Toledo tardó cuatro siglos en organizar una exposición dedicada a su obra. Pero valió la pena esperar. Tuvo que cumplirse el IV centenario de su muerte para que se hiciera una revisión completa de la obra de Doménikos Theotokópoulos ( Candía, 1541- Toledo, 1614), El Greco, el pintor que vivió y trabajó la mitad de su vida en la ciudad, al llegar, en 1577, tras su paso por Venecia y Roma. Distribuida entre el Museo de Santa Cruz y en otros seis edificios que conservan sus imágenes y retablos, la ciudad manchega se rinde, completa, con una ruta dedicada a quien puede que sea uno de sus artistas más emblemáticos, a la vez que incomprendidos.

Sí: incomprendido, porque aunque gozó de las simpatías y encargos de personajes como el deán Diego y Luis de Castilla -para él pintó La adoración de los pastores de Santo Domingo el Antiguo-, también es cierto que sus pinturas -insufladas por el mejor Tiziano, Miguel Ángel y Rafael y poseedoras de un caracter propio- no gustaron a muchos. El Greco llegó a tenerhasta nueve pleitos con la Catedral y Felipe II y su obra no fue estudiada con suficiencia y rigor hasta hace, al menos, cien años. Pero todo sea dicho: esta exposición es algo más que una celebración. Es un resarcimiento. Su discurso discurso divulgativo -a la vez que panorámico- consigue conmover a quien dedica un día completo a dar cuenta de la ruta.

A muchos no gustaron sus piezas. Tuvo 9 pleitos con la catedral y Felipe II.

El centro del recorrido,El griego de Toledo , en Santa Cruz, reúne cerca de un centenar de las casi 300 pinturas del Greco que existen en el mundo. Organizada por Fundación El Greco 2014, en sus cuatro salas se reúnen lienzos de 11 países y 29 ciudades del mundo. Han colaborado 45 coleccionistas entre instituciones, particulares y colecciones privadas. En total, 76 pinturas. El diseño de la muestra obedece a un recorrido en cruz -el edicio tiene esa estructura- y se articula en cuatro grandes secciones no necesariamentecronológicas sino temáticas que guardan una estrecha relación entre sí. La primera –que se inicia conVista y plano de Toledo y el autorretrato del Greco- incluye los años de aprendizaje del pintor en Italia, los finales en Toledo y los días en Creta, representados en la muestra por unos extraordinarios iconos juveniles y por el célebre tríptico de Módena -traído de la isla de Syrios-. Le siguen tres apartados que completan al Greco retratista, el de la pintura devocional y los retablos.

Es posible apreciar piezas excepcionales -entre ellas al menos tres de las nueve versiones que durante su vida dedicó el Greco a San Francisco-. Sin embargo, resulta indispensable mencionar algunas en concreto. Por ejemplo  La verónicacon la Santa Faz (1577-1580), una obra que refleja las investigaciones que hizo El Greco sobre la figura femenina -así llamada- que sostiene el pañuelo con el que enjuga el rostro de Jesucristo, impreso en la tela. Es lo que se conoce como una "vera imagen" y que en la muestra cobra mayor fuerza al estar acompañada de un valioso medallón de madera hecho para el Convento de Santo Domingo el Antiguo.

Cada pieza en sí misma es valiosa. Pero vistas en conjunto, generan una experiencia sobrecogedora.

Existen además obras de especial valor, por ejemplo, el préstamo que ha hecho el Metropolitan Museum de un estudio previo de La adoración de los pastores, expuesto justo al lado del cuadro funerario original creado por el cretense para la tumba de Diego y Luis de Castilla -cedido por el Museo del Prado-. Destacan además de las pinturas de la Capilla de Isabel de Ovalle -La inmaculada preside el conjunto-, piezas como La encarnación y Concierto de ángeles, ambas parte de un mismo lienzo dividido y cuya disposición en la sala hace visible no solo el corte evidente del mismo cuadro, sino la continuación que hizo el hijo del artista de una de sus partes. El diseño de la muestra consigue que cada pieza, en sí misma, se haga esencial. Pero juntas generan una experiencia todavía mayor, acaso sobrecogedora.

