Cultura

Reverte en el Titánic

Cuenta el ilustre académico, que cuando le hacen homenaje o parecido, siempre entrega como detalle a los que le homenajean, una bola de esas de agua en las que se ve al famoso crucero ya hundido, en un remedo de aquella letanía que el esclavo le soplaba al espadón romano de turno que iba en triunfo: “recuerda que sólo eres un hombre”.

Y es que, por muchas 53.000 toneladas que tengas, o más de cuatro millones de ejemplares vendidos (sólo de la saga del Alatriste), el iceberg está a la vuelta de la esquina para cualquiera. El iceberg de Arturo Pérez-Reverte se llama “El pintor de batallas” (Alfaguara 2006; Punto de lectura (bolsillo) 2007).

Dicen que es una novela, y desde luego una historia hay. Ahora bien, ¿está el lector en ella? Me temo que al antiguo corresponsal de guerra esta vez, ni ha pensado en ello, ni le importa un ardite. Estoy convencido que es un libro que ha escrito para él, y si alguien se agrega, allá con su decisión. Porque no es un libro amable. Citando a una fuente de autoridad como es Homer Simpson, don Arturo podría  exclamar igual de sarcástico que el gualdo personaje: “¡Oh! Mírame. Estoy haciendo feliz a la gente. Que bien, ¡Soy un hombre mágico! ¡Del país feliz, de la casa de gominola de la calle de la piruleta!.” Este libro no puede hacer feliz a nadie. O al menos lo que entendemos como feliz.

Y eso que el entorno es precioso: una torre en el mediterráneo, donde un antiguo fotógrafo pinta un mural de batallas, de todas las batallas (que inevitablemente me recuerda al Panorama de la Batalla de Waterloo que se encuentra en tal localidad y que tan bien conoce el autor), y en donde aparecerá un inesperado visitante, con una deuda nada grata de cobrar. Entre todo, cherchez la femme por supuesto.

No hace mucho me reconocía el celebrado autor en la imprescindible Librería Méndez de la calle Mayor madrileña, que con ser su libro preferido, era el que menos se había vendido. Normal. Para él fijo que le sentó mejor que infusión de manzanilla con anís, que un par de alka-seltzer diluidos en almax, o que una buena rakia casera (que es un aguardiente balcánico mejor que el KH-7 para limpiar el estómago), y más de algún demonio quedó seguro sepultado en sus trescientas páginas. Es un viaje en el que se entra de la mano de un Reverte trasmutado en Virgilio, y en el que nos llevará sin titubeos a pasear por los siete infiernos dantescos.

A mi me gustó. Mucho. Pero yo soy muy raro.


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