Macro Matters

El rublo y el coloso ruso

La semana pasada vimos aspectos institucionales y de liderazgo y hoy veremos cómo, en su proceso de modernización, Rusia está en condiciones de relanzar su economía convirtiéndose en un importante mercado potencial para España. También podremos ver en su pasado algunas de las terribles consecuencias de la ruptura económica que padeció y todo con la geografía siempre presente.

Geografía económica

Es un área muy importante de la economía, muy olvidada, y de la que solo podemos hacer algunos apuntes. Rusia tiene el 80% de su población en la parte europea, de su frontera occidental hasta los Urales, que representa un 25% de su territorio y el 40% de Europa. En el resto de Rusia es donde se encuentran la mayor parte de sus enormes yacimientos de materias primas. Por otro lado, Siberia, que es el 75% de Rusia, es, además, centro de distribución de esos recursos, propios y extranjeros, para el mundo, sin olvidar la emergente vía ártica, con sus riquezas y tensiones globales, que parece aliviarse tanto para ellos como para los canadienses, entre otros.

Su territorio fue más que estudiado en la era soviética, cuando se intentaron experimentos de especialización territorial del que vienen anécdotas como que, de haberse aplicado los planes iniciales, algunos transportes de carbón hubieran consumido buena parte de su carga antes de llegar a su destino; de forma que, por un lado, por sus dimensiones, necesita regiones con producción diversificada y, por el otro, la densidad de población solo lo hace posible en el oeste. Rusia es un interesante y difícil caso de teoría de los flujos de comercio (otra área 'olvidada' de la economía) pero dentro de un solo país.

Tres etapas a considerar

Veámoslo así: la primera estapa sería hasta la ruptura de la URSS en 1992, en que sus miembros, con su autarquía socialista, se retrasan respecto a Occidente y funcionan derrochando recursos; la segunda, tras la ruptura, de caos y liberalizaciones ingenuas y, finalmente, la actual de estabilización. Cada una ha dejado sus secuelas y tareas pendientes y ahí está el esfuerzo y el negocio futuro.               

Hacia la estabilización económica

Ese camino comienza diez años después de la desintegración de la URSS y del COMECON y semejante cataclismo económico puede verse en la financiación rusa, donde la deuda pública superó el 100% respecto al PIB (eje izquierdo, línea negra, siguiente gráfica), sufrió una fuerte contracción de la demanda interna que, junto con la inflación global en las materias primas, produjo temporalmente un enorme superávit exterior (línea granate, eje derecho) y que, tras la crisis de 1998, mejoró el endeudamiento público; hoy, esos excedentes han ido normalizándose.

La economía rusa, como todas las dependientes de la exportación de hidrocarburos, tiene una enorme dificultad para estabilizarse debido a un fenómeno que ha dado en llamarse el mal holandés, que tiene su tratamiento (ya saben) pero no podemos entrar en él; además, sus problemas estructurales de oferta interior le hacen un país importador, sobre todo de bienes de consumo. Es un gran exportador de commodities, que junto con otros productos suman unos 542.000 millones de dólares (las españolas son de unos 250.000 millones de dólares). El balance de estos hechos los hace vulnerables a problemas de financiación externa de su crecimiento ya agravados por la banca rota de 1998 y su oligarquía.

Estabilización y comercio exterior

En 2002 consiguen estabilizarse y a partir de ahí el superávit comercial (línea granate, eje derecho, gráfica anterior) empieza a bajar hasta el actual 5% del PIB, debido en buena parte a un proceso de modernización general que puede verse en su balanza exterior de bienes, donde los productos tecnológicos, sean de consumo o de capital, tienen un peso muy importante.

Rusia y España son economías complementarias. En el siguiente enlace, Estructura del comercio exterior ruso, pueden ver las principales partidas, por agrupaciones de productos, así como por países de origen, con un detalle mayor de sus importaciones para los que sean o piensen ser exportadores a Rusia; también pueden verse las oportunidades que estamos perdiendo con nuestro laberinto nacionalsocialista y socialdemócrata.

Los límites al crecimiento

El mayor límite, sin duda, es el demográfico, que vimos la semana pasada y que se agrava porque la esperanza de vida masculina es diez años menor que la femenina, afectando seriamente la producción fabril y minera, de modo que se encuentran en una carrera por la modernización, que ahorra mano de obra, al tiempo que mejora las condiciones de vida, el consumo y, esperemos, la demografía. Esto también aumentará el turismo al exterior, pero en nuestro caso una parte ya la atienden expatriados del colapso comentado; también hay negocio bancario, pero lo perdimos con nuestra pésima restructuración bancaria.

Las capacidades técnicas y de producción rusas se vieron en la Segunda Guerra Mundial cuando, ocupada buena parte de su área industrial tras trasladar sus fábricas al Este, consiguieron avasallar en equipos (y personal) a los invasores. Un ejemplo, el mayor, de su potencial de producción y, aunque les lleve tiempo, el límite aquí es institucional y les viene, como a nosotros, de su oligarquía; si consiguen resolver ese problema, podrían, con el tiempo, lógicamente, tener una economía similar a la de Canadá y eso significaría aproximadamente más del doble del PIB actual, haciendo de Rusia un gran mercado del tamaño de Japón pero más accesible a nuestros productos.

La difícil estabilidad del rublo

El rublo es una designación monetaria (¿corte de plata?) antiquísima que ha tenido, al menos, siete denominaciones. La última, en Rusia, se realizó en enero de 1998 cambiando los viejos por 1.000 a 1 y ésta, a su vez, sufrió una fuerte devaluación en agosto de ese año con la crisis soberna rusa. En el futuro, la presión devaluatoria les vendrá de su crecimiento, hoy en torno al 4%, que hará que aumenten sus importaciones.

Rusia, como comentábamos, tiene a nivel interno un problema estructural de oferta interior que le lleva a una inflación alta, en torno al 6% y eso anuncia depreciación del rublo; por otro lado, a nivel externo, se ve muy favorecido por la escasez de las materias primas y la desestabilización mundial, que además impulsa sus exportaciones de armas; sin embargo, estos fenómenos también agravan y encarecen su producción interna atenuando esa ventaja.

Recientemente, Rusia firmó un acuerdo con China para dejar de usar el dólar (y el euro, etc.) en sus intercambios para pasar a usar sus propias monedas. Si se fían, les es práctico y al sector privado le va bien, fenómeno, pero, ¿qué hará con ese excedente el banco central que lo tenga? ¿Habrá alguien que lo quiera? ¿A qué precio se deshará de él y que Estado (ciudadanos) asumirá la pérdida de la devaluación? Otro ejemplo de los inconvenientes e interrogantes económicos de los acuerdos políticos (¿y negocios personales?) extramercado con fines supuestamente geoestratégicos.

De cara a futuro, lo racional y extremadamente difícil, por el mal holandés, sería que Rusia buscara una paridad con una cesta de monedas que represente a los principales competidores potenciales de la industria local que se moderniza distinta de los productores de materias primas, como la del automóvil, manteniéndola competitiva, pero debe ser un tipo de cambio que a su vez no les cree inflación importada ni perjudique la producción de commodities, ya que éstas son su principal fuente de divisas y de ingresos fiscales.

Se puede concluir, entonces, que con su cuadro macroeconómico actual y 526.000 millones de dólares en reservas internacionales, no es esperable una devaluación en al menos los próximos dos años, algo que da tiempo a nuestros exportadores para que desarrollen sus redes y socios comerciales según las peculiaridades locales.


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