Los demás edificios de Toledo que muestran la obra del Greco son la sacristía de la Catedral, allí está El expoliola iglesia de Santo Tomé, donde se exhibe El entierro del conde de Orgaz; el convento de Santo Domingo el Antiguo, donde estuvo sepultado el artista cuatro años; la sacristía del hospital Tavera; el Hospital-Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, o la capilla de San José, habitualmente cerrada al público, pues es propiedad de los marqueses de Eslava, quienes han permitido las visitas en ocasión de la muestra. El Museo del Greco no forma propiamente parte del recorrido, ya que se ha querido centrar el foco en los lugares en los que el pintor dejó su huella en vida.

El Greco que se revela en esta exposición ante el espectador conmueve a la vez que desconcierta.

Además de la ya mencionada Capilla de San José -una verdadera particularidad que permanece exactamente igual a como la decoró el Greco en 1597- merece mención especial el Hospital Tavera. Construido extramuros de Toledo por orden del cardenal Tavera -enterrado allí-, conserva en su colecicón obras como laSagrada familia con Santa Ana, el Retrato del Cardenal Tavera, las Lágrimas de San Pedro además de una versión de San Francisco en oración. Como obra excepcional está el Tabernáculo que más tarde formaría parte del retablo mayor y que presidía en su interior el Cristo resucitado, única escultura del artista -mas bien una talla- que se conserva hasta la fecha y que tiene la extraña y evidente particularidad de mostrar al Cristo desnudo -algo inusual en la época-. Ambas piezas se exhiben juntas por primera vez.

Avanzar de lugar en lugar, como quien completa un via crucis, como uno más en el copioso río de espectadores/peregrinos, guarda un raro y embotador encanto. No sólo por lo que se ve, sino por las reacciones que cada una de las piezas genera. Desde el niño que insiste en tocar la mano posada en el pecho de un caballero pálido y acaso tenebroso, hasta el hombre que en medio de la capilla del hospital de Tavera dice, con cierta perplejidad a su esposa: "Eso no parece un Cristo". Ella, con algún rescato, responde: "Su pierna es demasiado larga para el resto del cuerpo". Eso hace la experiencia todavía más compleja y valiosa.

A mitad de camino entre el parque temático y el reencuentro con el maestro, es una experiencia que vale la pena.

Porque eso consigue este Greco visto en conjunto y de manera simultánea: conmover a la vez que desconcertar. Sus colores italianos; sus cielos abruptos -a veces revueltos en nubes blancas; en otras oscuros y truculentos-; la figura humana vista como una deformación que exalta lo terrenal por encima de lo divino ... La sucesión de versiones que hace el griego de la pintura, de la propia representación de la realidad y su traducción en la alteración de la iconografía al uso, tienen la propiedad de socializar lo espiritual, de traducirlo a un raro código de extrañamiento -el suyo, el nuestro- que negocia entre lo visible y lo invisible. Y es allí, en esa rara frontera, donde el espectador reacciona todavía hoy con un asombro -acaso genuino- que se mueve entre el disgusto y la atracción.

A mitad de camino entre el parque temático y el asombroso reencuentro con el maestro cretense, la ciudad replica por doquier figuras del Greco: desde las reproducciones que reciben en la estación a los espectadores que acuden en masa -recomendamos comprar las entradas por Internet, pues el aforo ya se ha agotado para algunos días y horas concretas- hasta los que se incluyen en sitios tan pintorescos como el menú de los restaurantes -sí, el Greco hasta en la sopa castellana, literalmente- a las cartelas de los bares, ya que algunos de ellos se han permitido incluso versiones de El caballero de la mano en el pecho con un botellín de cerveza. Es, sin duda, una experiencia que vale la pena: acaso por ese algo de romería que respira pero también por la magnífica selección de piezas que explican a un artista en la que fue, sin duda, su ciudad: Toledo.


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