es la frase de “a Barcelona hay que bombardearla cada cincuenta años”. Hoy, algunos políticos interesados y, las más de las veces, desinformados, nos la recuerdan.

Prim se enfrentó a sus paisanos catalanes y también a los borbones.

Si seguimos nuestro paseo y bordeando la universal Puerta de Alcalá, llegamos a la madrileñísima plaza de Cibeles, donde nos dirigimos hacia el norte en agradable paseo por el de Recoletos, para llegar a la confluencia con la calle de Prim, cuyo tamaño y longitud no hacen justicia al personaje al que está dedicada: el general Prim, héroe de Castillejos, inmortalizado en las pinturas de Delacroix y Francesc Sans i Cabot. La figura de Prim no se puede resumir en la brevedad obligada de este chafardeo peripatético: comandante de La Revolución Gloriosa que derroca a Isabel II, se enfrenta primero a sus paisanos que en Figueras han proclamado la República espetándoles: “Catalans, voleu córrer massa; no correu tant que podríeu ensopegar” (“Catalanes, queréis correr demasiado; no corráis tanto que podríais tropezaros”), para después, arrancarse de su gorra militar la corona y gritar “¡Abajo los borbones!” y buscar, luego, desesperadamente, un candidato a ocupar el trono de España que él mismo había contribuido a dejar vacante. Lo encontró en don Amadeo de Saboya e, ironías, del destino, el mismo día que el monarca electo desembarcaba en Alicante, Prim era asesinado en la calle del Turco de Madrid.

Pavía y su deliciosa tapa

“Y aún hay más”, continué diciéndole a mi amigo. “El general Pavía, al que se recuerda a diario en las tabernas castizas con una tapa deliciosa, Martínez Campos, Espoz y Mina, Diego de León, etc. etc. Pero por hoy basta de paseo y en honor al general Prim, en cuya calle honorífica hemos terminado, vayamos a por un buen vermut de Reus y dejemos para otro día más paseos románticos por la historia golpista y su iconografía madrileña”.

Así, dándonos al de Reus y los pavías, acabé mi cuento para convencimiento de mi amigo que Londres no nos puede dar lecciones ni de generales, ni de Historia, ni de tapas.


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