Cultura

Aventureras y guerreras: las monjas en la historia de España

Sabido es que España ha sido cuna de laicos y religiosos que han pasado a la Historia. Y hoy nos toca, dentro de estos últimos, hablar, siquiera sea meramente, de algunas monjas que ocupan un lugar en ella.

En honor de la cronología, comencemos por Egeria, “la monja” viajera. Antes de que nos digan nada aclaremos desde ya que la tal Egeria no fue monja, y mucho menos como las que a todos nos vienen a la mente, recogidas, con sus tocas almidonadas y con sus manos celestiales para los dulces. Pero vayamos paso a paso. Egeria fue una matrona hispanorromana de la Gallaecia, que vivió y, presumiblemente, murió en el siglo IV dC. Hay quien dice que estaba emparentada con Teodosio IEl Grande (segoviano de Coca o sevillano de Itálica y último emperador de todo el orbe romano), lo que no está demostrado.

Lo que sí parece ser indudable es que era de alta posición social, económica y cultural. Y precisamente por su alta posición emprende el viaje que la hizo célebre. Porque en aquél entonces, viajar a los santos lugares estaba de moda entre las matronas romanas con posibles. La culpable fue Santa Helena, madre del emperador Constantino, que se hizo arqueóloga sacra y desde entonces, entre las clases acomodadas del ya cristiano -pero en descomposición- Imperio Romano, se pone de moda acudir a estos pagos. De hecho, se tiene constancia de que antes de Egeria, otra matrona romana de origen hispano, Melenia, hizo un viaje a Egipto para visitar a… ¡los anacoretas! (lo que no se tiene constancia es de los comentarios enfurruñados de éstos al verse molestados por una fémina curiosa).

Relatos de viajes

El caso es que Egeria visitó Palestina, los santos lugares (Jerusalén, Nazaret, Jericó, Cafarnaúm…), Egipto, Siria, Mesopotamia y Constantinopla, en una viaje que duró tres años (381 – 384 dC). El relato de este viaje lo consignó en un opúsculo intitulado Itinerarium ad Loca Santa, escrito en un latín coloquial y que fuera descubierto por Gian Francesco Gannurrini al intentar poner orden en la biblioteca de la Confraternidad de los Laicos de Arrezzo (lo que descubrió es una copia del mismo del Siglo XI).

Esto ocurría en 1884. Hasta entonces la única constancia escrita de Egeria se la debíamos a San Valerio en una carta al abad Donadeus de los monjes del Bierzo. Y de aquí viene lo de “monja”, pues el santo así la llama en su epístola: “Esta bienaventurada monja Egeria…”. Por fin, en 1903, el benedictino Mario Ferrotin pone fin a las controversias sobre el librito atribuyéndole su autoría, definitivamente, “a la virgen española Egeria”, sumándose a la tesis de su condición monjil. Entre clérigos anda el juego y al final Egeria, sin serlo, fue virgen y monja.

No obstante, su Itinerarium es un valioso documento de cómo se vivía en el siglo IV por aquellos andurriales y, sobre todo, cómo era la liturgia cristiana de aquellos tiempos. No fue monja pero nos dejó un gran legado.

La monja alférez

Permítasenos saltar, en el orden cronológico marcado, la monja por antonomasia en España: Teresa de Ávila, Santa Teresa de Jesús. Su figura excede del ámbito de este breve chascarrillo histórico. Así, de una viajera y pasando de puntillas por una mística doctora de la Iglesia llegamos a una guerrera que fue monja -mejor novicia- pero por poco tiempo. Nos referimos a Catalina Erauso, la donostiarra que ha pasado a la historia con el sobrenombre de La monja alférez. Lo sorprendente es que hoy en día haya alguien que diga que dicho personaje esté vigente para cuestionarnos asuntos “de género”. Vean por qué.

A los cuatro años la ingresan en el convento dominico de la ciudad, cuya priora era pariente de la niña. Con el tiempo ésta se volvió arisca y agresiva, por lo que tuvo que ser sometida a disciplina, cosa que nunca soportó, así que con 15 años se escapa vestida de hombre (su físico ayudó mucho). Y aquí empieza la película: llega a Vitoria, donde se instala en casa de un pariente político de su madre, catedrático, que le enseña algo de latín y que intenta propasarse (increíble); huye y llega a Valladolid, por aquel entonces efímera corte del Tercero de los Filipos bajo la influencia del de Lerma (ya hablamos del caso en este mismo foro) colocándose como paje y con el nombre de Francisco de Loyola al servicio de don Juan de Idiáquez, que resultó ser amigo de su padre que, de improviso, llega buscándola y aunque llega a entrevistarse con ella-él, no la reconoce. Huye de nuevo, esta vez a Bilbao, donde descalabra a un joven y es encarcelada. Cuando sale marcha a Estella (Navarra) donde se queda dos años para, motu proprio, un buen día volver a su ciudad natal donde reside como hombre. Hasta que en Pasajes conoce a un capitán marino que la lleva a Sevilla y de ahí, a América, donde sigue la película.

Catalina Erauso, la ‘monja alférez’: encarcelada varias veces por sus duelos y peleas, salvaje exterminadora de indios, asesina de su hermano.

De Venezuela hacia el Sur, pasando por Paita y Trujillo hasta llegar a Lima, donde se alista en una compañía para conquistar Chile. En la batalla de Valdivia es ascendida a alférez, y no sigue ascendiendo debido a su crueldad y ensañamiento asesinando indios. Va a Tucumán, La Plata, Potosí, Cochabamba, La Paz, Cuzco y Huamanga, donde es condenada por una reyerta. Al parecer era dada a los duelos, en los que exhibía fiereza y un singular manejo de las armas. De hecho, en uno de ellos mata a su hermano, Miguel Erauso, que muere sin reconocer a su matador. Para evitar su ajusticiamiento acude al obispo confesándole sexo y condición de monja. El obispo la manda a España donde es recibida por el Cuarto Felipe, quien la autoriza a seguir llevando ropas de hombre, le conserva la graduación militar y le llama ya “la monja alférez”. Incluso llega a Roma y se entrevista con el papa Urbano VIII, quien también le autoriza a seguir travestida. Por fin, vuelve a América, estableciéndose en la ciudad de Orizaba, Veracruz (México), donde muere y reposan sus restos.

Encarcelada varias veces por sus duelos y peleas, salvaje exterminadora de indios, asesina de su hermano. Ya me dirán cómo se puede decir que este personaje está vigente para plantearnos cuestiones de sexo. Porque la respuesta da escalofríos.

No tenemos más espacio, pero quedamos emplazados para hablar de otras monjas célebres, poetisas, místicas, políticas... Será otro día, si su paciencia y la del editor nos lo conceden.


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