Cultura

La otra Marilyn Monroe que nadie conoció

La vulnerabilidad de Marilyn Monroe, la misma que mostró en Vidas Rebeldes, ocupa las páginas de Fragmentos (Seix Barral), donde se reúnen los poemas y textos de la actriz.

La imagen de 1956, en la terraza del Hotel Ambassador, en Nueva York. (Foto: Archivo Bettman)
La imagen de 1956, en la terraza del Hotel Ambassador, en Nueva York. (Foto: Archivo Bettman)

Si para Marilyn Monroe ningún puente era feo sería porque todos le parecían un hermoso lugar desde donde tirarse, podría pensar quien repasa con la mirada esta foto que le hizo Bettman a la rubia en 1956. En la instantánea, envuelta en un ajustado vestido, aparece Monroe, asomándose al precipicio con mitad del torso inclinado hacia el vacío. La foto fue hecha en la Terraza del Hotel Ambassador, en Nueva York.

Esa imagen recoge el aliento deFragmentos, el libro editado por Seix Barral hace ya dos años y que recoge los poemas inéditos y textos –en formato facsísimil, también transcritos- de una mujer que a los 36 años se sentía sola. ¿Acaso la más deseada, la que sedujo a Kennedy, Elia Kazan, Frank Sinatra, Yves Montand o Marlon Brando podía sentirse derrotada y apartada?

“Si las personas escasamente sensibles e inteligentes tienden a hacer daño a los demás, las personas demasiado sensibles y demasiado inteligentes tienden a hacerse daño a sí mismas”, escribe  Antonio Tabucchi en el prólogo de un libro excesivo. En sus páginas es posible ver la vida de la Monroe como un viaje desaforado. Del precipitado matrimonio, a sus 16, con un obrero al amor por un pelotero como Joe Di Maggio o un dramaturgo como Arthur Miller hasta las caídas de altares tan altos como el cuello de un Martini.

Una potente Diosa de sugerente canalillo. Alguien que quería estar –a la vez- viva y muerta.

La letra aniñada y mañosa, histérica y urgente que aparece en los textos de Fragmentos dice al lector cosas urgentes.  Una criatura hermosa empeñada en maltratarse detrás de la nariz supuestamente demasiado grande, o unos ojos muy separados. Una lectora de Joyce y Whitman disfrazada de tonta a quien los caballeros preferían rubia. Una potente Diosa de aflautada voz y sugerente canalillo. Alguien que quería estar –a la vez- viva y muerta.

La ambivalencia es su poética y su trastorno. La fuente misma de su belleza. La que escribe y la que padece. “Vida/ Soy de tus dos direcciones/ De algún modo permaneciendo colgada hacia abajo/ casi siempre/ pero fuerte como una telaraña/ al viento- existo más con la escarcha fría resplandeciente/ Pero mis rayos con abalorios son del color que he visto en un cuadro -ah vida te han engañado”. ¿Para eso quería el puente? ¿Para cruzar las dos orillas o para arrojarse en el camino?”, escribe.

Dijo el escritor y periodista  Norman Mailer –quien estuvo en la sesión de fotos que hizo Bert Stern para Vogue tres semanas antes de la muerte de la actriz- que para sobrevivir, Monroe habría tenido que ser “más cínica o por lo menos estar más cerca de la realidad”. Pero que, en lugar de eso, era “una poeta callejera intentando recitar sus versos a una multitud que le hacía jirones en la ropa”. Leyendo a Mailer, y a la propia Monroe, resulta inevitable preguntarse  cuántas veces le habrán arrancado a la actriz algo más que el vestido.

“Era una poeta callejera intentando recitar sus versos a una multitud que le hacía jirones en la ropa"

"Ay maldita sea me gustaría estar muerta/absolutamente no existente/ausente de aquí/de todas partes pero cómo lo haría/Siempre hay puentes/-el puente de Brooklyn-/Pero me encanta ese puente (todo se ve hermoso desde su altura/y el aire es tan limpio) al caminar/ parece tranquilo a pesar de tantísimos/ coches que van como locos por la parte de abajo. Así que/ tendrá que ser algún otro puente/ uno feo y sin vistas/ salvo que/ me gustan en especial todos los puentes/ tienen algo y además/ nunca he visto un puente feo", escribe la actriz sobre una hoja membretada del Waldorf Astoria.

En su casa de Bretonwood, en Los Ángeles, de donde salió muerta el 5 de agosto de 1962, una puerta de madera conservaba, en aquel entonces, una inscripción en latín. Cursum perficio. Fin del camino. Fin de un viaje a propulsión, por decisión propia, con la mano de una hermosa suicida.

"Le bonheur..., le bonheur (…) Qué bendición disfrutar de un momento de felicidad! ¡Y qué agradable no tener que luchar demasiado para conseguir la paz interior! Sé que voy a conocer momentos de alegría, así, por las buenas. Ninguno de mis amigos habla ya de carácter … Y sin embargo no hay duda de que lo que más nos interesa es averiguar cómo somos”, escribe Jane Bowles en Dos damas muy serias, la novela que narra la historia de una solterona mística y una aristocrática dama que decide abandonarlo todo e irse a vivir con una prostituta. Ambas luchan por conseguir su independencia aunque ello implique la propia autodestrucción. Borrarse, deshacerse, desaparecer por decisión propia: un fantasma que persigue a ciertas criaturas de las que Monroe puede que sea el ejemplar más vistoso.

Ver la foto de Monroe, releer sus poemas. Pensar en sus bellos y fieles puentes, listos para tirarse cuando haga falta. Preguntarse, acaso, si  para conocerse a sí mismo hay siempre que llegar al fin del camino o hacer sangre mientras se recorre. Cursum perficio... o ese algo suyo que queda en nosotros tras leer este libro.

FRAGMENTOS

Los textos inéditos de Marilyn Monroe, escritos entre 1943 y 1962. Todo un universo interior para descubrir la otra cara del mito. Prologado por Antonio Tabucchi, este volumen facsimilado contiene todo tipo de documentos personales de la actriz, ordenados cronológicamente y con gran lujo en la reproducción de imágenes y te xtos facsimilares."La imagen que Marilyn Monroe ha dejado de sí misma en el mundo de las imágenes esconde un alma que pocos sospechaban"… , dice su prólogo.


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