Cultura

Los mejores perdedores de la historia de la literatura

Desde Wilt hasta Ignatius Reylly; del Bandini de Fante a Bukowski, un recorrido por los fracasados más brillantes creados por los escritores.

Un detalle de la portada de La conjura de los necios, de John Keneddy Toole.
Un detalle de la portada de La conjura de los necios, de John Keneddy Toole.

Puede, como a Edipo, que el destino se cebe con ellos. Que Zeus agriase la suerte de Aquiles o el Cidhaya sido desterrado dos veces. Pero nunca jamás a nadie se le ocurriría bajar a ninguno de ellos del pedestal que ocupan. Ellos mueren matando. Son héroes. Y si fallan no fue porque no lo intentaron. La derrota tiene un propósito, acaso una gratificación moral.

Pero… ¿y los otros? Los fracasados, los perdedores, los grises… Según Antonio Checa, hasta el romanticismo, la literatura no descubrió la fascinación por el reverso del héroe. Por los que pierden. Aquellos cuyas acciones, teñidas por la grisura de la medianía, no los conducen a ningún lado. Aunque es cierto que ya en la novela moderna, con Don Quijote, una rara afección aquejaba al protagonista con el aura del fracaso… ¿Podríamos decir que el ingenioso hidalgo es el primer perdedor de la historia de la literatura?

Hasta el romanticismo, la literatura no explotó la fascinación por el reverso del héroe. Por los que pierden.

El siglo XX es acaso el más fértil en lo que a personajes marginales se refiere: alcohólicos, inadaptados, solitarios, neuróticos, enfermos, suicidas, abatidos, traicionados, mártires que a nadie redimen, los que son víctima de sí mismos o los demás. Podríamos pensar que Gregorio Samsa le dio la bienvenida a todos los que vendrían. Sin embargo, es posible conseguir ejemplos en la literatura realista del XIX, incluso un poco antes.

El Alekséi Ivánovich de El jugadore incluso el Rodión Raskólnikov de Crimen y castigo, ambas de Dostoievski, suponen un buen comienzo para la larga galería de perdedores y fracasados que han protagonizado páginas y páginas de la historia de la literatura. Incluso hasta podríamos pensar en Emma Bovary, de Flaubert, como epítome del fracaso,condenada a morir con un buche de arsénico para alejar de sí la permanente insatisfacción –teñida a veces de necedad y fatalismo- que tan lejos la arrastra.

Ivánovich, Raskólnikov o Emma Bovary podrían ser los grandes perdedores del XIX.

Hay quienes ven rasgos del perdedor incluso en obras como El Lazarillo de Tormes con su denso paisaje de pesimismo y miseria, o La regenta, de Leopoldo Alas, con aquella Ana Ozores sumida en el aburrimiento y la soledad o acaso también Fermín de Pas, que de confesor para a enamorado, atormentado por su suerte torcida.

Sin embargo, si existe una fenomenología del perdedor, esa supo trazarla como nadie John Fante. El más virtuoso engendrador de fracasados. El hombre de sus historias no tiene más gesta que la propia supervivencia: por él han pasado siglos de revolución industrial, dos guerras mundiales y el desclasamiento natural que trae consigo el progres. Su personaje, Anrturo Bandini, el guionista inmigrante, hijo de italianos que vive en Los Ángeles de la Norteamérica de los cincuenta, es el mejor ejemplo. A él dedicó una saga que tiene entre sus mejores páginas Pregúntale al polvo. Pero si hay un retrato del perdedor al uso, incluso con cierta y entrañable simpatía, ese es el Henry Molise de Mi perro idiota.

Si existe una fenomenología del perdedor, esa supo trazarla como nadie John Fante.

Henry Molise vive en California, escribió de joven novelas prometedoras y luego entró con buen pie en Hollywood. Pero a 55 años ve derrumbarse el mundo sobre su cabeza: el negocio cine anda mal; quiere escribir algo decente y no puede, y mantiene a una familia que sólo le da disgustos. Para colmo, se cuela en su casa un perro repelente y peligroso, al que bautizan Idiota y que acaba cambiando la vida de la familia. Mi perro Idiota complementa las dos novelas sobre Molise,La hermandad de la uva y Un año pésimo.De esa especie de novela breve refulge una de las mejores descripciones que sobre la propia condición del fracaso se hayan escrito: "Era un inadaptado y yo era un inadaptado. Yo luchaba y perdía, él luchaba y vencía", dice Molise sobre aquella bestia canina que hace las veces de espejo y renunción.

