Cultura

¿Qué beben los escritores cuando conversan?

Sobre el tema se han escrito no pocas líneas. Pero qué pasaría si pudiésemos sofisticar las opciones: plantear la ficción incluso en lo que a vinos respecta. Hemos escogido a un grupo de escritores y les hemos pedido que escogiesen un caldo, un autor -vivo o muerto- y una conversación. He aquí el resultado.

¿Qué beben los escritores cuando conversan?
¿Qué beben los escritores cuando conversan?

No pueden ser más distintos entre sí. Sus edades no son las mismas, mucho menos sus preocupaciones literarias o sus lugares de nacimiento. Y justamente por eso, por lo diferentes que son los unos de los otros, hemos propuesto a un grupo de autores un tema que uniese vinos, literatura y conversación, sea esta última real o producto de la imaginación. El asunto, en principio, parecía sencillo: ¿Qué vino bebería un escritor si pudiese invitar a otro -vivo o muerto- una copa? ¿De qué hablarían? La idea –reposada entre sorbo y sorbo de Oporto y a veces de Spanish White Guerrilla Albariño- ha terminado en heterogénea bitácora de caldos,  autores y hasta relatos breves. 

Eduardo Lago. Vive en Nueva York desde hace 26 años. Es escritor; traductor de autores como Henry James, Sylvia Plath o John Barth; también crítico literario y miembro de La Orden del Finnegans.  En 2006 ganó el premio Nadal con su novela Llámame Brooklyn y este año ha publicado con la editorial Malpaso su novela Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee.Y aunque pensamos que su autor escogido para compartir una copa sería Nabokov, nos equivocamos. He aquí la prueba:  "El vino sería un Hiru tres racimos, de la bodega Luis Cañas, de La Rioja. Y me gustaría beberlo con David Markson, que murió hace poco, pero las instrucciones dicen que puede ser para conversar con un muerto. No conozco mejor definición de la lectura. Anoche terminé La soledad del lector, de Markson. El día que lo empecé recibí un correo de Enrique Vila-Matas recomendándomelo, y le señalé la coincidencia. De todos modos, el mejor libro de Markson es La amante de Wittgenstein. Tengo dos ejemplares, en Dalkey Archive Press. David Foster Wallace escribió un brillantísimo ensayo sobre ese libro, que aparece reproducido en la recopilación póstuma En cuerpo y en lo otro, y se titula algo así como La plenitud del vacío (Foster lo titula en latín, en el original)". El vino, advierte Lago, es un misterio insondable. “Guarda una relación muy íntima con el misterio poético. Me fascina hablar de vino, buscar nuevas marcas. Hace un año, durante una fiesta en la plaza de toros de Ronda, organizada por la Real Maestranza, después de beber lo que se me antojó me planteé la idea de no beber. Era un experimento. Lo interrumpí durante la presentación de mi novela en España, porque no beber en una circunstancia así, de presentaciones, es imposible. Y ahora he vuelto a no beber, tras haber bebido bastante siempre, con gran placer. Es raro hablar sin vino por medio con otro escritor. Una buena posibilidad sería, aparte de con un muerto Markson, hacerlo con un abstemio, como Vila-Matas. En ambos casos dejaría la botella sin tocar. Con Markson hablaría de su obsesión por el suicidio. Con Vila-Matas hablaría de Markson”.

Marta Sanz. Es una de las voces más potentes del panorama literario español. Así lo ha demostrado en libros como El frío, Lenguas muertas, Los mejores tiempos (Premio Ojo Crítico 2001), Animales domésticos, Susana y los viejos -finalista del Premio Nadal en 2006- o Lección de anatomía (2008). Escritora en todos los registros –novela, poesía, relato-, comenzó una serie de novela negra entre las que cuentan l Black, Black, Black (Anagrama, 2010) y Un buen detective no se casa jamás (Anagrama, 2012). Este año publicó Daniela Astor y la caja negra (Anagrama, 2013), un libro que narra las costuras de las musas del destape. Sobre vino y literatura, Sanz lo lleva muy claro. “Me tomaría cualquier tintorro peleón y denso, de esos que amoratan la lengua y ponen negros los labios, con Benito Pérez Galdós. Acodados en la barra de una taberna madrileña, hablaríamos, por ejemplo, de la sexualidad de sus personajes femeninos”.

