Cultura

Cómo convertirse en Holmes cuando eres un Watson

Este es un libro de teoría del conocimiento que se aprovecha de la figura del detective Sherlock Holmes, creado por Arthur Conan Doyle en la Inglaterra del siglo XIX.

Una silueta de Sherlock Holmes en la estación de metro de Baker Street, en Londres. (Foto: Gtres)
Una silueta de Sherlock Holmes en la estación de metro de Baker Street, en Londres. (Foto: Gtres)

Es uno de los personajes fundamentales de los últimos doscientos años. Y sin embargo, no existe: es una invención que a todos fascinó y fascina todavía. Se trata de Sherlock Holmes, un personaje creado en 1887 por el escritor escocés sir Arthur Conan Doyle, un detective de finales del siglo XIX cuya influencia llega hasta hoy.

Justamente a él, a Sherlock Holmes, Daniel Tubau ha dedicado un sesudo ensayo No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel), que busca desentrañar la inteligencia, la capacidad de observación y el razonamiento deductivo que utiliza Holmes para resolver casos. En el fondo, plantea Tubau, más que para hacer justicia, Holmes se dedica a resolver casos para demostrar una teoría.

Cuatro novelas y cincuenta y seis relatos de ficción dan para mucho análisis. De ahí que el libro de Daniel Tubau sea como una especie de Elogio del conocimiento, a través de la descripción del pensamiento científico de Holmes, una mezcla que toca la semiótica, la sociología, la anatomía, la botánica...

Sherlock Holmes es considerado o está considerado entre los padres fundadores de la ciencia y uno de los padres de la semiótica, asegura Daniel Tubau: “Hay cuerpos del orden de todo el mundo en cuyo manual de la policía son los cuentos de Holmes”.

Separándolo del grupo en el que algunos podrían mezclar al Dr. Frankenstein de Mary de Shelley o el Dr. Jekyll eclipsado en Mr. Hyde de Stevenson, Daniel Tubau concibe en Sherlock Holmes casi un paradigma del empirismo. “Holmes hacía lo que el resto de la ciencia moderna: había dejado de mirar de manera indiferenciada por una apreciación del detalle”.

Leyendo el libro es posible experimentar la sensación de que no existen campos en lo que Sherlock Holmes no intervenga. Una personalidad tan compleja como lo es su inteligencia, se revela también como atributo y caracterización: “Hay momentos que dedico al humanismo de Holmes, el trato que tiene con los delincuentes, un mayor porcentaje de veces los deja en libertad, aun siendo culpables. Hay otros aspectos, uno de ellos muy melancólicos, una especie de pesimismo sobre la humanidad”.

Y aunque se trata de un hombre extravagante, no identifica Tubau aspectos estrambóticos. Más bien nihilista y pesimista, “la vida cotidiana le aburre tremendamente, por eso se inyecta o se va a fumar opio”. Incluso, él como personaje representa una cierta imagen de la Inglaterra de finales del XIX.

“Durante el siglo XIX en Gran Bretaña, el modelo fundamental era el científico. Se crea la Royal Society, una noción del imperio como foco de ciencia. Los británicos, siguiendo las indicaciones de Bacon entendieron el conocimiento como una forma de poder. De ahí que Inglaterra y Francia se dedicaron a descifrar y cartografiar el mundo. Los científicos eran los que habían creado la grandeza”.


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