Cultura

Ai Weiwei lleva su combate artístico a Berlín

La capital alemana acoge a partir de este mes este y hasta julio una gran retrospectiva dedicada a Ai Weiwei, el fenómeno global del arte chino. El museo Martin Gropius Bau de Berlín le dedica hasta 3.000 metros cuadrados a sus obras, que relatan, entre otras cosas, su particular lucha contra el régimen de su país. Se trata de un combate que gusta en Occidente, aunque entraña infinidad de riesgos, como prueban los múltiples castigos que ha sufrido este creador que no conoce fronteras pese a tener prohibido abandonar China.

Evidence, título de la muestra de Ai Weiwei, tiene abiertas las puertas al público desde el 3 de abril. Entonces se cumplieron, exactamente, tres años de aquella detención de 2011 en el aeropuerto de Pekín que le privó de libertad durante 81 días en un lugar secreto y sin que pesaran cargos contra él. No quedó en libertad tras casi tres meses en prisión, pues luego estuvo un año bajo arresto domiciliario. Posteriormente, no ha podido abandonar su país porque las autoridades no le devuelven su pasaporte sin motivo aparente.

El genio de Ai Weiwei es multidisciplinar y el carácter de su obra, marcado por la reivindicación.

Así es el trato que el régimen chino reserva a esta estrella mundial del arte, convertido en el disidente de mayor proyección que ha puesto en evidencia el más que precario estado de los derechos fundamentales en el gigante asiático. Pese a todo, entre 2011 y 2013, sus obras se han visto en otras capitales de lo artístico como Nueva York, Londres, Viena o Múnich. Abruma la capacidad de Ai Weiwei para trabajar a distancia, pues sus exposiciones se han organizado sin él in situ. “Trabajo por control remoto, con magos y artesanos que me entienden”, ha señalado el artista al respecto.

En la retrospectiva de Berlín, la mitad de las obras han sido concebidas para la ocasión, y la otra mitad nunca se han visto en suelo germano. Con ellas demuestra, una vez más, que no hay medio de expresión que se le escape. En Evidencese exponen, entre otras cosas, fotografías, videos, esculturas, piezas de cerámica y objetos cargados de significado en poderosas instalaciones.

El genio de este chino de 56 años – cumplirá 57 en mayo – es multidisciplinar, y el carácter de su obra está marcado por la reivindicación. En este sentido, el director del Martin Gropius Bau, Gereon Sievernich, ha contado que, en los días previos a la concepción de la muestra, en una reunión con Ai Weiwei mantenida en febrero, lo primero que hizo el artista chino fue preguntar: “¿Será una exposición política?”. “Sí, por favor”, fue la respuesta de Sievernich.

Crítica constante

Ai Weiwei, hijo del poeta “reeducado” hasta los años 70 Ai Quing, forjó buena parte de su fama internacional como figura crítica con el régimen chino a través de las nuevas tecnologías, especialmente blogueando. Para deleite del público internacional, ahí está el libro Ai Weiwei's Blog, donde sus escritos fechados entre 2006 y 2009 han sido traducidos y compilados por la editorial del prestigioso Massachusetts Institute of Technology (MIT). Ai Weiwei blogueó hasta que le dejaron, pues su cuaderno de notas en la red de redes acabó prohibido, habida cuenta del contenido. Allí dejó, entre otros textos, una relación de nombres de los niños muertos en las escuelas, a su entender mal concebidas, que se derrumbaron en el terremoto de Sichuan de 2008. Esa catástrofe ha sido una de sus fuentes de inspiración porque le ha permitido poner de relieve la corrupción y las malas artes de las autoridades chinas, que según el artista ayudaron a agigantar los dantescos efectos del seísmo.

En la red se ofreció al mundo como un disidente en un pulso permanente con el Gobierno chino. Y por ello no ha dejado de pagar un elevadísimo precio. En el verano de 2009 sufrió una hemorragia cerebral en una operación policial vinculada a su investigación sobre las autoridades y el terremoto de Sichuan. Un año después le impidieron trabajar en su estudio de Shanghai, le cayeron dos días de arresto domiciliario y posteriormente se le prohibió de modo temporal dejar su país. La detención de la que se acaban de cumplir tres años y el otro millar de días sin visitar el extranjero también se inscriben en esta lógica represiva.

En muchas ocasiones, Ai Weiwei evoca la tensa relación entre la china tradicional y la postmoderna.

La fuerza del trabajo de Ai Weiwei se observa en buena medida en su capacidad para crear pese a estas circunstancias, que casi imponen parte de su temática. Esposas, de 2013, es una reproducción de unas ataduras de la policía esculpidas en jade. De mármol, por otro lado, son las reproducciones de las cámaras de videovigilancia que graban cuanto ocurre alrededor de su estudio en Pekín. Esos objetos de represión figuran en el repertorio del artista chino tras haber denunciado los desmanes de la dictadura comunista. De ello también hablan las 1.800 latas de leche en polvo creadas por Ai Weiwei para denunciar en 2013 las deficientes inspecciones de esa comida para lactantes que causó cientos de envenenamientos en bebés.

En Berlín, como ya se ha visto en otras de sus exposiciones, también hay espacio para cuestiones de otra índole, como los conflictos internacionales, representados en las esculturas que recrean a escala y en mármol las islas Senkaku. Son japonesas, pero su control es objeto de disputa entre nipones, chinos y taiwaneses. En la capital alemana también se reivindica el Ai Weiwei provocador a través de esas fotografías, tomadas entre 1995 y 2011, con su brazo extendido, el puño cerrado pero con el dedo medio extendido frente a autoritarias instituciones de su país y otros lugares del imaginario colectivo. También buscan la provocación del espectador los jarrones de la Dinastía Han coloreados con pintura de coches de lujo. Se evoca así la tensa relación entre la China tradicional y la postmoderna. El propio Ai Weiwei encarna ese conflicto.


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