Marcos Giralt. Este escritor madrileño saltó a la palestra muy pronto con su libro de relatos Entiéndanme (1995). Apenas cuatro años después ganó el Premio Herralde con París, novela a la que siguió Los seres felices (2005). Su libro Tiempo de vida (Anagrama, 2011), una obra magnífica en la que narra la relación con su padre, recibió el Premio Nacional de Narrativa. Ese mismo año, el libro de relatos  El final del amor (2011), fue galardonado con el Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero. Autor de una obra intimista, urdida con una prosa elegante e inteligente, Giralt es, también, miembro de La Orden del Finnegans, de la que forma parte junto a Eduardo Lago, Malcolm Otero Barral,  Enrique Vila Matas, José Antonio Garriga Vela, Antonio Soler, Jordi Soler y Emiliano Monge. Sobre vinos y conversaciones, Giralt se ha mostrado –acaso- algo más afrancesado, aunque por una razón muy concreta: “Escogería un burdeos Petrus con Samuel Beckett. Para oírlo hablar sobre lo que él quisiera o simplemente guardar silencio. El silencio, en sí mismo, podría ser también un tema. Lo de que sea un vino francés no es por despreciar los españoles. Es sólo por no hacer venir a Beckett hasta aquí desde el más allá. Mejor citarlo en un café de Montparnasse cercano a su antigua casa parisina”. 

Juan Carlos Méndez Guédez. Es tan guaro como castizo. Nacido en Barquisimeto, en Venezuela, vive desde hace más de 20 años en Madrid. El desarraigo, el viaje, el amor, los sentimientos y la memoria  forman parte de una obra que incluye los libros de cuentos Hasta luego, míster Salinger (Páginas de Espuma), Tan nítido en el recuerdo, La Ciudad de Arena e Historias del edificio. Como novelista ha publicado Arena Negra (2013),  Chulapos Mambo (2012,  Tal vez la lluvia (Premio internacional Ciudad de Barbastro), Una tarde con campanas, Árbol de luna, Retrato de Abel con isla volcánica al fondo y de El libro de Esther. En 2014 publicará con la editorial Siruela su próxima novela Los maletines. Se ha decantado el escritor por dos elecciones embriagadoras, entrañables pero no inofensivas, quizás por esa dulce resaca que dejan en -la boca y el corazón- los poetas y, acaso, los caldos andaluces. “Escogería un fino. Me gusta su sabor contundente y seco, como una piedra gélida que ha caído a la tierra volando desde el sol y que se ha enfriado en el aire. Y bebería ese fino con Rafael Cadenas, el gran poeta hispanoamericano cuya obra es una continua mutación de la sensorialidad, de la inteligencia, del adelgazamiento del lenguaje en la búsqueda del misterio más próximo que tiene la vida cotidiana. Y el tema de conversación para mí sería las lecturas de narrativa que hace un poeta.  ¿Qué lee el mejor poeta vivo de la lengua española? ¿Qué narradores lee Rafael Cadenas?”. 

Fernando Iwasaki. Es peruano de nacimiento, japonés de origen y sevillano de facto (está casado desde hace veinticinco años con una sevillana). Además de escritor, historiador, investigador, docente y filólogo,  es director de una fundación de arte flamenco, además de alguien dotado con un afilado y potentísimo sentido del humor y la ironía. Su primer libro de cuentos fue Tres noches de corbata (Ediciones Ave, 1987), a ese siguieron, entre otros Un milagro informal, (Alfaguara, 2003), Helarte de amar (Páginas de Espuma, 2006) y el comentadísimo España, aparta de mí estos premios (Páginas de Espuma, 2009). Suyas son también las novelas  Libro de mal amor (RBA,  2001) y Neguijón (Alfaguara, 2005) así como los ensayos  Mario Vargas Llosa, entre la libertad y el infierno (Estelar, 1992), Mi poncho es un kimono flamenco (2005); Yerbamala Cartonera (2007) y Nabokovia Peruviana, La Isla de Siltolá (Sevilla, 2011). Tiene también libros de crónicas como El sentimiento trágico de la Liga (1995), La caja de pan duro (2000), Sevilla, sin mapa (2010) y Una declaración de humor (2012). Al preguntarle por cuál sería su vino y su personaje, Iwasaki ha repartido copas para varios bebedores: “Me haría ilusión beberme un Amontillado Carlos VII –envejecido bajo velo de flor en las bodegas Alvear- con el Inca Garcilaso de la Vega (Cusco, 1539- Córdoba, 1616), autor de los Comentarios Reales de los Incas (1609) y vecino de Montilla durante más de treinta años, con quien sería fascinante hablar del Cusco de los Incas, de la Montilla de Cervantes y de la Córdoba de Góngora. Montilla era tierra de vinos desde los tiempos de los romanos y sería interesante saber qué pensaría un conocedor de los vinos montillanos del siglo XVI de los Montilla-Moriles del siglo XXI. Si quedara un poquito de amontillado le invitaría una copa a Edgar Allan Poe, para pedirle que agregara el nombre de Montilla a su célebre cuento El tonel de amontillado y así hacerle al menos justicia literaria a los vinos de Montilla, pues la denominación de origen amontillado le pertenece a Jerez”.

