En 1943, el uruguayo Joaquín Torres García pintó América invertida. “Nuestro Norte es el Sur”, rezaba la leyenda de este mapa de la Patagonia travestida en Canadá, una corrección cartográfica irónica, voluntariosa y hasta enternecedora. Quien la pinta es el fundador del constructivismo, uno de los movimientos artísticos que alimentó el espíritu moderno y modernizador de la América Latina del siglo XX. La Escuela del Sur de Torres García se vería continuada en el grupo Frente, los concretistas y neo-concretistas brasileños o los cinéticos venezolanos. Movimientos que se comportaron como vanguardias; y ya se sabe lo épicas y tramposas que las vanguardias son.

La América invertida de Torres García no descubrió el agua tibia. En ella se expresa una necesidad que recorrió el continente en los siglos XIX y XX y que describió Carlos Fuentes en El espejo enterrado: América Latina parece muy ocupada en mirarse al espejo y preguntarse quién es. Con el largo fantasma de la doctrina Monroe pisándoles los talones, el Ariel de José Enrique Rodó o la raza cósmica de Vasconcelos reflejaron  la necesidad de definirse por oposición a los Estados Unidos y la metrópoli europea, cuyas elaboraciones teóricas no sólo consumíamos, peor, sobre ellas levantábamos la idea de una modernidad y un progreso que muy pronto vendría a estrellarse con nuestra historia, a pesar de las lúcidas páginas que Octavio Paz dedicó al tema.

Después de la orgía del modelo de sustitución de importaciones mexicano en la década de los ochenta o de la permanente  resaca petrolera –que continúa- en países como Venezuela, América Latina entendió los errores de fondo de aquel entusiasmo modernizador. Apareció el FMI. El silbato del “venga muchachos, que aquel progreso era muy caro de financiar, a por los paquetes de medidas”. Gobiernos enteros se tambalearon. Con 20 años de anticipación, América Latina vislumbraba –con sus propias claves- el escenario europeo actual: malvados tecnócratas versus estrafalarias indigestiones políticas –verbigracia Grillo- que cabalgan sobre el descontento y la frustración. Nunca el no nos representan fue tan peligroso.

Ame Rica G-Latina

Año 1994. El Tratado de Libre Comercio entre México, Canadá y Estados Unidos copaba una agenda política dominada por los escándalos de corrupción en el PRI. Las intenciones de progreso de Salinas de Gortari parecían fracasar, a la vez que el asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio le estallaba a México en la cara con la aparición inmediata del subcomandante Marcos, esa especie de rockstar indigenista que con su marcha sobre Chiapas con rifles de madera –lo cuenta Alma GuillermoPrieto- conquistó no sólo a una cierta  parte del mundo europeo –Oh, qué bellos son los safaris ideológicos- sino también a una parte de la intelligentsia mexicana que tuvo entre sus entusiastas al nada ingenuo Carlos Monsiváis. Con los años, el buen Monsi se desmarcó del líder del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional), sí es verdad; pero el mal estaba ya hecho. Del buen salvaje al buen revolucionario, que diría –muchísimo antes- el venezolano Carlos Rangel.

Justo ese año, el artista mexicano César Martínez Silva comenzó con sus PerforMANcenas, acciones artísticas cuyo nombre (juego entre las palabras performance, cena y Man)  proponía, a la manera de una parodia,  que el objeto a consumir es el hombre. ¿Qué hizo Martínez Silva? Sirvió en una enorme bandeja a  “Johny Idea, el último indocumentado”,  una figura, de tamaño natural, hecha de gelatina de melocotón, a la que Silva primero cortó la cabeza; luego repartió cubiertos  a los asistentes para que cada uno eligiera su trozo. “Welcome, pues, a este tratado de Libre Comer-Se ¿A quién?”, preguntó el artista: al cadáver exquisito de todos los mexicanos.

El cuerpo humano convertido en metáfora del cuerpo social, fue una manera de cuestionar la noción política de progreso que América Latina había impulsado  hasta entonces, una idea teñida por las ensoñaciones ilustradas del culto a la razón, la fe en el porvenir, el concepto de los procesos históricos como lineales y del hombre como ser emancipador. Está claro que Johny Idea –que recogía el drama mexicano de la inmigración ilegal hacia Estados Unidos desde los braceros- lo dejaba muy claro.  Algo parecido hizo en 1999 en la Casa de América de Madrid, para la exhibición A vuelta con los sentidos, donde César Martínez Silva propuso el performance Ame Rica G-Latina.

Desnudo, cubierto apenas con un pasamontañas como el que entonces utilizaban los miembros del EZLN, y sosteniendo un cuchillo carnicero, César Martínez Silva se puso frente a su gelatina “escultococinada” con la que pretendía representar a un indígena contemporáneo. Jugando con la idea del sacrificio prehispánico, extrajo de la figura un corazón de melón esculpido, se comió una parte y lo ofreció al público. Luego dijo: “Pueden pasar a tomar la parte, territorio, la geografía imaginaria que gusten, allá hay platos. Yo les digo, ustedes me dicen qué parte quieren: norte, sur, este o-éste”.

Aclaremos algo: César Martínez Silva tampoco descubrió el agua tibia –ya quisiera- . Estas performances ya las habían comenzado, a su manera,  artistas como Guillermo Gómez Peña y Coco Fusco –ver el performance de ambos en el Museo Reina Sofía en 1992- e incluso, de manera mucho más consistente,  otros exponentes del arte conceptual latinoamericano, como Claudio Perna o el mismo Cildo Meireles; hasta Antoni Miralda se ha metido en estos terrenos . Sin embargo, si algo tienen las acciones de Martínez Silva es la justa combinación de sarcasmo, reivindicación y militancia, una Trinidad que no deja de ser ingenua pero que visualmente es muy poderosa. Hoy, todavía diez o 15 años después de sus PerforMANcenas, los comensales más visibles de la Ame Rica G-Latina ocupan sillas presidenciales mientras se sirven copiosas raciones de una riqueza que ha terminado por indigestar.

Llamado a sí mismo “artista indisciplinario”, Martínez Silva ha vivido y trabajado en Europa, más concretamente en España, donde ha continuado su obra. Una de ellas, quizás tan al pelo como la Ame Rica G-Latina, ha sido Euros para todos, una intervención que formó parte de la serie de performances la nEURO-economía antropófaga. La acción se hizo en 2008, con billetes de 500 euros. Se trató en realidad de pastelitos con el billete impreso como cobertura dulce sobre bizcocho con trufa. Nuevamente en el contexto de un banquete, Martínez Silva reparte los euros –primero a los migrantes dice-, dispuestos en coquetas bandejas. Lo hace vestido de chef y una bandera de la Unión Europea como delantal amarrada en la cintura. Bon appétit, Mme Lagarde? Puede ser. Eso sí: Cuidado con los atragantamientos.


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