Cultura

El hombre que sirvió a Marilyn Monroe su última cena

Lo hizo y lo vio todo. Trabajó para Frank Sinatra. Montó su propio restaurante en Beverly Hills. Por las mesas de La Scala pasaron desde Truman Capote hasta Dean Martin. La noche antes de morir, Marilyn Monroe llamó a Jean León para que le llevara a casa unos fetuccini, su plato favorito. Él fue uno de los últimos en verla con vida.

Jean León abrió La Scala en la década de los 50, en Beverly Hills.
Jean León abrió La Scala en la década de los 50, en Beverly Hills.

Jean León, aunque ese no era su nombre. Era cántabro. Vivió entre 1929 y 1996. Fue taxista, barman, trabajó para Frank Sinatra en un local. Poco a poco, se fue abriendo camino hasta que montó su propio negocio en Beverly Hills, que tuvo entre sus comensales a los rostros más luminosos de Hollywood: desde Liz Taylor hasta Truman Capote. Sirvió a la rubísima Marilyn Monroe la que sería su última cena. Se trata de Ángel Ceferino Carrión Madrazo.

Un libro de Sebastián Moreno, Jean Leon. El rey de Beverly Hills (Ediciones B), editado hace ya unos años, cuenta la historia del hombre nacido en Santander y criado en Barcelona y Francia, quien se metió en la bodega de un barco que zarpaba de El Havre con rombo a Nueva York, ciudad a la que llegó sin dinero ni idea alguna de inglés. Eran los años cuarenta. La posguerra castigaba y él era un chico con agallas. 

El robo de su cartera a su llegada a la Gran Manzana fue la excusa, dicen, para cambiar su nombre por el de Justo Ramón León, que mutó en el acaso más corto y afrancesado Jean León. Trabajó de recogeplatos en el Rockefeller Center, pero huyendo de la recluta del ejército para alistarse en la guerra de Corea, se mudó a California. José Cansino, tío de Rita Hayworth, se convirtió en su padrino.

Comenzó a trabajar de camarero, oficio en el que conoció a infinidad de estrellas, desde Gary Cooper hasta Natalie Wood. Pero si alguien le abrió paso, ese fue Frank Sinatra, por aquellos días envuelto en una turbia pelea. Leon atestiguó en su defensa. Le dio una coartada. El cantante no podía estar envuelto en ningún hecho extraño. La noche en que ocurrió la pelea en la que se le acusaba de participar, el cantante ni se movió de Villa Capri, el restaurant en el que trabajaba León. Eso dijo el hábil cántabro. El favor a Sinatra sumó puntos en su buena estrella. 

En 1957 fundó en Beverly Hills La Scala el que se convertiría en el restaurante de las estrellas de Hollywood. Cocina mediterránea, ambiente afrancesado y un desfile de grandes figuras hicieron que el local brillara en la galaxia cinematográfica:  Joan Collins, Natalie Wood, Truman Capote... Marilyn Monroe.El local todavía existe, no en su locación original, pero mantiene su nombre y su espíritu -ahora gesto nostálgico-.

Hábil negociante, dueño de ingenio y picaresca, Jean León homenajeó a sus clientes más asiduos. No sólo con atenciones en el servicio. Incluso les dedicó platos de la carta:  fettuccini a la Marilyn –el plato que más tomaba la rubia-, el pollo a lo Dean Martin y hasta los caneloni a la Liz Taylor, que en alguna ocasión Jean León le hizo llegar a la diva por avión al hotel Savoy de Londres. Los platos actuales, valga decir, ya no conservan los nombres de ese entonces.

Por su casa de Malibú desfilaron Billy Wilder, Ernest Hemingway, Orson Welles, Marlon Brando, James Stewart... Sin embargo, un episodio marcó su historia. La noche anterior a la muerte de Marilyn Monroe, el 4 de agosto de 1962, la actriz llamó al restaurante para que le mandaran la cena a casa. Él nunca llegó a aclararlo, pero la leyenda dice que Monroe pidió pasta, los fetuccini. Los llevó Jean Leon en persona hasta Bretonwood.

León fue una de las últimas personas que la vieron con vida. Su testimonio fue de los primeros a los que recurrió la policía para aclarar qué podría haber ocurrido con la actriz, hallada sin ropa y junto a un frasco de vacío de Nembutal. El vino Jean Leon, fabricado y embotellado en el Penedès desde el año 1963, fue la razón por la cual comenzó a ser conocido en España en la década de los ochenta. ¿La razón? Ronald Reagan eligió su vino para los banquetes de investidura.


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