Jordi Soler. Después de su aclamada trilogía sobre la guerra civil, el escritor Jordi Soler volvió a las estanterías hace apenas unos meses con un libro en el que retomó la senda de humor que ya había comenzado en Diles que son cadáveres (2011). Se trató de Restos humanos, publicada por Mondadori,  una historia tan “esperpéntica” como brillante, imposible de leer sin ceder a la risa sabrosa y la carcajada a mandíbula batiente. Soler, también caballero de la joyceana Orden de Fineganns  y autor de Los rojos de ultramar, La última hora del último día y La fiesta del oso, tiene claro –como algunos otros autores- el escritor al que invitaría una copa. Los vinos, en cambio, pasan de las dos botellas: “Yo bebería vino con Honoré de Balzac, para que me contara, copa tras copa, alguna historia torrencial. Aún cuando tenía un punto de vista más bien puritano sobre las bebidas alcohólicas, también era conocida, y hay testimonios escritos de esto, un gran comedor y bebedor de borgoña cuando la botella se le ponía a tiro. Lo que en realidad bebía Balzac era café, prefería su nerviosa lucidez al confortable aturdimiento que produce el vino. Pero puestos a beber, yo le invitaría al maestro uno de esos vinos de uva balear, de Felanitx, un Ànima negra o unas copas de ese blanco fresco que se llama Quíbia. Aunque lo que de verdad me gustaría es que Balzac  me invitara al restaurante Véry, bajo las arcadas del Palais-Royal, en París, donde su célebre personaje Lucien de Rubempré se gasta el dinero que luego le hará falta, y donde el mismo Balzac escenificó banquetes pantagruélicos, y como casi nunca tenía dinero, firmaba la cuenta y pedía que se la enviaran a su editor”.

Daniel Gascón. Puede que sea el bebedor, perdón el escritor, más joven de todo el grupo. Nacido en Zaragoza, en 1981, debutó en la narrativa con un libro de relatos, La edad del pavo (2001). A ese siguieron El fumador pasivo (2005) y La vida cotidiana (2011). Coguionista de la película Todas las canciones hablan de mí (2010), dirigida por Jonás Trueba, Gascón se adentra ahora en la novela con Entresuelo, publicada este año por Mondadori. Al momento de plantearse compartir una velada de copas, Gascón no escogió a uno, sino a cinco escritores. Y aunque se decantó por un caldo de su tierra e incluso por un poco de champaña, dejó espacio también para unos cuantos destilados. Su itinerario, algo más largo que el del resto, es –eso sí- tan entrañable como un largo y antiguo afecto.  “Con George Orwell me tomaría un vino del Somontano, cerca del hospital de Barbastro donde se recuperó, y le preguntaría por la Guerra Civil, por el totalitarismo y por su soledad. Con un poco de suerte, también nos tomaríamos un café en Huesca. Con Christopher Hitchens me tomaría unos cuantos Johnnie Walker etiqueta negra y creo que me limitaría a sacar temas para oírle hablar. Le preguntaría por Tom Paine, por Saul Bellow y por la libertad de expresión, y le pediría que me recitase un poema de Auden. Con Antón Chéjov tomaría champán y le preguntaría por su familia y sus novias. Con Alice Munro me tomaría un Martini y le preguntaría cómo construye un cuento. También pediría un vaso sidrero lleno de cerveza (una bebida que en Zaragoza se llama un Pisón, en homenaje al autor de El día de mañana) y otro para Félix Romeo, y él me diría que la broma ya ha durado bastante y quiere volver a brindar con nosotros".

Ernesto Pérez Zúñiga. Nacido en Madrid pero criado en Granada –un “narraluz”, digamos-, Pérez Zúñiga  es autor de una obra literaria en la que figuran Santo diablo; El juego del mono y más recientemente La fuga del maestro Tartini(Alianza Literaria, 2013), una novela con la que se alzó con el Premio Torrente Ballester y que narra la vida  del músico del XVIII Giuseppe Tartini. Sobre sus preferencias para compartir una copa, Zúñiga ha viajado al XIX. “Me gustaría tomarme un vino con Rimbaud, un vino espeso y tinto, de Toro, una botella de conversación larga y lenta. Yo sólo querría hablar de una cosa: de los años en los que dejó de escribir, los años de éxodo en África, qué se hizo de toda la poesía que no escribió, a dónde fue toda esa energía, esa visión, qué sueños tuvo, qué enterró en la arena, qué memoria salvó de la Europa de Verlaine  y  cómo imagina los años que no llegó a vivir”.

