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Cartagena de Indias: piratas con clase

En la costa, en pleno trópico, Cartagena de Indias representa la imagen más tópica del Caribe colombiano, con un apasionante pasado colonial que se puede disfrutar con cualquier presupuesto. En sus calles, mansiones, fortines y fortalezas, esta ciudad es Patrimonio de la Humanidad y para muchos es también la ciudad más bella de América. Es difícil contradecir esta afirmación mientras paseamos entre plazoletas, claustros, balcones y pintorescas callejuelas coloniales. Las mulatas asomadas a los balcones y los niños que siguen jugando al fútbol en las callejuelas empedradas son unas piezas más del decorado. Cartagena es una ciudad para recorrerla despacio, varias veces, a pie, a la luz del día y en la noche. El placer está asegurado.

Mucho se puede aprender de la manera de entender la nueva hostelería en la ciudad: la recuperación de casa coloniales y una construcción integrada en el casco viejo de la ciudad han dado más vida todavía a la ciudad. Nombres como El Marqués, Casa Pestagua, Veranera, Alfiz o Canabal han recuperado el ritmo placentero de una ciudad intensa en emociones y fácil de disfrutar. 

Estamos en un lugar que rezuma historia. Las leyendas de piratas, de tesoros escondidos y de fortalezas inexpugnables son la base de cualquier lectura de esta ciudad llena de encanto tropical. Un escenario perfecto para que el propio García Márquez se inspire cuando se instala en su casa de la vieja ciudad colonial. A unos kilómetros, en las galerías subterráneas del Fuerte de San Felipe de Barajas, es casi imposible no sentir un escalofrío por todo el cuerpo. O mejor, con medio cuerpo, como dicen que quedó Blas de Lezo, su gran defensor frente a la armada británica.

La mayor fortaleza de América Latina

También es la historia de aquellos asedios de piratas que duraban días, semanas, meses, mientras los españoles resistían gracias a la imponente mole de piedra de este castillo monumental, la fortaleza más grande e impresionante de América latina. San Felipe de Barajas, calificado como la obra maestra de la ingeniería militar española en América, salvó a Cartagena de numerosos asedios y le confirió a la ciudad su fama de inexpugnable.

El ritual parece obligar a una llegada en barco a la ciudad, al nuevo embarcadero cercano al Palacio de Congresos. Las luces mortecinas del alumbrado público nos animan a pasar al interior de la urbe. Ingresando por la Puerta del Reloj, entrada principal del recinto amurallado, se accede a la Plaza de los Coches, en donde antaño tenía lugar el mercado de esclavos. Ahora hay que adentrarse por calles de románticos nombres e ir descubriendo plazoletas, iglesias, claustros y casonas.

Ante todo es una ciudad hecha para el amor. En la calle, besos y caricias con esa pasión que sólo existe en el trópico; en las tabernas voces, ruidos y un continuo musiqueo de vallenato muy repetitivo. En una visita cultural, no todos llegan hasta la iglesia de Santo Domingo o a lo que antes fue el claustro de San Diego, porque todavía quedan otros muchos edificios coloniales.

Los nombres dicen mucho. El Bodegón de la Candelaria -hoy sede de un excelente restaurante- y la Casa del Marqués de Valdehoyos resaltan a otras mansiones tradicionales como la Casa del Marqués de Premio Real, la sede del Museo del Oro y la Casa Skandia. El color parece cubrir cualquier defecto. Esos azules añil compiten con los tonos naranja calabaza. A los amarillos limón casi no se les da importancia, porque los rojos sandía son los más populares… Color y color para la ciudad de la pasión.

Convertida en destino turístico internacional, Cartagena ha integrado sus alrededores dentro de las propuestas para sus visitantes. Las islas de Rosario, a sólo una hora y media en lancha o yate de Cartagena, son otra de las excursiones casi imprescindibles. Lo mejor es alquilar una embarcación y pedir a su dueño que nos lleve a una de las islas para preparar una agradable comida típica en la playa, descansar o bucear. Ahora ya existe algún alojamiento, como el Hotel San Pedro de Majagua, donde el edificio es lo de menos… El espectáculo está en el exterior. El cielo y el mar marca la diferencia de este maravilloso lugar. 


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