Herederos de la obra de John Fante son los perdedores de Bukowski –fue gracias a él que empezó a conocerse la obra de Fante-, Raymond Carver y John Kenedy Toole, este último mucho más que los otros, acaso porque en él ficción y biografía se torcieron en un gesto inútil y fatal. La frustración que le produjo el hecho de que ninguna editorial aceptara su manuscrito, sumió a Toole en una profunda depresión que él decidió resolver suicidándose con monóxido de carbono. Sí, así, con ese método triste y deslucido: conectó una manguera al tubo de escape, puso en marcha el motor, se metió en el coche y subió las ventanillas .

Años después de su muerte, en 1980, gracias a la insistencia de su madre, el manuscrito vio finalmente la luz. Y La conjura de los necios no sólo obtuvo el Premio Pulitzer en 1981, sino que las peripecias de su estrafalario protagonista Ignatius J. Reillyse convirtieron en la referencia de una novela de culto y en el prototipo por excelencia del fracasado contemporáneo.Todos ellos componen algo así como el Sueño americano visto desde abajo, contado desde las banquetas de bares sórdidos y oficinas de desempleo como las que visita el Henry Chinaski, de Bukowski.

Bukowski,  Carver y  Kenedy Toole son heredros del fracasado de Fante.

La más famosa novela de Tom Sharpe y su protagonista Henry Wilt son otro himno de la derrota y el despropósito: encadenado a un empleo demencial como profesor en un politécnico, Wilt ve cómo su ascenso se posterga y la vida en casa es un infierno. Acompañado por una muñeca hinchable, se entrega a una rara ensoñación que lo llevará a ser el principal sospechoso de la muerte de su mujer.

Cierta fascinación por los perdedores, los marginados y los atrofiados es la que experimenta el norteamericano George Saunders–deudor, él también de Fante-, quien en su libro de relatos10 de diciembre, (Alfabia) ofrece una especie de álbum de veteranos de una guerra urbana. En sus libros, predominan los personajes horadados,apartados; hombres y mujeres que habitan universos tan hilarantes como precarios: presos sometidos a experimentos en una farmacéutica; niños atados a un árbol por madres desquiciadas; una familia miserable que se endeuda para decorar su jardín con una jaula de humanos...

Habría que preguntarse si el David Lurie que trazael Premio Nobel de Literatura J.M Coetzee en Desgracia entra también a engrosar la lista de los perdedores literarios. Sin embargo, podría pensar uno que la tremenda violencia de Ciudad del Cabo redime a este profesor universitario de 52 años. En ese sentido toda redención sería, a su manera, un algo al qué agarrarse. Los fracasados contemporáneos no suelen gozar de ese tipo de giros. Los aplasta su compacto destino de integrantes de una clase media pegajosa de la que es muy difícil pegar el gran salto.

En Los santos inocentes, Delibes  sitúa en el campo extremeño su propia galería de maltratados y oprimidos.

Aunque no es ese –la ciudad, la vida veloz y tecnificada- únicamente el gran escenario de los perdedores. En su novela Los santos inocentes, por ejemplo, Miguel Delibesse vale de la sociedad extremeña de los años sesenta para crear su propia galería de maltratados y oprimidos. Paco y Régula y sus cuatro hijos, Nieves, Quirce, Rogelio y Charito (la Niña Chica), viven en una humilde casa al servicio de los señores del cortijo, trabajando, obedeciendo y soportando humillaciones sin queja alguna.

Su única aspiración es que sus hijos estudien para abandonar la vida que llevan. Charito, su hija mayor, a la que llaman la Niña Chica, es deficiente mental y permanece siempre en una cuna. A la familia pronto se suma Azarías, hermano de Régula, al ser despedido de su trabajo en otro cortijo cercano. Azarías es un inocente con dificultad de expresión y deficiencia mental, cuya única preocupación es la cría de una pequeña grajilla, su milana bonita. El paisaje humano de esta familia de campo rezuma otro tipo de fracaso, una idea atávica de derrota. Hagan lo que hagan no podrán escapar de su destino.


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