Cultura

Steve McQueen y la pasión por los coches

Steve McQueen continúa siendo un reclamo más de treinta años después de su muerte. El mítico actor se ha convertido en el prototipo de hombre del siglo XXI, una combinación perfecta de físico, intelecto y actitud que no ha escapado desapercibida para nadie, ni siquiera para los publicistas. Hoy repasamos una de sus dos grandes pasiones, el automovilismo.

“Correr es mi vida. Todo lo de antes y después, puede esperar”. Esta frase pertenece a Michael Delaney, el personaje interpretado por Steve McQueen en la película 24 horas de Le Mans, pero perfectamente podría haber sido del propio actor. McQueen nació, providencialmente, en Beech Grove, una zona residencial perteneciente a Indianapolis, sede de la carrera automovilística más importante de Estados Unidos. Su infancia, sin embargo, distó mucho de ser perfecta. Su padre le abandonó cuando tan solo tenía seis meses y su madre, viendo que no podría cuidar de un niño pequeño, le dejó con sus abuelos. Según cuenta Marshall Terrill en Steve McQueen: Portrait of an American Rebel -una de las muchas biografías que existen-, fue un triciclo rojo que le regaló su tío cuando cumplió cuatro años el origen de su obsesión por el automovilismo. Sin embargo, esta pasión no empezó a materializarse hasta pasados los veinte años.

Tras una adolescencia muy problemática, con peleas y correccionales, y después de pasar una temporada en la Marina, McQueen llegó a Nueva York dispuesto a estudiar arte dramático y aprovechar el tiempo para ganarse algún dinero jugando a póker y compitiendo en carreras de motos. Con ese dinero se compró la primera pieza de su colección, una Harley Davidson modelo K, a la que rápidamente se le unió un MG serie TC, gracias a los primeros papeles que le ofrecieron en Broadway.

Uno de los rumores que circula sobre la vida de McQueen asegura que en una ocasión llegó a arreglar la moto de James Dean.

Pronto se dio cuenta de que su economía no era suficiente para mantener un coche y decidió cambiarlo por una BSA 650, mientras combinaba sus apariciones en teatro con trabajos de mecánico -se rumorea que llegó a arreglar la moto de James Dean-. Pero su carrera no llegaba a despegar y McQueen era un joven muy impaciente, así que cogió las maletas y se trasladó a California, dispuesto a probar suerte en Hollywood. Allí empezó con papeles secundarios en diversas series de televisión y películas de serie B hasta que consiguió el papel principal en Randall, el justiciero, una serie que se emitió durante tres temporadas y donde McQueen interpretaba a un veterano de la Guerra de Secesión que se ganaba la vida como cazador de recompensas en el Oeste. La serie se convirtió en un éxito y McQueen se encontró de la noche a la mañana con una importante cantidad de dinero en su cuenta.

Fue entonces cuando se compró su primer deportivo, un Porsche Speedster 1600 negro, y a continuación un Jaguar XKSS de color verde y carrocería de magnesio. Jaguar fabricó únicamente 16 coches del modelo XKSS, destinado a clientes muy especiales -se trataba de una adaptación de los vehículos de carreras-. Uno de esos ejemplares fue adquirido por una estrella de la radio local que aparcaba siempre en Sunset Boulevard. McQueen no paró hasta conseguirlo. Una vez adquirido, cambió el interior por uno de piel negro, lo pintó de verde e hizo instalar un compartimento de metal en la guantera para guardar sus gafas de sol. El Jaguar, al que apodó cariñosamente como “la rata verde”, se convirtió en uno de sus coches favoritos.

Coleccionismo y competición

En 1963, tras rodar La gran evasión, McQueen había añadido a su colección un Mercedes 300 SL, un Ferrari Berlinetta Lusso 3 litros, un AC Cobra, un Lincoln Town Car, una Triumph Bonneville, una Honda y varias motos de campo. En el momento de su muerte llegó a acumular 55 coches, 210 motos y empezaba a interesarse por los aviones antiguos. Pero su afición no se limitaba al coleccionismo. “No estoy seguro de si soy un actor que compite o un piloto que actúa”, solía afirmar. McQueen tenía un talento considerable como piloto. Tal vez no tanto como para competir en los niveles más altos, pero habría podido disfrutar de una sólida carrera. Sus primeros acercamientos tuvieron lugar cuando se compró el Porsche. El actor empezó a frecuentar la zona de Mulholland Drive para participar en carreras ilegales -cuenta la leyenda que la policía de Los Ángeles ofreció una cena en uno de los mejores restaurantes de la ciudad al oficial que consiguiera alcanzar a McQueen y le pusiera una multa por exceso de velocidad-, hasta que participó en su primera carrera oficial en Santa Bárbara y ganó. A partir de ese momento, empezó a competir en diversos circuitos, hasta quedar segundo en las 120 horas de Sebring. También intentó competir en las 24 horas de Le Mans mientras rodaba la película Le Mans, pero los productores de la misma amenazaron con abandonar el proyecto si lo hacía.

La pasión de McQueen por el automovilismo no solo se manifestó en su vida privada, sino que también se convirtió en seña de identidad de muchas de sus películas.

Y es que la pasión de McQueen por el automovilismo no solo se manifestó en su vida privada, sino que también se convirtió en seña de identidad de muchas de sus películas. Desde la huida en moto de La gran evasión hasta la persecución por las calles de San Francisco de Bullitt -ambas realizadas por especialistas, pese a la insistencia del actor, ya que los productores no estaban dispuestos a que su estrella corriera con tales riesgos-, McQueen siempre intentaba meter referencias al automovilismo. En El caso de Thomas Crown, el propio actor intercedió para que se incluyera una escena donde el protagonista conduce por las dunas con un buggy que hizo construir expresamente para la película y que casi causa la ruina de la productora. Y el mismo empeño puso dos años más tarde para que se rodara 24 horas de Le Mans, un capricho del actor obsesionado por los coches, que terminó en un rodaje caótico y un fracaso de crítica.

McQueen continuó compitiendo hasta casi su muerte. Para él era una válvula de escape, una forma de canalizar toda la presión que tenía y de sentirse uno más. “La competición me impide creerme que soy un regalo divino para la humanidad”, decía, aunque, al final, eso tampoco fuera verdad.


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