Cultura

Like a Rolling Stone: 50 años de ¿la mejor canción de la historia del rock?

Hay cosas imposibles de olvidar. En este caso toda la canción lo es, pero el principio, los primeros segundos de ‘Like a rolling stone’, anticipan algo que durante seis minutos y nueve segundos es capaz de cambiar la vida de una persona. Uno puede haber escuchado esta canción miles y miles de veces, pero su magia reside en parecer joven, nueva, y dispuesta a ser amada cada vez que se vuelve a enfrentar a ella.

Esta semana se conmemoran los cincuenta años de la grabación de una de las canciones icónicas de la historia del rock. Para muchos seguidores, críticos o simplemente oyentes, estamos tal vez ante la mejor canción de ese rock que en aquella época aún era un adolescente. Los días 15 y 16 de junio de 1965, como parte de las sesiones de grabación del que sería su sexto disco, Highway 61 Revisited, Bob Dylan, acompañado por Mike Bloomfield (“no me toques ninguna historia blues a lo B.B. King”, le dijo Dylan) a las guitarras, Paul Griffin al piano, Joe Macho Jr. al bajo, Bobby Gregg a la batería y Bruce Langhorne a la pandereta, trabajaban en el estudio en sacar adelante una canción que parecía resistírseles. Por alguna razón, no encontraban el tono adecuado que complaciera al propio Dylan.

Nacida casi de la casualidad

De hecho, llevaban varias tomas en diferentes compases sin dar con la clave buscada. Así que al día siguiente, bajo la batuta del productor Tom Wilson, volvieron a la carga. Con una presencia que se antojaba anecdótica pero sería fundamental para el futuro de la canción. El joven guitarrista Al Kooper se encontraba en el estudio invitado por Wilson. Tenía 21 años y muchas ganas de poder medirse y aprender con los grandes. De hecho, se sintió bastante amedrentado por las excelencias técnicas de Bloomfield, miembro en aquella época de The Paul Butterfield Blues Band. En un momento dado en que Griffin abandonó el órgano para sentarse al piano, Kooper decidió tomar las teclas del Hammond para dar salida a un riff al que venía dándole vueltas en la cabeza. Kooper, un tipo que no era teclista y que apenas sabía tocar el órgano (según la leyenda) fue la clave para que la canción avanzara, saliera adelante y, ese mismo órgano, se convirtiera en parte reconocible y fundamental de la misma.

Pero es que todo en ella es mayúsculo, comenzando, como no podía ser de otra manera, con la letra. Nacida de un largo poema en el que Dylan había estado trabajando y que dicen llegó a ocupar 20 folios, es abierto a varias interpretaciones, y aunque la venganza no parezca que tiene que ser la única, sí es una de las más extendidas. Narra la supuesta caída en desgracia (social, económica y estética) de una mujer que anteriormente había hecho gala de cierta altanería. Pero ya contestó Dylan a la pregunta de si lo hacía para hacer morder el polvo a mujeres que él sintiera que le habían fallado: “Lo hago porque las necesito”. Y es posible que Dylan estuviera hablando incluso de sí mismo. Hay letras que tienen su esencia por sí solas, y no en sus interpretaciones.

La canción no fue publicada como single inmediatamente, principalmente debido a su larga duración, más de seis minutos, un exceso para la radio y los clubs de la época. Pero fue una grabación de la misma que un DJ hizo sonar en un club la que comenzó a ser demandada por los asistentes al mismo. Así, la compañía decidió publicarla como single y salió a la calle el día 20 de julio de 1965, alcanzando el número 2 en las listas de discos más vendidos de los Estados Unidos, una posición a la que Dylan, a pesar de que era ya una estrella mucho más que emergente, no estaba acostumbrado.

El número de artistas que la han versionado a lo largo del tiempo es innumerable, pero pocos han logrado siquiera acercarse a la magia de ese comienzo tan perfecto en su imperfección, ese golpe de batería dado como a destiempo que no hace otra cosa más que dar inicio a la magia. A esa voz, nasal, chulesca, descreída, que convierte el recitado en un mantra eterno. A una progresión que hace históricos los simples compases del rock and roll.

Muchos levantarán el hacha. Será una discusión sin fondo hablar de si es la mejor canción de la historia del rock, pero de eso se trata. Por algo tiene un libro dedicado exclusivamente a ella, el Like a Rolling Stone: Bob Dylan en la encrucijada que escribiera Greil Marcus. Porque se trata de hablar y de recuperar siempre una canción por la que no pasan los años.


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