Cultura

Novelas olímpicas: una biblioteca para Madrid 2020

Desde Homero y Píndaro hasta Wang Shuo; de Lord Byron a Vázquez Montalbán, una selección de libros sintetizan la relación entre la belleza, los atletas y la ficción.

Participantes en la competición de atletismo pasan junto al pebetero durante los JJOO de Londres 2012 (Gtresonline).
Participantes en la competición de atletismo pasan junto al pebetero durante los JJOO de Londres 2012 (Gtresonline).

La literatura y el deporte unen su camino en una misma carrera desde las olimpiadas helénicas. En las páginas de La Iliada es posible encontrar estampas con las hazañas atléticas de los héroes griegos: Odiseo, Agamenón, Ayax. El primer testimonio del deporte convertido en elaboración artística. Los Epinicios, de Píndaro (publicados por Akal), son también un documento tan literario como histórico de las relaciones entre grandeza, deporte y heroicidad.

Se trataba de cantos corales compuestos en honor de los vencedores en alguno de los cuatro certámenes deportivos de los Juegos Panhelénicos. Se cantaban al paso de los campeones. La verdadera grandeza del atleta radicaba, para Píndaro, en el hecho de que su triunfo reflejaba la victoria de lo Bello y lo Bueno sobre la mediocridad.

La natación, tan antigua también como la humanidad, sólo comenzó a practicarse como modalidad deportiva de competición a mediados del siglo XIX. Curiosamente, aunque griegos y romanos, y muchos otros pueblos de la antigüedad, ejecutaban esta práctica para los trabajos o la guerra, no hubo competiciones en los Juegos Olímpicos antiguos como ocurrió en atletismo.

Lord Byron fue uno de los primeros tragamillas. Cruzó el Helesponto nadando en 1810.

Los primeros nadadores deportivos no fueron de piscina, sino de mar. Les llamaban tragamillas. El más célebre y literario de todos fue sin duda el poeta Lord Byron, para algunos el primer gran nadador de los tiempos modernos. En 1810, junto a su amigo el lugarteniente Enkehead, cruzó el antiguo Helesponto, estrecho que separa Asia de Europa.

Si de ficción olímpica se trata, hay verdaderas novelas memorables al respecto, entre ellas Haz el favor de no llamarme humano, una sátira del nacionalismo, los Juegos Olímpicos y el culto a la celebridad, escrita por Wang Shuo. El libro, que fue reconocido por la crítica como uno de los más brillantes y entretenidos de los noventa, narra cómo, tras la derrota de China en los Juegos Olímpicos, el Comité Nacional por la Movilización Popular se vuelca en transformar a Yuanbao, conductor de bici-taxi, en el nuevo Superhéroe Chino.

A propósito de Barcelona 92, Vázquez Montalbán escribió una novela sobre las olimpíadas.

En ocasión de Barcelona 92, Eduardo Mendoza y Manuel Vázquez Montalbán publicaron en El País, dos novelas por entregas: Sabotaje olímpico, de Vázquez Montalbán, protagonizada por el detective Pepe Carvalho, y La visión del Archiduque, ambientada en 1929, en los tiempos de la última Exposición Universal, donde un archiduque ficticio imagina cómo será la Barcelona del futuro.

Pero no sólo novela. También se han escrito –y publicado- curiosos volúmenes de relato sobre el tema. La antología Cuentos olímpicos, editada por Páginas de Espuma, reunió una selección de relatos en los que varios autores recuperaban las grandes hazañas del atletismo, el fútbol, el baloncesto, el boxeo, el ciclismo y la hípica. Participaron en ella escritores españoles y latinoamericanos, entre ellos Eloy Tizón, Antonio Skármeta, Álvaro Pombo, Cristina Peri Rossi, Camilo José Cela, Ricardo Piglia y Fernando Savater, entre otros.

Páginas de Espuma publicó la antología Cuentos Olímpicos.

Otro escritor que encontró belleza –y miserias- en el tema olímpico y sus héroes fue el francés Jean Echenoz. En su novela Correr narra la vida del corredor de fondo checoslovaco Emil Zátopek (1922-2000), alguien capaz de ganar, en los Juegos Olímpicos de Helsinki de 1952, tres medallas de oro en diez días. A mitad de camino entre el agrio retrato y la ficción, Echenoz cuenta la vida de este atleta que vivió en el régimen soviético. "Él corría para huir de la dictadura, pero, a la vez, para el régimen era un símbolo, un ejemplo y un rehén, todo junto", dijo sobre Zàtopek el propio Echenoz.

Y aunque esta no es estrictamente olímpica, es imposible no mencionarla, tratándose de quien la escribe. En su más ambiciosa novela, La broma infinita, el norteamericano David Foster Wallace ambienta parte de la historia en la Academia Enfield de Tenis, un deporte al que era aficionado y al que dedica también grandes páginas en El Cuerpo y en lo otro (Mondadori, 2013) , un volumen que reúne una serie de textos y reportajes, entre ellos uno en el que Wallace se explaya, ampliamente sobre el juego de Roger Federer.

En este repertorio de "novelas deportivas", vale la pena mencionar Trífero, escrita por Ray Loriga, un escritor aficionado por igual al fútbol, el boxeo y el patinaje artístico. El libro narra la historia de Saúl Trífero, un español errabundo que contrae matrimonio con Lotte, una robusta patinadora noruega que pierde la vida en un desdichado accidente. Lo curioso, mejor dicho, lo "deportivo "del libro radica en el hecho de que Lotte está inspirada en Sonia Heine, patinadora noruega, ganadora de tres oros en los Juegos Olímpicos de 1928, 1932 y 1936. Antes de marcharse a los Estados Unidos, país en el que se nacionalizó e incluso se convirtió en una diva de cine, Henie se vio envuelta en un escándalo por almorzar con Hitler. Al parecer, el dictador sentía una autentica pasión la joven patinadora.


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