Macro Matters

La odisea de la supervivencia del comercio minorista

Como es conocido, el comercio minorista, también llamado detallista, o comercio al detal, incluye un sin número de actividades que van desde la electrónica de consumo, pasando por el textil, las librerías o la alimentación, por solo citar algunos ejemplos. Incluye puntos de venta de las dimensiones más diversas, desde grandes almacenes al comercio tradicional o los mercados populares, y formas de propiedad y asociación de lo más variadas, desde grandes corporaciones a pequeños propietarios. Además, es el último eslabón en la cadena de valor entre el sector manufacturero global y los consumidores, quienes cada día tendrán más poder si es que les dejan algo de renta disponible, claro.

Treinta años de cambios acelerados

Desde hace aproximadamente tres décadas el comercio detallista español viene experimentando toda una serie de cambios y, aunque ha tenido ciertas pausas, la constante es que tras ellas vengan más y con más fuerza. Primero fue la aparición de los supermercados, luego los grandes almacenes por departamentos, los centros comerciales, las franquicias, las cadenas de tiendas y uniones de pequeños comerciantes, los hipermercados, los inmigrantes todo-terreno, y, aunque seguramente olvido alguno, ¿finalmente?, las grandes superficies especializadas.

El drama del pequeño comercio

Indudablemente, el más afectado, de momento, es el pequeño comercio, el botiguer de toda la vida, que ha visto como mientras era acosado por un marco regulatorio y fiscal asfixiante debía afrontar, simultáneamente, una verdadera revolución de las formas de distribución al detal. Este representante de la pequeña burguesía tradicional, odiado por la izquierda por sus posiciones conservadoras o liberales, ahorradores e independientes, trabajadores infatigables, padres de buena parte de los agentes del cambio social o de políticos de impacto global, como se plasma magistralmente la última película sobre Margaret Thatcher, ha sufrido una implacable selección natural de los más aptos que ha dejado en plaza a unos competidores imbatibles, o casi, porque en el entorno que viene nada está asegurado para nadie.

El síndrome del estanco ha muerto

Ocurre cuando el comerciante –todos lo somos - cree que la posición monopólica de su punto de venta lo aguantaba todo, incluso olvidarse de lo que es “hacer un cliente”. Los cambios hoy son tan radicales que incluso haciéndolo bien, “tu” barrio puede experimentar en poco tiempo una degradación telúrica y dejarte a dos velas. Pero no solo el pequeño comercio es vulnerable, vean si no las noticias sobre una gran superficie especializada, de ámbito global y con un potente músculo financiero, como planifica para España que antes de 6 años el 80% de los españoles tendrán uno de sus centros a menos de una hora de casa; o de los primeros pasos de algún hiper no francés, o como los proveedores de todos vuelven a cuidar más a los distribuidores más modestos.

Los cambios son tan radicales que ni los estancos, ni las farmacias, acostumbrados a una cierta posición dominante, sufren también esta revolución en la distribución minorista. Ni siquiera los grandes almacenes por departamentos están a salvo de los efectos de los cambios que vienen: el que tenga una posición cómoda verá como es puesta a prueba hasta el extremo.

Deflación de demanda e inflación de costes en la depresión española

Una combinación terrible para cualquier empresa. Que tu régimen de competencia se agudice, ya es una dura noticia, pero que encima se te caiga la demanda y te suban los costes de explotación, sobre todo los de energía, ya puede ser la puntilla final. Viene un período más bien prolongado en que todos los errores de gestión pasados - que de hecho, pueden ubicarse en fechas concretas -, sobre todo si han tenido un componente político o ideológico, empezarán a pasar facturas que caerán inexorablemente sobre la mesa de la Dirección General como lo hacen las hojas del calendario.

La deflación de oferta, o de los productos que se comercializan, y que dicen es medular del modelo de negocio una conocida cadena de supermercados. La reducción del precio de los productos y por tanto del  valor de las ventas, es relativamente infrecuente; todos nos hemos ido acostumbrando a verla como consecuencia de la Globalización, con la irrupción de nuevos competidores asiáticos. Este tipo de deflación de ingresos empresariales se acuciará además con la licencia exprés, algo que debió promoverse cuando sufríamos inflación y que ahora, como no hay más remedio, se aplica de prisa y corriendo. Es la deflación tradicional que hemos comentado en distintas ocasiones.

La deflación de demanda, es más rara y viene más por empobrecimiento de los ingresos disponibles (ingresos brutos menos impuestos) de los ciudadanos. Tiende a ser rara y suele ocurrir por dos eventos, combinados o no, de una depresión económica (según mi definición deflación más recesión), o por lo que podríamos llamar la abrasión fiscal, que también padecemos.

La combinación de los factores mencionados y sus efectos sobre el Comercio minorista se las he ilustrado en la siguiente gráfica, donde la línea azul corresponde al Índice de Ventas Deflactado (en volumen) del Pequeño Comercio y la roja para otras formas de distribución minorista más grandes, ambos datos elaborados por el INE. La línea verde nos adelanta el comportamiento del componente “Consumo” del Ciclo que anuncia un empeoramiento añadido a la ya deprimida situación de las ventas minoristas.

La función de demanda del comercio minorista

Brevemente señalar que lo sorprendente y preocupante es que desde que empezó la crisis, y de no haber sido por una cierta estabilización o suelo temporal entre finales de 2.009 y de 2.010, la tasa de caída lineal (no compuesta) habría sido del 1% mensual, dibujándose un escenario de verdadera catástrofe económica, sobre todo para el pequeño comercio. Es de temerse que retome dicha tasa con la actual recesión y que con la política económica que se está haciendo sea difícil verle fondo a la ya dramática caída del sector; evento macro que se une a los propios estructurales del régimen de competencia ya comentados.

La abrasión fiscal

Las estadísticas de “renta” per cápita bruta real del Banco de España, recién nacidos incluidos, indican que ha retrocedido a niveles de 2.005. Aquello me hizo ir a revisar estadísticas salariales de una cadena de tiendas en la que trabajé, que por sus peculiares características de competencia y costes de producción a las que estaba sometida, es una buena muestra representativa de las durísimas condiciones, que en promedio, padece hoy el sector en España.

Los datos de aquella empresa creo que pueden servirnos de ilustración de la situación y su anterior propietario me ha permitido que les facilite algunos: el salario bruto medio de sus trabajadores, excluyendo cargos directivos, era en 2.005 de 866 € de media mensual (x14/12), las cargas sociales medias al mes, que son imposición directa,  241€ o un 27,8% del salario bruto; luego ese trabajador, está sometido al IRPF, IVAs, tasas, favores, y cargas energéticas políticas, impuestos autonómicos, municipales, etc., botín que los políticos se gastan a su manera para pasar a pedir al Pueblo que trabaje como chinos, como si ya casi no lo hicieran.

De modo que cuando un escucha a un forofo de las medidas del gobierno, digno representante de la generación que nos ha traído hasta aquí (hay casos socialistas y nacionalistas casi idénticos), recién nombrado consejero el gobierno de un monopolio semi-público, receptor de emolumentos medios de unos 180.000 € brutos al año, defendiendo desde su “estanco” dorado subir el IVA y otras medidas fiscales regresivas forzando la devaluación interna (de los demás) y que ahondarían la catástrofe económica de este sector, uno se pregunta si alguno de nuestros dirigentes es consciente de nuestra realidad económica y cómo saldremos de esta.


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