Cultura

Los mejores finales de novela jamás escritos

Dedicamos ya una entrega a los mejores comienzos. Ahora toca ver cómo acaban. Lectores y escritores responden, pacientemente, a tan amplia pregunta. Conseguimos coincidencias, he aquí algunas de ellas...

El final del Ulises, de James Joyce, ha cautivado a miles de lectores, uno de ellos Marilyn Monroe. (Foto: Wikipedia)
El final del Ulises, de James Joyce, ha cautivado a miles de lectores, uno de ellos Marilyn Monroe. (Foto: Wikipedia)

A los dos correos electrónicos, este reportaje se tambaleó. A punto estuvo de desplomarse. Si no lo hizo fue porque la piedra con la que se topó fue tan escéptica como luminosa. No era la idea de una lista o una selección sobre los grandes finales de novela lo que estuvo a punto de desbaratar el edificio literario, sino la idea misma del final como algo valioso al momento de definir la calidad de un libro.

“La verdad es que para mí los finales de los libros son lo de menos. Un buen libro rara vez se juega algo en su final” contesta, generosa, la escritora Elvira Navarro, una de los muchos lectores y escritores a los que hemos incordiado para llevar adelante este desatino que ahora, amable lector, usted lee con la ceja arqueada. Lleva razón Elvira Navarro. Sin embargo hay algo todavía más interesante: “los libros acaban cuando el autor o autora ha dicho todo lo que tenía que decir. Por ejemplo, Crimen y castigo tiene un final apresurado e inverosímil pero Dostoievski ha ido tan lejos antes que te da igual que el final no esté a la altura”.

Al margen de la valoración –con la que alguien puede o no estar de acuerdo- queda una idea de fondo que lleva a preguntarse: ¿existe una dictadura del comienzo? ¿desde cuándo empiezan a sostenerse los libros? ¿qué es realmente aquello que los sujeta? ¿la historia? ¿la manera de contarla? ¿su meollo o su desenlace? ¿los personajes…? ¿O acaso todo a la vez? Y es justo allí, en la sinfonía que componen, todas juntas esas preguntas, donde el reportaje insistió. Se mantuvo en pie, tocado pero en pie. Con la idea de que esto no llegaría a buen puerto, de que sería mejor abandonar, continuó sin embargo la pesquisa. Y surgieron en el camino dos coincidencias que volvieron a sujetar el reportaje.

La primera de ellas: la absoluta coincidencia de muchos lectores y escritores en la habilidad de Paul Auster para escribir malos finales a grandes libros y la apreciación, casi absoluta, de que el cierre de El coronel no tiene quien le escriba es uno de los mejores dados a una novela. “Mierda” como la última palabra de una espera exasperante, como respuesta a la pregunta “¿Qué vamos a comer?” tiene los modales de un gran final. Aun así, las preguntas siguieron –mejor dicho, siguen- revoloteando. Porque, a fin de cuentas, qué significa acabar una historia. En tal caso, hubo de existir alguna, ¿no?

“Todas las grandes novelas tienen grandes finales, creo, casi sin excepción”, responde el escritor ganador del Biblioteca Breve y  de la primera edición del Premio Bienal Vargas Llosa,  Juan Bonilla. “Curiosamente no todas empiezan bien, pero todas acaban inolvidablemente: La boca de sapo del beso final de La regenta; la muerte de Don Quijote; Ana Karenina y el tren, no te digo ya Lolita: ese coro de voces en el que lo que más alucina a Humbert Humbert es precisamente poder descubrir en el ramillete de voces la fantasmal voz de Lolita”.

No termina ahí la selección de Bonilla –quien aseguró que así, a bote pronto, se le escapaban muchos y memorables ejemplos de cómo acabar una historia-. Mencionó los de Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé; El coronel no tiene quien le escriba y Cien años de soledad de Gabriel García Márquez; también Risa en la oscuridad, de Nabokov. “La verdad es que es difícil recordar una buena novela sin recordar su final”. En su recuento, Juan Bonilla incluyó uno al que se sumaron muchos otros  avezados lectores y escritores consultados: el monólogo deMolly Bloom que cierra el Ulises, de James Joyce. Ese potente flujo, sin signo de puntación alguno, con el que la esposa de Leopold Bloom dejó en la silla a lectores y lectores y lectores y lectores y lectores…

Marta Sanz fue al grano, a lo suyo: lo directo, lo fuerte, lo firme. Galdosiana como ella sola, citó el final de Tormento, novela del escritor español que hace “tríptico” con El Doctor Centeno y La de Bringas. Comparten entre sí la figura de Amparo Sánchez Emperador, joven huérfana apocada e irresoluta en quien confluyen los sentimientos y deseos de Agustín Caballero –indiano riquísimo, hecho en la vida dura y agreste del nuevo mundo y deseoso de integrarse en la sociedad a la que ha regresado– y de Pedro Polo, sacerdote arrebatado y de áspero carácter a quien asfixia su falta de vocación. Y a ese se sumaron los de La conciencia de Zeno de Svevo, del italiano Italo Svevo y El asesinato de Roger Ackroyd, el libro que hizo célebre a Agatha Christie . “Y por supuesto Otra vuelta de tuerca”, apostilló.

“Me gusta el chiste que cierra El lamento de Portnoy, de Philip Roth, y me gustó el final deReunión en el restaurante nostalgia, de Anne Tyler. Cuando los leí disfruté mucho con los finales de La información, El guardián entre el centeno y La ciudad y los perros” . Si algo tiene Daniel Gascón no es solo una magnífica primera novela –Entresuelo- y tres libros de relatos que la acompañan, sino su condición lectora exhaustiva.

Al momento de contestar esta amplia pregunta, Gascón respondió con una –también amplia- gama de matices. Incluyó el Ulises pero además estos otros:  “Me impresionaron el final tristísimo (antes del apéndice) de 1984 y todavía más la advertencia de Homenaje a Cataluña, que no es una novela. Me gustaron el tono premonitorio e inquietante de El agente secreto y la última frase de Ravelstein, de Saul Bellow (‘No es fácil entregar a un hombre como Ravelstein a la muerte’) …  También me gusta el final de Carreteras secundarias de Ignacio Martínez de Pisón: ‘Yo me aburrí mucho aquel verano pero puedo decir que al menos mi padre fue feliz. Bastante feliz’”.

Entre los lectores consultados, muchos, al menos unos diez, citaron entre sus preferidos el cierre de El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez. Una novela que mezcla amor y leyenda y a la que se aplica un cierre redondo, de los que solía dar el escritor colombiano a sus historias:

"El capitán miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de una escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites. –¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? –le preguntó. Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches. —Toda la vida —dijo".

Hubo quienes, como Doménico Chiappe, se decantaron por el final de Las uvas de la ira, de Steinbeck -también el broche del cuento Idilio, de Maupassant-, otros propusieron el de El beso de la mujer araña, de Manuel Puig, que relata la historia de dos presos encerrados en una misma celda; el de Tren nocturno, de Martin AmisSostiene Pereira, del italiano Antonio Tabucchi -esa fue la selección del escritor venezolano Juan Carlos Méndez Guédez, junto con Percusión, de Jorge Balza, y La Habana para un infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante- e incluso el final abierto de Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. Porque después de todo, "¿Qué hay detrás de una ventana"... ¿y de una novela? Una cosa sí es absolura: nunca tendremos la última palabra; afortunadamente.


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