Cultura

La república catalana (II)

Terminábamos nuestro anterior artículo citando a la figura emergente y futuro gran protagonista, Pau Claris. ¿Quién era este Pau Claris, el hombre que proclamaría la primera república catalana y que, por azares del destino, estaría muy presente en el despertar de la Diputación de Barcelona, aunque ese despertar estuviera ligado a un asunto que afectaba muy directamente a sus intereses?

Mapa de Cataluña del siglo XVII (Wikimedia Commons).
Mapa de Cataluña del siglo XVII (Wikimedia Commons).

Barcelonés, hijo de un letrado con buenas relaciones, había entrado en el Cabildo de Urgel -diócesis levantisca y problemática, dominada por los canónigos y por algunos nobles fronterizos cuyos ingresos principales provenían del contrabando- llegando a actuar como Síndico de dicho Cabildo. Asimismo fue el organizador de la resistencia contra Pau Durán, obispo realista que intentaba meter en cintura a los rebeldes canónigos de la diócesis. En palabras de J.H. Elliott, Pau Claris “no sabía nada del mundo ajeno a Cataluña. Odiaba a su obispo, odiaba a los castellanos y guardaba todo el  amor y lealtad apasionados de que era capaz para su cabildo catedralicio y su provincia natal”. El choque con el virrey Santa Coloma estaba garantizado, máxime cuando ambos eran ya enemigos personales de antaño por una disputa legal.

Con esos contrincantes, representantes de sus respectivos señores y con la cuestión del contrabando en particular y la económica en general, sobre la obligación o no del Principado de subvenir a los gastos militares del Estado, ambas partes van acumulando despropósitos, perdiendo inmejorables ocasiones de acercar posiciones. Consta en los archivos históricos una rica y abundante correspondencia entre Santa Coloma (que era manso pero no tonto) con la Corte advirtiendo de estas posibilidades, máxime cuando en un principio la ciudad de Barcelona no estaba muy conforme con la actitud levantisca de los diputats con Pau Claris al frente. Inclusive, la ciudad llegó a proponer un acuerdo en el que ambas partes se retractaban de todas las acciones acometidas, acuerdo que, in extremis, fue torpedeado por un familiar del propio Claris. Por su parte, el conde duque de Olivares, sus ministros y, especialmente un funesto personaje, el protonotario del Consejo de Aragón, don Jerónimo de Villanueva, no estaban tampoco por la labor y no olvidaban la afrenta de Fuenterrabía.

Frente de guerra natural

Así las cosas, discutiendo de dinero pero envolviendo el asunto en los derechos y obligaciones que se derivaban, de un lado, de la fidelidad a la Corona y, de otro, de lo dispuesto por constituciones y usatges que se revelaban anacrónicos, el tiempo pasaba y la guerra con Francia se iba a reactivar, agravando la situación económica y bélica, pues España estaba envuelta en diversas luchas por tierras de Europa. Cataluña, frente de guerra natural, tenía ya en su territorio el ejército que la iba a defender a ella y al resto de España. Y había que alimentarlo durante el invierno de 1639-1640 hasta que en la primavera de ese mismo año se reanudasen las operaciones de guerra.

La tesis de la Corte para mantener en Cataluña un ejército cercano a los 9.000 hombres era que éste se encontraba allí para su propia defensa, por lo que no había razones para oponerse a ello sino, al contrario, darle cobijo y alimento. Tanto Santa Coloma, como el general en jefe de las tropas, Balbases, hijo del gran Spínola, estaban persuadidos de que, al menos en el Rosellón (devastado por la campaña de Salses, que fue de asedio y que trajo la fatal consecuencia de todos ellos: las enfermedades y las epidemias que habían llevado a la muerte a un buen número de civiles y a la imposibilidad de cultivar los campos), lo hacían imposible, por lo que las tropas debían moverse de allí.

Mercenarios

Para complicar más las cosas, casi la mitad de las tropas acantonadas eran mercenarios irlandeses, valones, napolitanos o de Módena, gente naturalmente indisciplinada y que consideraban el territorio catalán como otro territorio enemigo más, especialmente los napolitanos, por su antipatía hacia los catalanes. Es decir, por un lado, una población casi exhausta económicamente y que siempre había sido hostil a la presencia de las tropas; de otro, tropas mal pagadas y hambrientas. Pólvora y fuego. Y, lógicamente, la situación estalló. Desde la primavera de 1640, bandas de catalanes bajaban de las montañas al amparo de la noche y atacaban a las tropas. Las represalias eran feroces.

Mientras la situación en el Principado se acercaba peligrosamente a una lucha armada generalizada, la situación en Italia demandaba más recursos. El conde duque, en su afán de procurárselos y temeroso de la negativa catalana, opta por la mano dura y ordena a Santa Coloma que arrestase a un diputat (arrestándose en efecto a Tamarit, diputat militar), que alojase tropas también en Barcelona y que advirtiese a la Audiencia que debía fallar en contra de las pretensiones de legalidad de los diputats. Por si fuera poco se ordena, asimismo, la recluta para Italia de 6.000 catalanes.

Rebelión generalizada

Era echar leña al fuego. Y éste prendió en una pequeña ciudad con fama de estar fuera de la ley: Santa Coloma de Farners, donde fue asesinado el alguacil que entró a organizar el sustento de las tropas que esperaban fuera. Al socorro de la ciudad acudieron hasta 4.000 hombres armados que atacaron y pusieron en fuga a las tropas. La respuesta fue durísima y la ciudad fue incendiada y saqueada. Ese saco fue el toque de a rebato para la rebelión generalizada que se extendió por el Vallés, Vich, Camprodón, Gerona, Ripio, Ampurias… La anarquía era generalizada. El 22 de mayo los insurgentes estaban dentro de la ciudad de Barcelona al grito (curioso) de“Visca el Rei i muiren traïdors”. Los consellers pidieron auxilio al obispo de Barcelona, que junto con el de Vich, exhortaron a los rebeldes para que abandonasen la ciudad, a lo que accedieron lanzando gritos (también curiosos) de “Visca la Santa Mare Iglesia y lo Rei nostre Senyor”.

Pero los insurgentes habían tomado conciencia de su fuerza y los incidentes se recrudecieron. Pocos días después de aquella entrada en Barcelona, el 7 de junio, era la festividad del Corpus Christi. Los segadors entraban en Barcelona para solicitar el trabajo de la siega del cereal.  Esa fecha es la que muchos años después se llamaría el Corpus de Sangre, y fue el principio del fin de esta historia de cómo se llegó a la primera República de Cataluña, y que contaremos en la próxima y postrera entrega. 


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