Cultura

Platón y las nuevas tecnologías

Dicen que Platón, y no pienso negarlo, habló de una cueva en la que habitaban seres humanos. Dicen también que este filósofo griego, al referirse a esos hombres y mujeres, afirmó que estaban de espaldas al orificio de entrada. Y maniatados.

En tan anómala y forzada posición percibían sonidos provenientes de fuera. Y a pesar de no alcanzar a distinguir la auténtica naturaleza de las cosas, sí observaban sombras y destellos que, gracias a la penumbra de la oscuridad, se proyectaban sobre la pared interior de la gruta. El mito de la caverna, como así se conoce a este célebre relato platónico, sin duda constituye el antecedente de la pantalla de Cine, de la pantalla de TV… y de la del teléfono móvil, entre otros artilugios.

Pues bien, creer a pies juntillas que lo que entra por nuestros ojos a través de una pantalla tecnológica es fuente de verdad absoluta o corrosivo sustituto de la realidad me obliga a hablar de Platón (427-347 a. C.). Aristocles, que era su nombre verdadero, utilizó la metáfora cavernícola con el fin de reprochar el carácter acomodaticio del ser humano que, contento con la inmediatez de la experiencia, acostumbra a pastar en los límites cotidianos de su entorno. Es por esto, y no por otro motivo, por lo que Platón abrió ventanas al mundo, buscó horizontes más amplios y se empeñó en destrozar la validez intelectual de los malos espejos. Y es por esta causa asimismo, y no por otra razón, por la que Platón quiso romper las ataduras de nuestro “yo” invitándonos a salir de la opacidad habitual para alcanzar cumbres iluminadas y mentalmente superiores.

Falló, sin embargo, este hombre “de anchas espaldas”, que es lo que significa el nombre de “Platón”. Y falló al sentir una descomunal falta de confianza por los sentidos. Y es que su obstinada cerrazón hacia lo empírico choca con la evidencia de que el universo humano es geológicamente fáctico y absolutamente concreto y, como señaló Berkeley 21 siglos después, el ser radica en ser percibido: “esse est percipi”. Pero, por otro lado, y pese a que Platón no se equivocara a la hora de advertir y evidenciar que las opiniones humanas suelen poseer cierto halo de ficción, de irrealidad, de quimera inclusive, resulta que él jamás pudo barrer de su camino las nubes de la invención, ya que se valía de mitos y, además, propuso que veamos lo que no vemos, que intentemos –cuánta imaginación se necesita- conocer lo visible dentro de lo invisible.

Así que por mucho que dudara del valor de esas imágenes reflejadas cual espejos sobre la pantalla de la caverna, Platón no logró nunca, a su vez, vivir sin imágenes. Y aunque él trabajó con imágenes intelectuales, éstas al fin y al cabo imágenes son. Lo cual no sorprende, pues el ser humano es un devorador de imágenes, un consumidor de imágenes y, cómo no, un fabuloso inventor de imágenes. Y, debido a esa portentosa imaginación nuestra, “somos artificio desde que nos separamos del mono. No somos la historia de una naturalidad, sino la aventura (condenada seguramente) de una raza artificiosa. Hecha de sílex, fuego, rueda, avión, cohete espacial, bomba de hidrógeno”, sentencia el escritor argentino Abel Posse.


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