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Pastelería La Peña: con las manos en la masa

Tengo una amiga que tiene una gran habilidad para demostrarnos cómo funciona el chantaje gastronómico. Sin prisas, pero sin pausa. Sin presión… pero con una dosis de insistencia que siempre ayuda a conseguir las cosas. En su casa, se cumple siempre la máxima "dime qué te gusta y te diré lo que quiero”.

Cuando mi amiga tiene algún problema con su pareja o quiere hacerse perdonar algún “capricho” un tanto costoso, todo se arregla con una excursión a Sepúlveda.

Aunque sea difícil aparcar, merece la pena “echar un rato” en el corazón de este pueblo segoviano para poder comprar en La Peña. Este lugar no tiene pérdida: situado en plena plaza de España, bajo sus soportales, se encuentra este pequeño establecimiento que presume de hacer el mejor Ponche Segoviano. Es mi favorito y además los dueños de la pastelería han abierto hace unos meses un hotelito, La Hospedería de los Templarios, que nos permite alojarnos en el corazón del pueblo. 

El ingrediente base del Ponche Segoviano es el mazapán, producto de  procedencia árabe y que por su alto poder energético servía para recuperarse después del ayuno del ramadán. Se sabe que en Sepúlveda durante la época medieval había un numeroso barrio árabe, y que la receta de este dulce habría entrado desde el sur con la invasión musulmana. ¿Ingredientes? Son cosas muy básicas, como almendras, azúcar y huevo. ¿Proporciones? Son “un secreto que sólo sabe mamá”, como dicen sus hijos. El resultado es glorioso. Justifica el paseo, la excursión y el fin de semana, siempre que la compañía sea la adecuada. 

Dulces con mucha historia

La historia de este local es una historia de amor a la masa. El origen de la Pastelería La Peña se difumina entre los antepasados de Angel o Gelillo, como le conoce todo el mundo en Sepúlveda, ya que tanto sus tatarabuelos, bisabuelos y abuelos eran panaderos. Su padre es de Sepúlveda como todos sus ancestros. Su madre, de Castrillo de Sepúlveda, pueblo que es más conocido por las famosísimas Rosquillas de Castrillo, “que regalaban los mozos a las mozas el día de la Fiesta”. Por suerte, ahora no hay que casarse para poder disfrutar de las rosquillas. Éste manjar tiene una elaboración muy larga en tiempo y lenta en proceso, pero el resultado final es una rosquilla frita, a la cual se da forma con unos palos de madera dentro de una cacerola con aceite hirviendo, con forma de volcán de la que salen chorros de merengue como si fuera lava.

¿Más? Mi amiga tiene debilidad por el hojaldre y aquí la oferta es generosa. Los mielitos, un delicioso hojaldre con miel, las hojaldrinas y los diplomáticos, un hojaldre de mantequilla muy crujiente con piñones en la parte superior, son parte de la oferta. No nos podemos olvidar de los milhojas rellenos de nata y crema, espolvoreados con azúcar y canela. Y todavía quedan las pastafloras, las tartas de manzana, los soplillos y las tortas de chicharrones, que se hacían en la época de la matanza. Tampoco nos podemos olvidar del pan sobao, una especie de torta de anís que se hacía para las bodas y por eso se pintaba completamente de blanco con merengue por encima. "A nadie le amarga un dulce”, que dicen los clásicos. Con meregue y dulzura se logra casi todo... 


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