Jorge Eduardo Benavides. Peruano, de Arequipa,  aunque eso sí: un viajero impenitente. Ha escogido el champán -y no porque esté de fiesta, que sí, pues ha ganado el Premio Torrente Ballester de este año- sino porque le encanta. Fue justamente eso lo que bebió, hace unos meses, en ocasión de una entrevista sobre su más reciente libro Un asunto sentimental (Alfaguara, 2013). Autor de una obra en la que retrató  la Lima aprista comoLos años inútiles, el Perú de Fujimori de El año que rompí contigo, o acaso una narrativa más personal en novelas como La paz de los vencidos (Alfaguara, 2009). Cuando le preguntamos qué bebería, respondió: "Depende". ¿De qué?, dijomos. "Pues del escritor". "Con Scott Fitzgerald seguramente compartiría un buen Dry Martini antes que un vino: seco, fuerte, aromático, con una sola aceituna sumergida, y en el bar de un hotel neoyorkino, para charlar de los grandes escritores de la generación pérdida mientras escuchamos a Mildred Bailey cantar Prisoner of love. Con el melancólico Marcel Proust descorcharía una botella de champán, un Louis Roederer Brut, sin lugar a dudas, y de preferencia en el Hotel Majestic, de la avenue Kleber, para que así me contara mejor cómo fue aquella vez que coincidió con Igor Stravinsky, James Joyce y Pablo Picasso. Y con el minucioso Pérez Galdós disfrutaría de un buen vino madrileño, de uva tempranillo, quizá un Tagonius Merlot, por ejemplo, aunque no descartaría un vino de Toro –en vaso, no en copa—y en cualquier tasca cercana a la plaza mayor, donde seguramente le oiría a gusto los detalles de su próxima novela, sus grandes y portentosos esquemas de escritor a tiempo completo. Y a cualquiera de los tres, alguna maledicencia sobre un contemporáneo".

Doménico Chiappe. Escritor y periodista peruano nacido en Caracas, Venezuela.La suya es una obra que –acaso como él- no se conforma con un solo territorio.Comenzó en 1996 con Tierra de extracción, una novela multimedia donde se utilizaban varios lenguajes para contar una historia. A esa siguió Entrevista a Mailer Daemon (2007), una novela editada por La Fábrica que tuvo su propio experimento con una puesta en escena dramatizada y música compuesta en paralelo. Este año ha editado con Lengua de Trapo la novela Tiempo de encierro, una novela que narra la historia de una mujer que espera, encerrada en una casa, a que ocurran dos cosas: que nazca su hijo y que se haga efectiva la orden de desahucio en su contra. Sobre nuestra pregunta acerca de qué vino bebería y con cuál escritor, Chiappe nos pidió una excepción que hizo llegar en forma de relato. En sus líneas, las cosas ocurren en una ciudad que acaso ya no existe, en compañía del único hombre capaz de viajar hasta El corazón de las tinieblas.

Las Cataratas

Atardecía. Habíamos demorado más de lo que pensé en llegar a El Hatillo. En la bodega, pedí dos botellas de vino Pasita. Le di una. El señor Conrad desenroscó la tapa de metal. Bebió del pico, se secó con la manga. Miró la etiqueta.

-Es vino de cambur –dije-. Plátano. Cuando venía por aquí, valía un bolívar.

Volvimos al borde del camino.Estiré el pulgar.

-Le prometí, señor Conrad, que le llevaría al lugar más hermoso, a la vez que desconocido, de esta Sulaco suya.

Levantó el mentón, como invitación a proseguir.

-Las cataratas de La Lagunita. Venía con mis amigos del colegio cuando no entrábamos a clases. Pedíamos cola. Autostop.Poca gente las conoce.

Un automóvil se detuvo. El chófer preguntó a dónde íbamos. Pasamos la alcabala que franqueaba la avenida. Dejamos atrás a los vigilantes privados.

-Aquí me apuntaron con un fuco –dije-.Visitaba a una amiga. Estaba el portón abierto pero no contestaba el timbre. Entré por la cocina y la encontré en el suelo junto a sus padres. De frente, un hombre alzaba su pistola hacia mi pecho. Y sentí el metal en la sien de quien salía de atrás de la puerta. Volví la vista hacia los que yacían.

Saqué mi botella. El señor Conrad también dio un trago a la suya.

-Si estaban sobre su sangre, yo tampoco saldría vivo. Déjenos por aquí –pedí al chófer.

La noche había caído como un telón. Comenzamos a caminar entre el monte. Ya no había pica pero recordaba el camino. En el borde, nos detuvimos a escuchar. El agua. Ahí seguía.

-Al menos algo permanece en esta ciudad.

Bebimos y comenzamos el descenso.

Relato escrito por Doménico Chiappe para este reportaje.


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