Cultura

La república catalana (III)

Los segadors ya estaban en la ciudad. Generalmente los consellers no veían con muy buenos ojos a esos hombres rudos, violentos y las más de las veces fuera de la ley. Aquel día, y tal y como estaba la situación en todo el Principado, mucho menos. Por ello pidieron a Santa Coloma que fuera él el que pidiera al Consejo del Ciento que les prohibiera la entrada. Su petición fue desestimada. Grave error.

Al natural tabernario de aquellas gentes se les había unido otro aún más peligroso: el belicoso de los insurgentes, infiltrados entre ellos, y que venían de luchar contra las tropas. Un altercado en principio sin demasiada importancia, acabó con un segador muerto de arma blanca. De repente pareció que todos los que habían entrado en la ciudad acudiesen al lugar y, clamando venganza, se dirigieron hacia el palacio del virrey con la intención de incendiarlo. Hecho que estuvieron a punto de conseguir si no fuera por la intervención de los maronitas, cuyo convento se encontraba frente a palacio, que sacaron una imagen de Cristo colocándola entre la leña para el incendio, lo que dio tiempo a que acudieran los consellers, los diputats y los obispos de Barcelona, Vich y Urgel.

La oligarquía barcelonesa despertó y armó dos compañías de cien hombres cada una, consiguiendo mediante engaños que aquella turba saliera de la ciudad.

El palacio no lo quemaron, pero sí otras viviendas de jueces de la Audiencia. Comenzaban así cinco días de anarquía total en la ciudad, en los que los principales objetivos fueron los jueces y los funcionarios reales. Días en los que murieron entre 12 y 20 personas, incluido el virrey (el cual fue asesinado a puñaladas al querer escapar por los muelles hacia un barco), y en los que los rebeldes habían tenido a su merced a la ciudad, con aquiescencia de la población. Y así hasta que la oligarquía barcelonesa despertó y armó dos compañías de cien hombres cada una, consiguiendo mediante engaños que aquella turba saliera de la ciudad.

La historia de 'Els Segadors'

Como vemos, sucesos trágicos, violentos, luctuosos, pero como decíamos en la primera parte de este relato, excesivamente magnificados: la situación en toda Cataluña era de rebelión armada y este episodio no dejaría de ser uno más dentro de ella, a no ser por el asesinato del virrey, por lo que ello significaba de oposición abierta y armada a la fidelidad a la Corona. Por ello, hacer de este episodio todo un símbolo es excesivo. Hasta el himno que de él surgió, Els segadors, está falseado, pues fue en un principio una simple canción tabernaria que, andando el tiempo, el anarquista Emili Guanyabens, espiritista relacionado con la masonería, convirtió cambiando su letra en una canción de odio hacia el enemigo en abstracto, y que los catalanistas de izquierdas adoptaron como himno en contra de los catalanistas conservadores que la rechazaban por su contenido revolucionario. No deja de ser irónico ver hoy cómo a representantes de la oligarquía financiera y de la burguesía política se les llena la boca con dicho himno.

La rebelión contra las tropas se había ya convertido en una revolución contra toda autoridad.

Pero sigamos hacia la República y Francia. La Corte quedó conmocionada e impotente para dar respuesta al asesinato de Santa Coloma. Procedió a nombrar, por tercera vez, al duque de Cardona como virrey, el cual, a pesar de estar gravemente enfermo, aceptó. Pero la rebelión contra las tropas se había ya convertido en una revolución contra toda autoridad. Como ejemplo esclarecedor: una noche el Secretario del Concejo Municipal de Barcelona recibió dos cartas firmadas por el capitá general de l’exèrcit christià” en las que se contenían feroces acusaciones contra la ciudad por su “pusilanimidad” contra la injusticia, lo que había conducido a que “els rustics i el baix poble, moguts per l’Esperit Sant, han format un gran exèrcit que en dieuen L’exèrcit cristià”, cuyo lema es “Visca la Santa Fe Católica i el Rey d’Espanya y muira el mal govern”. Como suena.

Cataluña, víctima de su propia guerra

Cataluña estaba en guerra civil y ella era la víctima. Los odios ancestrales habían bullido como agua sobre lumbre. Primero en el campo, por los odios del campesinado pobre hacia los campesinos ricos y hacia los nobles; por la desesperación de los que no encontraban trabajo; y por el odio entre el campo y la ciudad. Segundo en la ciudad, por el odio entre los más pobres contra las oligarquías municipales.

Durante todo el verano y el otoño, por Cataluña se extendieron la violencia, los asesinatos y las revueltas populares. El virrey trata de contentar a los diputats encarcelando a los dos jefes militares mas odiados, encontrándose sin embargo con un muro para la restauración de la autoridad virreinal. Agravada su enfermedad, muere el 22 de julio quedando Cataluña bajo la única autoridad de los diputats con Claris y sus correligionarios a la cabeza. Y aquí comienza la que podríamos llamar segunda revolución. La primera fue la popular, la de la lucha entre ricos y pobres, contra la miseria. La segunda fue realmente, la política, en contra de la Corona.

Proclamación de la república

No se sabe a ciencia cierta cuándo habían comenzado los contactos con Francia, pero parece que Francisco Villaplana, primo de Claris, ya los había iniciado antes de la muerte del virrey. Mientras esto se producía, la Corte se veía impotente para dar respuesta al desafío catalán, máxime cuando por el oeste se le abría un nuevo frente: la rebelión de Portugal, apoyada financieramente por el cardenal Richelieu. A pesar de ello, con infinitas calamidades, consigue reunir un precario ejército al mando del cual se coloca al marqués de los Vélez. Las conversaciones con Francia suben de nivel y el 24 de septiembre se reúnen en la localidad pirenaica de Ceret, los franceses D’Epenan y, Duplessis Beçanson, y los catalanes Villaplana, y Ramón de Guimerá, presentando éste a los franceses un documento solicitando ayuda en hombres, armas y municiones para la guerra contra España. No hay marcha atrás. Todo ello a pesar de que el día 18 de septiembre Olivares había realizado una petición formal de arreglo pacífico que suponía una victoria en toda regla para los catalanes. Pero Claris la rechazó.

El 16 de enero de 1641, Pau Claris proclama la Primera República de Cataluña que nace bajo la protección del “rey cristianísimo” de Francia.

Con lo que no contaba el canónigo es con la enorme dificultad que supone reclutar un ejército catalán para hacer frente al de la Corona. Era tarea casi imposible y ello le echó, aún más, en manos francesas. Con penalidades infinitas Vélez y su ejército llegan a Tortosa el 23 de noviembre. D’Epenan, disgustado por la tibieza de los catalanes en auodefenderse, llega a un acuerdo con el marqués por el que retiraba las tropas francesas rindiendo el 24 de diciembre Tarragona. La noticia provoca en Barcelona sucesos que hacen palidecer los del Corpus. La clase dirigente catalana era más proclive a llegar a acuerdos con el Rey, pero Claris y los suyos no, los cuales piden socorro a Richelieu que, desconfiado, se niega a prestarla si no se le asegura la ruptura total de Cataluña con España. El 16 de enero de 1641, Pau Claris proclama la Primera República de Cataluña que nace bajo la protección del “rey cristianísimo” de Francia. Tan solo una semana después, ante presiones francesas que querían más y con el ejército llegando a Barcelona, Claris declara imposible el proyecto de República independiente y propone que el Principado se coloque bajo el gobierno del Rey de Francia, “como en los tiempos de Carlo Magno”. Cataluña había cambiado un señor por otro.

Y les fue peor. La Historia lo demuestra.


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