Cultura

Antony and The Johnsons, la sensibilidad como elemento transgresor

Siempre que se habla de Antony Hegarty, o de su encarnación artística como Antony and The Johnsons, palabras como delicadeza, dulzura, lamento, ruptura, ambigüedad, sufrimiento, placer, naturaleza, concienciación, sexo, lloro, risa… resaltan y campan por todo el artículo. Sin embargo, tal vez una definición más coherente pero a la vez contradictoria es la que le dedicó hace años el periódico inglés The Guardian: ‘Un hombre blanco que suena como una mujer negra’.

Entre el 18 y el 21 de Julio, Antony and The Johnsons han estado interpretando en el Teatro Real de Madrid su espectáculo Swanlights, mismo nombre que su cuarto disco publicado en 2010 y una sustanciación en escena de Cut The World, disco de 2012 en el que repasaban canciones de toda su trayectoria acompañados de orquesta. En esta caso, la Orquesta Titular del Teatro Real. Y nuevamente, la sensación de sorpresa, aún esperada, de ataque casi frontal a lo establecido e incluso deseado, la diatriba de si estamos ante un genio o un farsante, se apodera de los comentarios posteriores. Y seguramente, cada uno tenga su parte de razón y ese elemento de injusta incomprensión que siempre ha arrastrado desde sus años de adolescente en California queriendo emular a su ídolo Boy George.

Del underground al estrellato

Antony Hegarty nació en el sudeste de Inglaterra y desde que a los diez años su familia se trasladó al área de la Bahía de San Francisco siempre ha estado luchando contra lo que era y no sentía. Un alma y una sensibilidad femenina enclaustrada en un cuerpo de hombre que lo único que le produjo fueron discriminación y tristeza a lo largo de sus años de crecimiento. Pero de alguna manera, su carrera artística siempre ha sido una continua superación de etapas, de asunción de realidades interiores y exteriores, que alejan la misma indubitablemente del arquetipo del posado moderno.

 Él abandonó un San Francisco asolado por el SIDA en las comunidades gay a principios de los 90, buscando en Manhattan dar salida a sus inquietudes artísticas, desde el más puro teatro experimental acompañado de su alma gemela creativa Johanna Constantine, quien abrió en forma de coreografía sus espectáculos en el Teatro Real. De ahí a plasmar sus experiencias y sentimientos en canciones hay un simple paso, completamente asumida su nueva personalidad en un transgénero en el que adopta lo mejor, y acaso lo peor, de ser hombre y mujer.

Bautizado su grupo con el nombre de la activista transexual norteamericana Marsha P. Johnson, cuyo cuerpo fue encontrado flotando en el río Hudson en 1992 y cuya muerte, primeramente declarada como suicidio, nunca fue aclarada, enseguida recibió el respaldo de quien le llevó a dar el salto del underground al estrellato en el que actualmente se encuentra. Un Lou Reed que quedó asombrado ante un ente artístico pleno de sensibilidad que a su vez dejaba entrever la pulsión más experimental, delicada y transgresora de la propia Velvet Underground.

Preocupación por la naturaleza

Su primer disco homónimo de 2000 y la continuación de 2005, I am a bird now, eran toda una puesta en claro de su personalidad interior, avalada por pianos, preciosas melodías y una voz que eleva el falsete a categoría de bello canto. Ya era un pájaro que le permitía acercarse hacia su otra inquietud vital, la destrucción de un planetay la naturaleza en manos del ser humano. Las pinceladas quedaban claras en el fantástico The Crying Light de 2009, seguramente su obra cumbre hasta el momento. La tierra es una hembra y la madre naturaleza tendría un mejor porvenir de ser una mano femenina quien guiara las acciones de sus pobladores.

En eso sigue ahora, equidistante entre el inquietante punto de auto indulgencia y la creencia en un futuro aún reversible, con la condición de auténtica estrella, de diva cercana a su propio concepto de arte. Y, evidentemente, como lo ha sido durante toda su carrera, contradictoria. O al menos creando contradicciones en quienes se acercan a una personalidad como la de Antony Hegarty. Ya, creerle o ponerle en duda es cuestión personal de cada uno. O bien una manera de entrar en su juego -muy serio- de Gran Teatro.


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