Los fotógrafos de escritores existen. Conocemos varios. El mítico Daniel Mordzinski, quien durante más de 25 años retrató desde Jorge Luis Borges –fue su primera foto, en Buenos Aires, en 1978– hasta Enrique Vila Matas. Su trabajo en la creación de un álbum fotográfico literario ha sido tal que cuando un empleado de Le Monde echó a la basura las diapositivas de 27 años, Mario Vargas Llosa le dedicó a Mordzinski un texto en El País.

Conocemos también figuras como Loomis Dean, reportero de la revista Life que inmortalizó a Ernest Hemingway; a Tina Modoti –cuyo paso por México nos ha dejado testimonios magníficos– y, más cercanas en el tiempo, a Annie Leibovitz, quien fotografió a celebridades como John Lennon, pero también a William Burroughs, Patti Smith y por supuesto, a Susan Sontag, su pareja durante 15 años. Cuando visitó Madrid para inaugurar la muestra Vida de una fotógrafa, Leibovitz explicó cómo las imágenes de Sontag le habían ayudado a superar su muerte. Hay otros, como el venezolano Vasco Szinetar, cuyo trabajo puede llegar a ser incluso mucho más potente que el de Mordzinski.

Sí: hay fotógrafos especializados en escritores. Pero… ¿existen escritores dedicados a la fotografía? Pues también. El más conocido de ellos ha sido Juan Rulfo. La memoria de un profesor de literatura estadounidense permitió reconstruir en México la primera exposición de fotos que montó el mexicano en su natal Guadalajara, en 1960.

Las dotes de fotógrafo del autor de El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955), eran entonces casi desconocidas, aunque las cultivó a lo largo de toda su vida. Su primer trabajo fotográfico fue publicado en la revista América en 1947. Desde entonces, el interés general por el talento “oculto” del escritor aumentó. Las instantáneas, como su escritura, están recubiertas de un cierto espíritu fantasmagórico: paisajes secos y perfiles campesinos.

Además de dedicar algunas horas a su trompeta para ensayar algunos solos de Jazz, Julio Cortázar practicó también la fotografía. Nunca escondió su afición e, incluso, escribió acerca de ella. En Las babas del diablo el autor argentino aborda incluso las relaciones entre imagen y ficción. De hecho, para Cortázar existía una similitud evidente entre la fotografía y el cuento. Un buen cuentista, igual que un buen fotógrafo, decía, puede sintetizar el clímax de una obra artística.

El poeta Allen Ginsgberg, amigo de Kerouac y Burroughs, autor de Howl, fue el fotógrafo oficial de la Generación Beat. Más que curiosidad estética, en sus instantáneas había una necesidad documental.  En la mayoría de sus fotos, Ginsberg escribía un pie de página -que alcanzaba la longitud de un párrafo- en el que explicaba con todo detalle lo que sucedía en la imagen. Hay una instantánea de Jack Kerouac haciendo una mueca hecha por él que ejemplifica perfectamente esta costumbre.

Durante su larguísimo viaje por Centroamérica, el Caribe y México, Adolf Huxley editó un libro donde publicó las imágenes que capturó. Lleva por título Beyond the Mexique Bay. En estas imágenes se pueden observar varios pueblos de Oaxaca y Puebla en los años treinta, entre otras cosas.


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