Cultura

El día que Tita Thyssen estafó a Warhol

Le quedan 15 días a la exhibición Mitos del pop, una colectiva del museo Thyssen dedicada a uno de los movimientos fundamentales del siglo XX. Marabilias desmonta una exposición fallida, con una lectura aplastante y monótona que no se corresponde con la exagerada promoción que se hizo de esta.

Nadie esperaba de ella un estudio sesudo. Incluso antes de inaugurarla, ya muchos daban por hecho que sería una exposición para atraer turistas en verano. Mitos del pop, en el museo Thyssen, quería hacer caja. Eso lo sabíamos todos. Y no es que el espectáculo la eximiese de la rigurosidad –¿qué mayor espectáculo, qué mayor negocio que el Pop?- o la lucidez, el problema es cuando no se consigue ni una cosa ni la otra. Y este ha sido el caso.

La exposición parecía cumplir con los requisitos para conseguir ser la muestra del verano: era vistosa, prometía ser divertida y parecía encaminada a lo que el Dalí del Reina Sofía. Pero no fue así. Al contrario, la exposición Mitos del pop no sólo se reveló como una muestra pobre y superficial, sino también mal concebida y en abierta contradicción con su título. No consigue en ningún momento desmontar a los principales popes del movimiento, sino que perpetúa su visión más tópica y anecdótica.

Una excesiva selección de obras de  Andy Warhol, mal compensadas discursivamente en sala con  piezas de artistas como el alemán Gerhard Richter, genera una distorsión en la que grandes artistas terminan convertidos en comparsa de otros. Le ocurre a Richter –despojado totalmente de un espacio propio para hacer visible su pintura a veces paródica, a veces melancólica-. Y allí salta otro resorte de esta muestra: el predominio de una asociación formal de la que surgen falsas similitudes.

El esquema curatorial prescinde de un hilo cronológico o geográfico que ilustre el avance del Pop. Esto, en sí mismo, no es objetable -muchos comisarios han optado, desde hace muchos años, por sustituir las cronologías por los planteamientos argumentales- de no ser por el hecho de que la aproximación forzada de muchos exponentes y artistas genera una  sensación de aplanamiento en la que todo es igual.

A eso se suma que las categorías temáticas en las que se agrupan obras y se divide la muestra son vagas y dan poco margen para plantear ideas o hipótesis. El Pop como movimiento surge en un contexto histórico y político importantísimo que necesita ser aludido, junto a la expresión que tuvo la cultura de masas en otras manifestaciones como la música, la moda, el cine, completamente ausentes.

Por último, hay que destacar una absoluta descompensación entre el tamaño de la muestra –pequeña y discreta más bien- y las expectativas que genera en el espectador. A través de una estructura temática dividida en capítulos, se reúnen 250 obras que no consiguen sin embargo dar profundidad a un movimiento que se caracteriza justamente por su riqueza de perspectivas. 

Salta a la vista el interés que tiene la comisaria Paloma Alarcó, jefe de conservación de Pintura Moderna del Museo Thyssen, por determinadas figuras: de Andy Warhol exhibe 24 obras y de Roy Lichtenstein 10. Y aunque eso no explica la totalidad de las debilidades de la muestra, sí favorece la creación de un recorrido con pocas sorpresas y grandísimas ausencias o representaciones escasas de otros países dentro de una misma corriente, como ocurre con Francia o Italia. Mucho ruido y pocas nueces. Ya ocurrió con la muestra de Cezánne y se repite ahora el asunto con una exposición demasiado modesta para la institución que la acoge.


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