Maneras de vivir

Sánchez, el enterrador

El líder del PSOE, Pedro Sánchez
El líder del PSOE, Pedro Sánchez EFE

Cuando esperábamos un poco de dignidad, nos han vuelto a fallar. El intento de golpe de mano en el PSOE ha fracasado, de momento. La iniciativa de los tres ex secretarios generales, muchos dirigentes territoriales, y la desafección de El País, aventuraba el próximo fin de la era Sánchez. Pero no ha sido así. César Luena salió ayer por la tarde para decir que no caben traidores, y que la militancia es la que debe decidir. Pero la militancia no existe, nadie conoce a ese sujeto colectivo.

El culpable no ha sido solo Sánchez, quien se ha erigido en consecuente enterrador del partido socialista. La era González supuso la definición del régimen del 78 como una partitocracia y asentó la hegemonía cultural de las izquierdas. Si bien se desprendió del marxismo y de un republicanismo revanchista e inútil, fue incapaz de asentar una cultura política socialdemócrata en su partido, y mucho menos un sentido democrático en la sociedad española. Tras traicionar a su electorado con el personalista referéndum de la OTAN, y echar a los guerristas, pareció que derivaba hacia algo parecido a la socialdemocracia europea. Nada más lejos de la realidad. Su gobierno supuso la aparición de la corrupción como el motor de las políticas públicas, y solo tras una dura batalla política y electoral perdió el poder. De su época quedó la superioridad moral que se atribuye la izquierda, su hegemonía cultural, la creencia de que la democracia es un invento suyo y que les pertenece por derecho.

Este lastre para un régimen representativo, y aun más para uno como el español enfangando en la partitocracia, se acentuó con Zapatero. Antes, las primarias, esa democracia interna que tanto veneran algunos pero que todavía no ha demostrado ser la fórmula para arreglar nada, habían colocado a Borrell frente al apparatchik de Almunia. Pero la oligarquía del partido y los medios de referencia se lo cargaron. Zapatero llegó al poder del socialismo en uno de esos Congresos que parecen democráticos pero que marcan las oligarquías territoriales. ZP le dio una identidad al PSOE basada en el guerracivilismo, el anticlericalismo y la exclusión del PP de las instituciones, a esto unió conceptos sin contenido como el buenismo, el republicanismo cívico, la Alianza de Civilizaciones, y otros artificios. Zapatero se sentó con ETA al tiempo que firmaba un pacto antiterrorista con el PP, y decía en el Parlamento de Cataluña que aceptaría lo que de allí viniera.

La calamidad de su gobierno no fue solo económica, sino que puso las bases para la destrucción del PSOE alimentando sociológicamente la creación de una izquierda populista, y cargando de auctoritas a los independentistas. Pedro Sánchez no es más que la prolongación de la política de Zapatero: un partido quebrado porque sus bases están de corazón con Podemos mientras que sus oligarquías territoriales se aferran al poder pactando con cualquiera que no sea el PP. Sin identidad ni discurso, Pedro Sánchez ha perdido seis elecciones y ha dejado el grupo parlamentario socialista más pequeño desde 1977.

Ahora, los críticos se han decidido a dar un golpe de mano contra un proyecto, el de Sánchez, que no ha cumplido ninguno de sus objetivos: el PP se recupera en las urnas, el socialista no gana votos sino que los pierde, y Podemos, al que entregó el poder en Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza o Cádiz, ha realizado ya el “sorpasso” en Galicia y País Vasco.

Los críticos se pusieron en marcha porque el partido se va por el sumidero. Rubalcaba pasó a El País, medio de referencia socialista, que machacó a Sánchez con durísimos editoriales. Y Felipe González, el creador del PSOE, dio la señal: “Sánchez me ha engañado”.

La reacción de Sánchez de lanzar contra los críticos a la militancia, a la que se cree “podemizada”, es inútil. Es cierto que históricamente la apariencia es que las bases de los partidos están más radicalizadas que la dirección, si es que por radicalismo entendemos la acción emocional e inamovible motivada por tres ideas gruesas, a modo de fe político-religiosa. Esas tres ideas, siendo generoso, que son la superioridad moral de la izquierda, el derecho natural a gobernar, y la obligación de sepultar al PP, las defendían de forma más “radical” Madina y Pérez Tapias en las primarias de 2014. Pero fue entonces cuando la delegación andaluza de Susana Díaz, esa oligarquía del partido, puso pie en pared, y ganó Sánchez.

La oligarquía se impuso, como siempre. El motivo es que la militancia no existe, es un concepto retórico, solo hay militantes individuales, víctimas de la persuasión personal, política o profesional, quienes luego deciden de forma solitaria y anónima. Los militantes no están más radicalizados, sino que son más manipulables. William H. Riker, politólogo estadounidense que por supuesto no está traducido al español, hablaba de “herestética” como el arte de manipular el voto controlando la agenda política –los temas y su timing-, y el número y naturaleza de las alternativas que se le presentan al elector. Es algo más que persuadir a través de la palabra y la imagen. Se trata de canalizar la respuesta de la masa para que refrende una decisión previa.

Los críticos han marcado la agenda y su timing. El arma de la militancia que esgrime Pedro Sánchez no valdrá para nada una vez que ha asumido el papel de responsable de los fracasos. El sector crítico hará un discurso que presentara alternativas que solo pueden conducir a eliminar de la ecuación el problema: Sánchez. El argumento será sencillo: seguir plantando cara a Rajoy y al PP sin perder la iniciativa y manteniendo la unidad interna para remontar en las elecciones. Frente a esto, dirán, Sánchez debe rectificar o será un obstáculo, y los militantes lo creen por puro instinto de supervivencia. Querrán un Congreso, pero sin prisas, porque dirán que el PSOE debe dar una imagen de tranquilidad, de tener las cosas claras, y que es preciso dar a los militantes tiempo suficiente para pensar; es decir, para ser manipulados por los dirigentes y cuadros locales. “Hacer pedagogía” lo llaman.

Sánchez fue cambiando direcciones territoriales y haciendo guiños retóricos a la militancia preparando una guerra contra la vieja guardia, los socialdemócratas y los constitucionalistas que perduran en el partido. Ahora se ha desatado y parece que solo habrá una víctima: el PSOE.


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